La milenaria tradición de pitar al alcalde en el Pobre de mí

Se nos acaban los Sanfermines de 2017 y empiezan los Sanfermines de 2018. La vida muere y nace cada segundo. El rey sanferminero ha muerto, viva el rey sanferminero... y Froilán en villavesa.

Un momento del Pobre de Mí de los pasados Sanfermines. IÑIGO ALZUGARAY
Un momento del Pobre de Mí de los pasados Sanfermines. IÑIGO ALZUGARAY

Se retira el vallado nada más terminar el encierro y el 14 de julio se vuelve un día extraño. La Pamplona sanferminera sin vallado es una Pamplona desnuda, una Pamplona depresiva, una Pamplona pobre de ella porque se le acaban las fiestas en unas horas. Nunca entendí esa necesidad que hay en Pamplona de quedarnos sin símbolos tan rápido. Tenemos uno, suave, ecológico, sostenible, festivo, fotogénico y que nos hace universales y renunciamos a él con una velocidad sorprendente.

Quizás resolviendo este misterio se explique por qué una parte de la población renuncia a una bandera milenaria, la roja de Navarra, por otra de hace dos telediarios y medio, la inglesa daltónica de los vecinos que nos niegan la salida al mar. Nunca entenderé tampoco por qué los que quieren renunciar a un símbolo tan autóctono, tan poco artificial como el otro, lo hagan además gratis. ¡Joder, cansalmas, reclamad al menos la devolución de esa franja de tierra que va de Endarlaza a Fuenterrabía para Navarra y así vamos a nuestra playa, copón! Ya hablaremos con calma el curso que viene de esto.

Pamplona y la mercadotecnia no se han llevado bien nunca. Hasta que no ha llegado una empresa alemana deportiva, por ejemplo, Osasuna no ha tenido una tienda oficial  en el centro de la ciudad. Es más, y si alguien fuera un poco cuco, no Ziganda, que ese ha cambiado la Fuerza por el Reverso Tenebroso, podrían hacer una campaña publicitaria de gran éxito que girara sobre estos temas: el sustaco de Cruchaga en el encierro del día 13, frente a la tienda de Osasuna en la calle Estafeta, donde un toro le hizo un siete en la camisa, su dorsal, la camiseta rojilla y el siete de julio, San Fermín. Ahí hay un campañón si se diseña bien. A ver si alguien se da por aludido y le da una vuelta al tema.

El tema publicitario, en cambio, el alcalde Asiron lo domina al dedillo. Sabe perfectamente que mejor que resolver los problemas es darse bombo haciendo creer que has resuelto el problema. No me extrañaría nada que los Sanfermines que viene, yo qué sé, la entrada de la ciudad se llene de carteles que digan que Pamplona no tolerará agresiones a villaveseros para solucionar las hostias que se han llevado en estas fiestas. La propaganda siempre se les ha dado a las mil maravillas a los aberchándales. Si fuera por logotipos se habían independizado diez o doce veces, o trece.

En fin, que ya es día 14 y la fiesta se nos muere. Disfruten de la jornada, tomen las últimas cervezas, la Bastilla e incluso las de Villadiego, camino de la playa de Salou mañana. Solo queda por saber si mantenemos la tradición milenaria de la pitada monumental al alcalde en el Pobre de mí, como la que se llevó el año pasado y que tanto le desconcertó, porque este alcalde narciso todo lo que no sea recibir amor incondicional no lo encaja muy bien. Capaz de suspender el acto el año que viene 

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