Vieja y viejísima política

Que España ha cambiado mucho en estos últimos cuarenta años y que la democracia que nació de la Constitución del 78 nos ha traído el mayor período de convivencia pacífica entre españoles no admite discusión.

Alguno ha escrito que esa Constitución se construyó sobre el miedo -entiendo que el miedo a lo que podía pasar si no había acuerdo- pero creo que eso es absolutamente falso.

La Carta Magna se construyó sobre la generosidad y el deseo de hacer posible el futuro en libertad para todos los españoles. Y con todos sus problemas, muy importantes, España es hoy un país para vivir, con una educación para todos, una sanidad envidiable, grandes infraestructuras, una Justicia lenta, pero que funciona y muchas cosas buenas, aunque siempre preferimos mirar lo que nos falta que lo que tenemos o lo que podemos conseguir trabajando juntos.

Pero uno lee los periódicos por la mañana y piensa que en algunas cosas no hemos mejorado tanto y que otras son iguales que hace cien años. La ilusión de la "nueva política" que aportaron los nuevos partidos hace apenas un par de años se diluye con facilidad, inexorablemente, cuando empieza el reparto y el disfrute del poder y brotan las querellas internas.

No hay que explicar a nadie lo que está pasando en el socialismo español, desnortado y con agentes internos tratando de dinamitar lo que queda. El PP sigue unido por el poder, por el deseo de conservarlo, pero sin afrontar la democratización interna y huyendo como de la peste de unas posibles primarias para elegir al líder.

En Ciudadanos, baqueteado por los resultados descendentes, surgen las críticas al poder casi absoluto de Albert Rivera. Y en Podemos, "la gran esperanza blanca" de la política, los que anunciaban el fin de "la casta", estalla la división entre sus dos almas y crece, como era de esperar, la lucha por el control absoluto del partido y la eliminación de cualquier discrepancia interna. Todos los partidos, sin importar el color o la ideología actúan igual: todo por los militantes, todo por los ciudadanos, pero sin los militantes y sin los ciudadanos.

Decía Ortega, ¡hace cien años! en su "Nueva y vieja política", que los políticos españoles "tienen de la vida social una idea propia, a la vez, de un faraón y de un cacique de aldea. Creen que la vida social se hace en sus despachos.

No se enteran de que la vida social es convivencia". Y añadía: ¿cuándo aprenderán que los hombres de la calle no hemos venido al mundo para que se nos gobierne con facilidad, sino, al contrario, los gobiernos existen para que los hombres de la calle puedan vivir cada día con mayor plenitud y menos vetos?". Sabio Ortega. La nueva política murió antes de nacer, la vieja política ya es pasado y aquí lo que hacen casi todos es viejísima política.

Mucho grito, mucho marketing y poco diálogo serio. Decía Leonardo da Vinci que donde se grita no hay conocimiento. Aquí se alza mucho la voz, es fácil la crítica a todo lo pasado, pero la que nunca fue "nueva política" ya actúa como la vieja casta y forma parte de ella. Y la renovación imprescindible y seria no acaba de llegar. Esa es la causa de la desafección.

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