Donald Trump y España

Estados Unidos ya tiene el presidente que han elegido sus ciudadanos y Mariano Rajoy, se ha apresurado a decir que espera que las relaciones entre ambos países no sólo se mantengan sino que mejoren.

Desde un punto de vista diplomático, ningún reparo a sus palabras. Estados Unidos es el principal socio comercial de España fuera de la Unión Europea, el sexto destino de las crecientes exportaciones de bienes de equipo españolas y nuestro quinto proveedor. El país de Trump es uno de los primeros inversores en España y el primer destino de la inversión española.

Y si hablamos del capítulo de infraestructuras, España participa en proyectos de gran envergadura. Entre 2012 y 2016, las empresas españolas han conseguido contratos de servicios en Estados Unidos que se acercan a los 20.000 millones de dólares. Y eso, sin hablar de las importantes bases -para Estados Unidos, desde luego, pero también para la economía de esas zonas- de Rota y Morón.

Así que el Gobierno se cubre las espaldas. Pero ese hecho, junto con el respeto a la voluntad del pueblo norteamericano no debe hacer que los gobernantes españoles, que son parte activa en la política de la Unión Europea, se pongan la venda y dejen de mirar las serias amenazas que se presentan con la llegada al poder de Trump y con sus primeras acciones y declaraciones.

Recorte de derechos a los más débiles, amenazas a Europa y a China, chantaje a las empresas automovilísticas, ataques a México, promesas de muros y de expulsar a millones de personas del país de la libertad, "América para los americanos". El Papa Francisco lo ha visto claro: "el peligro es que en tiempos de crisis busquemos un salvador". No existen.

Está en juego la economía y peligran los contratos de las empresas españolas en Estados Unidos. Un castigo a las importaciones de otros países puede convertirse en una tragedia para el comercio internacional y para nuestra economía, que depende, afortunadamente cada vez más, del crecimiento de las exportaciones. Pero ceder al chantaje populista -"americanos, comprad productos americanos"- puede ser aún peor.

Cuando el populismo, del signo que sea, llega al poder, incluso por la vía democrática, se pone en riesgo algo más que economía. Lo que peligran son los principios y los valores de la convivencia, la propia democracia.

Ha costado tanto que la Declaración Universal de los Derechos Humanos vaya prendiendo en la sociedad mundial que derribarla de pronto desde el poder de la nación más poderosa del mundo debe ser contemplado por los Gobiernos occidentales y por los ciudadanos que defienden esos valores, en estados Unidos y en el mundo, como un grave e inminente riesgo. Y hay que oponerse con firmeza.

Está claro que todos los Gobiernos libres y democráticos miran hacia otro lado cuando se sientan a negociar con naciones poderosas, como China o Rusia, que no respetan los derechos humanos. El poder del dinero casi siempre vence a la fuerza de los principios. Pero ni Rusia ni China pueden ser consideradas como democracias en el sentido más ético de la palabra. ¿Y los Estados Unidos de Trump? El Gobierno de España debe negociar pero sin arrodillarse.

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