Hora era de que Rivera se decidiera

Ciudadanos es el primero de los principales partidos nacionales en celebrar, este fin de semana, su congreso.

Es, probablemente, el que menos morbo informativo suscita, por cuanto ni existen importantes luchas por el poder interno ni se trata de una formación con expectativas inmediatas de gobierno. Rivera es el líder indiscutido e indiscutible de una formación que abomina de cualquier tentación socialdemócrata, reclamándose demócrata-liberal. Y que abandona su condición de 'partido catalán', con la que nació, para expandir su auto-clasificación como 'nacional'. Y, encima, para quitarle aún más acicate informativo a lo que van a hacer este fin de semana, te dicen que, para conocer a fondo la estrategia de gobierno del partido, habrá que esperar a las próximas elecciones municipales y autonómicas, es decir, a 2019.

Creo en suma, que Rivera ha escogido celebrar esta 'cumbre' de su partido, que tiene ya década y media de vida, aunque una proyección estatal de apenas tres años, en un clima de serenidad y casi hasta de aburrimiento: nada de trompetería, nada de luchas de personalidades, nada de peleas con terceros. No diré que esté equivocando la estrategia, porque ruido hay ya mucho, especialmente en los campos de Podemos y del PSOE, del que mucho hablaremos hasta que celebre su congreso, allá por junio.

Pero sí pienso que Ciudadanos ha perdido fuelle, que es tanto como decir eficacia, en los últimos meses: de Rivera fueron las mejores ideas y soluciones para desatascar la situación política que el país ha vivido en el último año; gracias a él, Rajoy pudo hacerse fuerte en La Moncloa, ganando la investidura; y de su iniciativa salieron esas ciento cincuenta condiciones que el PP habrá --¿habría?-- de cumplir como contraprestación al 'apoyo crítico' que Ciudadanos dio al partido en el poder para que pudiera seguir estando ahí.

Y, sin embargo, Ciudadanos ha pasado a estar como en un segundo plano, poco acorde con el papel que ha representado y que aún puede, en un futuro no lejano, representar. Creo que, por exceso de prudencia, o por no mirar con lago alcance, Rivera declinó entrar como vicepresidente en el Gobierno de Rajoy; hubiese podido hacerlo, porque el PP le necesitaba para lograr la mayoría en la investidura, pero Rivera, porque empezaban los grandes juicios contra la corrupción del PP, o porque, simplemente, Rajoy no le gusta, se mantuvo fuera del Gobierno. Un error, porque probablemente ahora se estarían acelerando algunas transformaciones, cambios y rectificaciones que el presidente Rajoy acomete con ritmo elefantiásico, con falta de ganas y exceso de marrullería.

Muchas veces he opinado que, frente al desafío secesionista catalán, para ser más fuerte frente a la debilidad crónica de Europa y para acometer con seguridad las reformas legales (empezando por las constitucionales) que el país necesita, hubiese sido muy conveniente esa gran coalición aceptada, qué remedio, por Rajoy, entre 'populares', socialistas y Ciudadanos. El 'no y no porque no' de Pedro Sánchez, el cadáver que se resiste a desaparecer, dio al traste con esa gran coalición, mal vista, en cualquier caso, en las filas del socialismo en general. Y de ahí se han derivado muchos de nuestros males en el políticamente nefasto 2016.

Y, ya que el PSOE se negaba, bien podría, al menos, Rivera haber ocupado parcelas de poder en el Gobierno, pensando menos en las posibilidades futuras a largo plazo de su partido y más en esa ciudadanía a la que él quiere representar: creo que le falló la estrategia, lo que es un mal asunto.

Ahora parece que ha variado ese rumbo, pero aplazando sus decisiones a 2019, que es cuando él espera que tengan lugar los comicios autonómicos y municipales, si es que nada ocurre antes en este torbellino político en el que vivimos. Es decir, Rivera plantea ya entrar en gobiernos autonómicos y municipales, pero no en el gobierno central. Así se las ponían a Fernando VII y a Rajoy I: eso le permite al presidente del Gobierno y del PP actuar con un margen de autonomía con el que hace apenas tres mees ni se permitía soñar.

Creo que Rivera, que sobrevaloró su papel, ahora lo minusvalora. Ignoro qué tono empleará en las proclamas desde su congreso, pero se ha jugado casi que le consideren como el líder de una formación que está en segunda división. Y ni lo merece ni a los ciudadanos, con minúscula, nos conviene: la formación naranja, que encarna la idea de centro que todos quieren ocupar, es, hoy por hoy, la mejor garantía de que en España se pondrán en marcha una serie de reformas cautas, quizá demasiado cautas, pero reformas al fin. Y de eso Rivera no puede ya abdicar, por muy duro que le parezca el camino que tiene ante sí.

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