Opinión / Sabatinas

Mañana de reyes

Por Fermín Mínguez 06 Enero, 2018 - 10:56

No creo que les sorprenda si les digo que mis dos noches favoritas del año son dos noches de cinco, enero y julio; víspera de Reyes y víspera de 6 de julio.

Visita de los Reyes Magos a la Casa de la Misericordia de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY
Visita de los Reyes Magos a la Casa de la Misericordia de Pamplona. IÑIGO ALZUGARAY

Las dos tienen en común que, aun sabiendo lo que pasará al día siguiente, es imposible no sucumbir a la emoción.

Es cierto que por mucho que uno sepa que encontrará algún detallico en el zapato cuando se levante el 6 de enero, o pueda ver la ilusión con que los niños abren los regalos, siente un gusanillo especial al irse al cama el cinco. No puedo imaginarme lo increíble que tiene que ser poder vivirlo desde el desconocimiento absoluto, desde la emoción que da no saber si habrá algo esperando o no. Esa alegría de no entender por qué suceden las cosas pero que sucedan.

Imagínense por un momento que es la primera vez que les cuentan esto, y que les dicen que si han sido buenos este año mañana tendrán lo que hayan pedido. Y se pondrían de los nervios recordando aquella vez en marzo que hicieron tal cosa mal o tal otra fea en mayo, pero estarían con la emoción de que no puede ser que por un par de tontunas se queden sin regalos y se irían a dormir pensando qué se van a encontrar el día siguiente, pero con un pellizco de miedo por si se acordaban de aquellas cosas de marzo y mayo y nos quedábamos sin nada. Esa ilusión del deber cumplido pero con algún manchurrón (que por otra parte es como se cumplen los deberes a menos que sean ustedes Nadia Comaneci y lo claven), es la que tendría que mantenerse a diario.

Hacer de las repeticiones una primera vez. Yo recuerdo perfectamente mi primer seis de julio consciente, maduro. Bueno, maduro tampoco, dejémoslo en adolescente autónomo y funcional que sería más aproximado. Recuerdo salir a la calle y alucinar con absolutamente todo, no reconocer mi ciudad, ni a mi gente, ni mis bares, y dejarme invadir por toda aquella emoción desbordada. Esto se ha repetido todos y cada uno de los seis de julio desde entonces, y han pasado más de veinte, a pesar de ser sabedor de lo que viene no ser capaz de frenar la emoción. Pero ese primer seis de julio, ay, es irrepetible.

Eso le voy a pedir a 2018. En eso me voy a esforzar para que pase en 2018, perdón, en vivir en, por, para e incluso de historias que sean emocionantes, que cueste conciliar el sueño, pero que apetezca levantarse y ver qué ha pasado.

Vivir en una noche de cinco de enero o de julio, pero no desde un punto infantil sino absolutamente consciente y enfocado a ser feliz.

Y lo dejo aquí porque una mañana como hoy no me va a leer ni el Tato porque estarán ustedes jugando con sus regalos de Reyes, y harán bien. Y los que me lean, como dice Peret, “Si la canción que yo canto / no te llena de alegría / por más cosas que te diga/No sirve de ná”. Así que para qué seguir, breve y directo hoy.

Nos vemos buscando emociones, o dando palmas al menos hasta que las encontremos, ¿sí?

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