La sentencia a 'La Manada' no soluciona el problema

Todas las miradas puestas en los tres jueces que han de decidir en el juicio de la presunta violación en Sanfermines, como si eso fuera a solucionar el problema.
 

La sala de vistas donde se celebró el juicio por la supuesta agresión sexual de los pasados Sanfermines. ALZUGARAY
La sala de vistas donde se celebró el juicio por la supuesta agresión sexual de los pasados Sanfermines. ALZUGARAY

Si la sentencia es condenatoria es cierto que habrá cinco personas menos en la calle con un concepto de las relaciones asqueroso, pero seguirá habiendo perfiles similares o lo que es peor, seguirán creciendo abusadores potenciales visto lo visto y escuchado lo escuchado.

Si es absolutoria se validará esa teoría de que este tipo de actos pueden justificarse dependiendo de la situación y volveremos al debate obsceno de que si los hombres son así o si la fiesta y el alcohol hacen que pasen cosas. Como si en lugar de ejecutores sólo hubiera mediadores, y así nunca hay culpables. Pues miren, no. Esto no funciona así. Ni las sentencias son el final del camino ni mucho menos el ambiente exime de la responsabilidad.

Este fin de semana he tenido la suerte de poder asistir a uno de los mejores partidos de rugby que se pueden ver hoy en día, Gales contra Nueva Zelanda, brutal, y de la mano de un amigo que es todavía mejor. ¿Que por qué les cuento esto?, pues porque aquello era una fiesta desde las 12 de la mañana, en el estadio cabían cerca de setenta y cinco mil almas, fuera habría más del doble.

Ríos de cerveza antes, durante y después del partido. Sí, durante también se puede beber en rugby, los que seguimos este deporte tan bruto somos capaces de comportarnos sin que nadie nos prohiba nada, madurez le llaman. Pues con todos esos componentes en la misma coctelera no se produjo ni medio altercado. Ni una bronca, la única enganchada fue cuando nos agarramos con la gente de nuestro lado para cantar a voz en grito Delilah de Tom Jones.

Fíjense, un partido de mucha rivalidad, de un deporte con contacto físico, duro, donde mucha gente ha bebido (de hecho creo que excepto Dani y yo que sólo bebemos zumos y tés, el resto del campo bebía mucho) y nada feo que reseñar. Pero ni en las colas para la cerveza, ni en los baños. Ni en los cacheos iniciales ni en la salida final. Nada. Estuvimos un rato más tomando tés y zumos por la noche y el ambiente era festivo a más no poder y de lo más tranquilo.

No sé cómo podrán explicar esto quienes dicen que las fiestas, el alcohol, los varones en grupo y la noche hacen inevitable que se produzcan abusos; quizás la forma más fácil de explicarlo es que nada más allá de las personas y sus decisiones justifican un abuso.

Por eso creo que sea cual sea la sentencia no valdrá para mucho más que para generar debates. La solución está en la gente, no en los jueces; y sería entre infantil y cobarde volcar en la justicia la responsabilidad ética de la sociedad, eso es lo mismo que delegar en los colegios la formación de nuestros hijos.

No me gusta una sociedad donde se puede ver como normal que cinco animales se encierren con una chica borracha en un portal y lo llamen relación. No me gusta que cinco hombres puedan participar de esto sin que ninguno decida parar. Me dan arcadas al escuchar a aquellos que dicen que la víctima provoca y que luego no se queje de lo que pasa. Pero no voy a fiar mi futuro ni mucho menos el de mi hija al criterio de unos jueces o a los debates de tertulia televisiva.

Esto es un tema de personas, los grupos son las personas, las sociedades son las personas y cuanto antes seamos conscientes de esto mejor para todos, menos para los que viven de hablar en nombre de otros.

Yo voy a luchar contra esta lacra del abuso inculcando a mi hija que es libre, que es igual a cualquiera por ser quien es. Igual, ni mejor ni peor que cualquiera. Que con el mismo esfuerzo deberá recibir la misma recompensa y que si no lo pelee y lo denuncie. Sé que no soy el único que lo hará, y confío en que aquellos que tengan hijos varones los educarán igual. No puede ser que cualquiera que abuse se sienta cómodo o respaldado.

Si ahora digo que como a alguien se le ocurra abusar de mi hija se lo haré pagar, seria una amenaza y me temo que sería punible, pero si lo que transmitimos es que como a cualquiera se le ocurra abusar de cualquiera se las verá con el resto la cosa cambia. Me ofrezco no solo a inculcar en mi hija valores que hagan que no se sienta inferior a nadie, sino a defender a todas y cada una de sus hijas, las de ustedes, que se sientan amenazadas, ¿harán lo mismo por mi hija? Intervendré cada vez que vea un episodio de este tipo porque seguro que es la hija de alguien, ¿lo harán ustedes?

 A veces, además de confiar en la ley, hay que reforzarla, defenderla, demostrarle que fuera de los juzgados hay toda una sociedad que no soporta a esta gente. Y es más, si hay algún anormal que insiste en estos comportamientos y tiene la fortuna de seguir en la calle que sepa que no tendrá cabida ni apoyo.

Y esto es algo más complejo y más profundo que la astracanada de colgar muñecos de puentes o de encender antorchas. Esto no va de quemar en hogueras a todo lo masculino, esto significa un esfuerzo continuado de diferenciar el grano de la paja, de poner el foco en lo que no está bien y no diluirnos en quejas generalistas y victimistas.
Lo que saquemos de todo esto no será una sentencia, pobre bagaje sería, sino saber qué tenemos que hacer cada uno de nosotros para que esta sea la última generación de españoles en la que una mujer se sienta inferior por el único hecho de serlo. Qué haremos cada uno de nosotros, no los medios de comunicación o los jueces. Siempre las personas primero

Se cambia asumiendo el cambio, enfrentándolo, aunque duela. Con miedo pero sin dudas. Como en la canción de Sondre Lerche, una y otra vez, enfrentarnos una y otra vez.

Porque esto lo hacemos juntos, ¿no?

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