La última canción

A ver si llegamos. Ese fue el saludo de mi compañera de asiento en el tren en uno de mis últimos viajes. Y yo que pensaba aprovechar el madrugón para dormir, me quedé con los ojos como el dos de oros todo el viaje.

Un niño camina entre los asientos de un vagón de tren
Un niño camina entre los asientos de un vagón de tren

A ver si llegamos, sonrió tranquila y se quedó tan ancha. Era lo que mi madre llamaría una chica de 60 años, se acomodó y se puso los auriculares, confiando en llegar, y se recostó para dormir. A ver si llegamos, ya no me lo saqué de la cabeza.

No sé si fueron las pocas horas de sueño o que siempre que se acerca noviembre toca echar de menos, pero me quedé pensando en qué pasaría si no llegase, si ese viaje fuera el último. Y me dio por pensar que si la última cara que viera fuera la de la mujer a mi lado no estaría ni tan mal teniendo en cuenta el resto de caras que me quedaban por ver el resto del día. Parecía buena gente, de los buenos. No es la que me gustaría ver, porque esas estaban lejos en casa, pero ni tan mal.

Y me dio por pensar en todo el tiempo que pasamos lejos de quienes queremos y de lo que queremos hacer, escuchando palabras que estamos obligados a oír en lugar de las que quisiéramos escuchar, y lo que es peor, no midiendo las que decimos,  ¿y si fueran las últimas?

Pensamos más en las siguientes palabras que en las últimas, más en lo inmediato que en lo posterior, lo que impacta pesa más que lo que perdura. Desperdiciando cada última oportunidad y convirtiéndolas en un continuo de continuidades, en algo rutinario. ¿Y si cada palabra que decimos pudiera ser la última?

Nos jugamos la vida de forma temeraria, apostando el hoy a cambio de un mañana incierto, sacrificando el ahora (tus besos, tus palabras, sus juegos, sus miedos, ir de vuestra mano) en pos de un futuro que probablemente seguiremos sacrificando por posteriores mañanas; pensando siempre que las renuncias del ahora nos garantizarán un después más pleno, más seguro, mejor.

Mientras, vamos dejando un reguero de recuerdos perdidos y de experiencias no vividas, un sinfín de oportunidades de vivir postergadas para vivirlas más tarde cuando ya no tengamos ni la situación adecuada ni las fuerzas y quizás ni las ganas. Perdemos mucha vida por no prestar atención al hoy y sí a los mañanas o a los ayeres, como decía Benedetti, pero hoy solo hay uno.

Renunciamos a muchas oportunidades porque tenemos  el foco puesto fuera de nuestro alcance hoy. Prestando más atención a lo que nos encontramos o nos ponen delante que a lo que nos gustaría elegir, como con las canciones. ¿Y si la que sonase fuera la última canción que escuchase? ¿No merece la pena el esfuerzo de elegir cada canción pensando que pudiera ser la última? Aunque sea una que hayamos escuchado infinitas veces, no por ser nueva es mejor.

Da la sensación de que empezamos cosas que no sabemos frenar por el mero hecho de seguir avanzando, de tener actividad, de lograr objetivos. Aquello que decía Luis Aragonés de que lo importante era ganar, ganar, ganar, y ganar y luego ganar, y no el juego en sí mismo. En la vida tendría que ser al revés, disfrutar del juego, del momento y de las sensaciones sin fiarlo todo a que pasaremos a la siguiente fase, porque esa seguridad no existe. Qué manía con querer tener el control sobre algo tan volátil como la vida. Sería mejor pararse y disfrutar lo vivido.

Y llegamos, esta vez sí. “No será el último”, le dije convencido de que se acordaría del comienzo del viaje. Sonrió de nuevo y se despidió con un “siempre son los últimos”, que es como decir que todos son los primeros.

Y sonreí, agradecido, sabiendo que tendré que esforzarme para que haya algo de mí en cada decisión que tome, no vaya a ser que sea la última. También en las canciones, quiero que me guste mi última canción. Esta podría ser perfectamente, es muy ahora.

¿Cuál les gustaría que fuese su última canción?

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