La alegría del 6 de julio, supervivientes

Un año más que llego al 6 de julio, cada vez más justo de fuerzas pero cada vez con más alegría por llegar. Sobrevivir es siempre una alegría, por lo que significa; porque sobrevivir no puede ser un objetivo, sino una consecuencia por eso se celebra.

Chupinazo de San Fermín 2016 desde la Plaza del Castillo. DANIEL FERNÁNDEZ
Chupinazo de San Fermín 2016 desde la Plaza del Castillo. DANIEL FERNÁNDEZ

El 6 de julio es mi punto cero, mi recarga de baterías anual, en algún otro artículo lo llamé mi Kamchatka, el lugar desde el que se resiste. El lugar de las primeras veces, de casi todas, mi primera colaboración escrita fue hablando sobre San Fermín, muchos de mis mejores y peores recuerdos visten de rojo y blanco. Pero es mucho más, me ha enseñado mucho más.

Me ha enseñado que la voluntad común siempre es más fuerte que la individual. Aquí lo hemos demostrado con la necesidad de divertirnos, que hace que una semana al año una ciudad habitualmente dividida diluya sus conflictos en blanco y rojo. Que unos y otros transiten calles que durante el año se niegan, que no haya prejuicios más allá de celebrar la vida como si se nos fuera acabar cada día.

Me ha enseñado que los esfuerzos de un año, las sombras, las cuestas arriba desaparecen cuando encuentras tu pasión, cuando no puedes evitar la piel de gallina hasta en el corazón a las 11.55 del día 6, incluso lo difícil que es borrarte la sonrisa una semana antes cuando compartes con Txose la cuenta atrás como si fueras un adolescente. No sé el tiempo que hace que no nos vemos pero sé que cada año nos encontraremos contando de 7 días hacia atrás.

Porque supongo que eso es la tradición, mantenerse, así se generan. Volviendo cada año para celebrar y recargar, y como yo miles, eso es lo que le da al 6 su brillo, eso es lo que crea la devoción a San Fermín. Por mi parte celebrar la supervivencia, celebrar haber sobrevivido, que no es exactamente lo mismo que sobrevivir a secas.

Lo pensaba el otro día en el concierto de Sabina, cuando cantaba la canción que hoy cierra esta columna (y la temporada), “superviviente sí, maldita sea” cantaba o lo que sea que él hace con esa lija que tiene por voz. Y fue la primera canción que cantamos de pie a gritos, puño en alto, Beguiris y yo.  Supervivientes porque caímos en la cuenta que hace más de 20 años que fuimos a ese mismo Palau en viaje de estudios, y aquí seguimos, militándonos. Orgullosos. Sonrientes. Muy navarro esto de resistir, muy de 6 de julio.

Porque haber sobrevivido significa haber tomado decisiones arriesgadas, feas, bonitas, haber conseguido abrazos y besos y castañazos del doce; perfumes y cicatrices, y a pesar de todo, o con todo eso volver a plantarte un 6 de julio en Pamplona diciendo “Hola, lo he vuelto a hacer, otra vida extra”

Me palpo y miro para hacer recuento deportivo de este año y me encuentro con un costurón y un agujero en los gemelos, cinco grados menos de rotación en los hombros, los pies y piernas marcados y sin embargo la total determinación de que voy a intentar volver a jugar 5 minutos el año que viene y me tendré que dejar la piel el triple, que los muchacho empujan. Haré lo que sea y veré si sobrevivo. Pero si me quedo en el intento esos 5 minutos me habrán dado la vida y no lucharlos sería renunciar a vivir.

En eso consiste, ¿no?, en darlo todo para hacer de tu realidad algo mejor. Y la vida te lo devuelve con creces. Así es la fiesta, la Fiesta, como un Ganges que te purifica al sumergirte en él siempre que vayas con la intención de ser purificado. La fiesta no es de nadie, la fiesta es de la gente. No de los que la gobiernan o la quieren poseer, les sobrevivirá, nos sobrevivirá, nos olvidará y seguirá generando recuerdos y pasiones cuando ya no estemos.

Puede ser un poco pretencioso comparar estos siete días con la vida pero este es mi espacio y decido yo, disculpen, y si uno llega al 6 de julio con la intención de sobrevivir hasta el 14 se equivoca, porque irá temeroso, no se mezclará, no se mojará, no asumirá los riesgos propios de las oportunidades que lo nuevo le presenta. Y llegará vivo al 14, pero con poco mérito. Y si me dejan les cuento un secreto: casi siempre se llega vivo. Lo habitual es sobrevivir el 14 de julio y en la vida. Eso de no asumir riesgos por miedo, o por la necesidad de sobrevivir es el mayor de los engaños.

Sólo sobrevive el que arriesga, el que no lo único que hace es mantenerse vivo, y eso también lo hacen las amebas.

¿Qué por qué esta pasión por el 6 de julio?, porque simboliza la oportunidad y el éxito. El éxito de llegar y la oportunidad de empezar de cero. Y eso es bestial.

Así que, después de dar gracias por haber llegado de nuevo, de fundirme en mil abrazos con familia y amigos, de celebrar haber sobrevivido, toca empezar otra vez a asumir riesgos, sin ninguna certeza de que nos devuelvan aquí el año que viene, así que habrá que celebrar cada día como si no hubiera otro después.

A esto me ha enseñado la  Pamplona en San Fermín que me presentó mí padre, a vivir con pasión, la misma que le intento enseñar a mi hija.

A vivir con pasión. A ser un superviviente, sí, maldita sea. A sobrevivir arriesgando, carajo.

Feliz San Fermín, no permitan que se lo enturbie nadie, tenemos mucho que celebrar.

Nos vemos en otoño.

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