Por hombres y mujeres

Leo con gran sufrimiento y preocupación las noticias que últimamente afectan a la Iglesia, mi Iglesia -como Universal que es- sobre los casos de abusos sexuales a menores por parte de algunos sacerdotes. No obstante, me embarga una sensación de esperanza y luz porque hay firmeza y también tolerancia cero.

El Papa Francisco durante una de las ceremonias de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia. REUTERS
El Papa Francisco durante una de las ceremonias de la Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia. REUTERS

El Papa Francisco está capitaneando esta lucha, está atacando este pecado de la iglesia sin piedad y sin contemplaciones, pidiéndonos a los cristianos que recemos y que seamos activos defensores y compañeros de los que han sufrido esta mala praxis. Pido por ello que quien pudiera conocer o intuir algún otro caso similar, por muy escandaloso y doloroso que pueda ser, lo comunique sin dilación y que los Obispos, como primeros responsables de la iglesia más cercana, sean implacables ante los mismos y actúen con prontitud y determinación.

Siento en lo más profundo que sean sacerdotes los que han cometido estas barbaries, porque ellos son quienes nos deben guiar por el buen camino, ellos son el medio que Dios nos ha puesto para orientarnos y enseñarnos el mensaje del Evangelio.

Yo formo parte de la Iglesia y participo de ella de manera activa y por eso quiero que esté formada por las mejores personas. Aquí no me conformo con que mi Iglesia sea la menos mala de todas. Necesito que sea la mejor. Mucho estoy rezando por ella, por quienes formamos parte de la misma, por el Papa, por los Obispos, los sacerdotes, seminaristas y por todos quienes la integramos, seamos consagrados o no.

No se nos puede pasar a nadie por alto que la sociedad la formamos el conjunto de asociaciones, entidades, agrupaciones… hombres y mujeres que vivimos en ella, que nos preocupamos por ella, por nosotros, por los demás. Al igual que los partidos políticos son la suma de hombres y mujeres que quieren construir una sociedad con unas políticas concretas y definidas, la Iglesia, mi Iglesia, es la comunión de hombres y mujeres que creen en el mensaje del Evangelio, en el mensaje de Jesucristo y en una sociedad donde imperan los valores del cristianismo.

Hombres y mujeres, mujeres y hombres, con nuestras grandezas y miserias, con nuestros aciertos y desaciertos, nuestros pecados y nuestro arrepentimiento… en definitiva, hombres y mujeres frágiles, con debilidades, que debemos trabajar y luchar por superarlas y que debemos ser capaces de reconocer que somos vulnerables. Los cristianos somos privilegiados porque contamos con la fuerza de la oración y con la comprensión y compañía de Dios, dos componentes que invito a saborear y disfrutar.

Decía que tenía esperanza. Sí, esperanza en los hombres y mujeres de mi sociedad, de la sociedad en la que vivo, de la sociedad que va a ganar el terreno al mal proceder, a los abusos. Tengo la tranquilidad y el orgullo de pertenecer a una sociedad, donde los menos serán derrotados por la justicia, los valores, la ilusión, el optimismo, la cordura y el bien hacer, es decir, por los más.

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