Los niños de la mochila

Hay cosas con las que uno no puede, ni debe, estar callado. Repele escuchar eso de la mochila de kilómetros que portan los hijos de los presos a los que “se les ha robado la infancia”.

En el centro de la imagen, la viuda y los hijos del militar Francisco Casanova, asesinado por la banda terrorista ETA, durante el homenaje celebrado en Berriozar por el XVII aniversario del asesinato del subteniente. IÑIGO ALZUGARAY
En el centro de la imagen, la viuda y los hijos del militar Francisco Casanova, asesinado por la banda terrorista ETA, durante el homenaje celebrado en Berriozar por el XVII aniversario del asesinato del subteniente. IÑIGO ALZUGARAY

Tan recientes los aniversarios de los asesinatos de José Javier Múgica y Paco Casanova he cerrado los ojos y recordado esos días. Lágrimas de dolor e impotencia, abrazos de madres e hijos, pregunta desgarradora… ¿por qué? El pesar de los compañeros de trabajo, miradas perdidas y rabia contenida, indignación de una parte de la sociedad e indiferencia de otra. Abro de nuevo los ojos y veo resignación, generosidad, serenidad, fe y, en algún caso, perdón, en las familias y amigos de quienes fueron asesinados.

Quienes no han tenido infancia son aquellos que han cargado en sus mochilas losas de cementerio y que nunca más pudieron ver a su padre o a su madre porque fueron asesinados por los padres y madres de los que tienen la mochila llena de kilómetros. La grandísima diferencia es, que estos últimos sí pueden seguir viendo a sus padres en distintos lugares de España, abrazarles, reírse con ellos, jugar y hasta decirles un sencillo te quiero.

Quienes mataron, no tuvieron ningún reparo en disparar a sus víctimas en presencia de sus hijos. A éstos no sólo les robaron la infancia, también la adolescencia, la madurez… la vida, en una palabra. Les rompieron el corazón, el presente y el futuro y no sólo les quitaron a sus padres, sino que, en muchos casos, también les quitaron a sus madres, mujeres que jamás pudieron superar algo tan terrible y que, a partir de eso, se convirtieron en víctimas mortales en vida.

Se tiene que saber quiénes son las víctimas, sus nombres y apellidos, su historia anónima de persecución, de humillación y de ofensa. Y quiénes son los victimarios, que tienen también su nombre y apellidos, por qué están en la cárcel y qué es lo que hicieron. Hay que saber quién murió y quién mató”. (José María Múgica 2009).

Si tanto les pesa esa mochila llena de kilómetros, pueden empezar a vaciarla diciéndoles a sus padres (a esos que ellos sí pueden ver) que lo que hicieron está mal, muy mal y animarles a pedir perdón a las familias de los que asesinaron. Pueden descargar peso de sus espaldas pidiendo a sus padres que den los datos necesarios a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para esclarecer los más de 300 asesinatos que cometieron y que aún siguen sin resolverse. Y pueden seguir vaciando su mochila pidiendo a gritos a sus padres que disuelvan ETA, diciéndoles que cuando uno asesina a otro debe pagarlo y cumplir las penas a las que la justicia le ha condenado y exigirles que entreguen ya todas las armas que tienen escondidas e identifiquen donde están los zulos.

También se quitarían lastre de la mochila si, por respeto a las víctimas, no jalonaran como héroes a los asesinos que quedan en libertad, ni brindaran en las fiestas patronales por ellos, ni aceptaran que cualquiera de ellos pudiera representar a la sociedad, a la que intentaron matar, en las instituciones.

Cuánto más ligeros irían a visitar a sus padres si fueran conscientes que los asesinados no tuvieron juicio alguno ni posibilidad de defenderse y que los mataron sólo por pensar diferente. Y cómo podrían tirar definitivamente la mochila y despojarse de cualquier peso si respetaran la pluralidad, creyeran en la libertad, en la paz, en la justicia, en la verdad, en la memoria y en la dignidad de aquellos que sufrieron la violencia de sus padres.

El tiempo va pasando. Algunos pretenden olvidar y otros lo han hecho ya. Me parece injusto. Todo lo que pasó por nada y para nada. No puede ser. No debe ser. Yo no me pienso olvidar ni voy a dejar que todo esto caiga en el olvido. No voy a permitir que se manipule lo que pasó, que se dude de quienes son los asesinos y quienes las víctimas y, sobre todo, no voy a permitir que se mancille la dignidad de todos esos niños y adolescentes a los que se les privó para siempre el disfrutar de la presencia de sus padres.

“Hay una cadena familiar que no se ha roto. Los asesinos no han podido exterminarnos y no lo lograrán porque aquí hay un vínculo de fuerza y de alegría, y de amor a la tierra y a la vida que los asesinos no pudieron vencer. Además, de mi papá aprendí algo que los asesinos no saben hacer: a poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira”. (El olvido que seremos, Héctor Abad, 2007).

Yo tengo muy claro quiénes son los verdaderos niños de la mochila.

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