Opinión / El zurriago de Oteyzerena

Navidades animales

Por Carlos Jordán 31 Diciembre, 2017 - 11:59

Aún recuerdo la primera vez que me regalaron un perro, puedo recordar cada detalle con total claridad, más por lo chocante de la situación que por una privilegiada memoria eidética.

El autor monta su caballo Cícero junto a su perro Miura.
El autor monta su caballo Cícero junto a su perro Miura.

Podría decirse que fue todo un descubrimiento, pues hasta ese momento, el único contacto con perros que había tenido eran los habitantes de Fustiñana, el pueblo de mi familia paterna.

Era la Navidad del 96, por aquel entonces, pasábamos las fiestas en casa de mi abuela materna. Mi hermana y yo ya estábamos acostados, cuando mi padre, cuál terremoto entró en la habitación ya a oscuras y se nos acercó de esa manera alborotada tan suya -y mía, que para eso soy su hijo-. A decir verdad, quien nos despertó fue mi madre regañando a mi padre por querer despertanos, pero la amenaza de una aragonesa enfadada valía la pena; Nos iba a regalar un perro a cada uno, y la ilusión de dos hijos contentos podía con una y mil regañinas.

Ahora sé que mi padre, muy perro y muy chinchorrillas, lo tenía todo preparado ya. Fuera sí o no nuestra respuesta, los perros ya estaban en el pueblo esperándonos. Yo, con las sábanas hasta el cuello, respondía a las preguntas que me hacía. Preguntas que ya tenían respuesta:

- “¿Carlicos, te gustaría tener un perro? Sí, ¿verdad?”

- “¿Un perro de verdad? ¡Sí!!

- “¿Y cómo quieres llamarlo?”

- “Beethoven” -acababa de ver la película, no podía ofrecer más ingenio-.

- “No prefieres Tobi? Tobi es más bonito, le llamaremos Tobi”.

Mi padre, un crack, como les decía.

Tobi, un pointer tan grande como yo, me dio la primera lección de vida -la vida no para y te arrastra con ella- cuando lo saqué a pasear por primera vez con mi padre. “Agárralo fuerte y no lo sueltes” me dijo. Dicho y hecho. Tobi tiró de la correa y me arrastró calle abajo por la carretera mientras mi padre me gritaba de fondo “¡Pero qué haces! ¡suéltalo! Ahora la situación se ve muy cómica, pero para un chiquillo de 7 años resultaba todo muy confuso, primero que no lo suelte, luego que lo suelte, pero también doloroso, me dejé las rodillas, la dignidad y los pantalones en el arcén. Y miedo, imaginen la reacción de mi madre al ver los pantalones nuevos rotos. Ese día, mi padre y yo, compartimos regañina.

Tras él, vinieron Toni, Rayo, Beltza, Choches, Bart y Lobo, pero también avestruces, autillos, corderos, vacas, cerdos, jabalíes, gallinas, tortugas, ardillas, conejos, peces, gatos, caballos, zorros, lobos y hasta una leona. Todos adoptados o rescatados, alguno ni siquiera nuestro. Mi padre me regaló el contacto con la vida misma. Todo bajo la enseñanza de que no era dueño de ningún animal, si no compañero. Que el dominio sobre ellos sería el pago voluntario a su confianza, la cual nunca, en ninguna circunstancia, se debía traicionar. Nunca ninguno nos falló en nada, nos lo entregaron todo a cambio de nuestra amistad. Y los cientos de aventuras que vivimos juntos me acompañarán el resto de mis días.

Hace un par de meses que falleció Lobo, un pastor alemán con una hernia abdominal al que le encantaba sobre manera que le rascasen la tripa, por eso hace unas semanas cuando vi por instagram que habían abandonado a quién ahora es Miura, ni me lo pensé. Del mismo modo que ni me lo pensé cuando volviendo completamente beodo de una carpa universitaria adopté a Shisha, una gata asustada que habían encontrado en un tejado del casco viejo de Pamplona, y que ahora es el ojito derecho de mi madre.

Ser capaces de tener una mascota es un regalo que la vida nos hace, para enseñarnos a ser mejores personas. No aceptar esa responsabilidad y abandonarlo es lo peor que un ser humano puede hacer. No sean imbéciles.

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