La tiranía de los imbéciles

Siento no ser más imaginativo con el título, pero, para terminar el mes de las letras -Abril- no se me ocurre mejor manera de rendir homenaje, que robarle le el título de su libro a C.P. Weiler para mi reflexión semanal.

Que ya no es tan semanal, pero la realidad satura tanto que es imposible mantener la mente sana sin desconectar de ella de vez en cuando.

Últimamente pienso a menudo en El Cid, no es que me sienta identificado, aunque reconozco que liarme a zurriagazos con algún que otro tipejo foral me alegraría bastante el día. Recurro a su figura para consolarme con la esencia de la España clásica, la imbatible e incorruptible -por la gracia de Dios, si le quieren dar dramatismo al asunto- la del buen vasallo y mal señor.

Reconozco, con bastante sorna, que el sensacionalista programa de la ETB estaba en lo cierto al 90%, España está repletita de ignorantes y mediocres, que se empeñan en demostrar el acierto de la teoría de la divinización del hombre de Nietzsche. Se equivocaron en verse desde el otro lado del espejo los pobrecitos, como he dicho, que acertado estuvo Nietzsche.

Pero la esencia del donjuanquijotismo, españolismo puro y duro, que ríete tu de la España cañí con flamencas y toros incluidos, no solo está presente en el independentismo patrio, también está, como no, en la casposisísima nostalgia del estado católico pseudomedieval de Hazte Oír y el bus del berrinche.

Ese “pues yo más” envidioso, ese meterle el dedo en el ojo al prójimo, tan español como anticatólico, totalmente fuera de lugar, que si no llega a ser por la inmadurez e impulsividad progresista, hubiese quedado en un descrédito espantoso y un ridículo aún más doloroso. Si bien, no tan intenso como en el nacionalismo, también es muy de español cateto.

Y ya que he nombrado antes a la progresía, porque no, aclarar posturas sobre ese ejército de incultos y palmeros, creyentes en el Dios de la subvención, que todo lo puede, y que suelta los dineros como si no fuese suyo… esperen! Rectifico, como si bastase con imprim… dejémoslo en “creciese en los árboles”. Esos que se creen las cosas según quién las diga, por eso de que el empirismo es facha.

Por último, la siempre torpe e interesada facción conservadora, esa que se confiesa de haberse mirado la pilila al ducharse o te hace leyes al gusto, porque son así de guays, palmadita en las espalda para ti y mordida en paraíso fiscal para mí, y todos contentos!

Aunque de entre todos, pudiera decirse que el peor es el regionalismo, la fea que baila con el primero que se le ofrezca, boinarroscas que te venden ser de centro mientras te aplican la ley campoamor. Relativismo? Pa’ que! Pensar está sobrevalorado.

Y a fé que está sobrevalorado, o infravalorado, según se mire, no hay mayor pecado en este país que culturizarse. No pierdan el tiempo estudiando ciencias sociales, cualquier tontaina te despreciará con su ignorancia, y en el país del “según quién lo diga” la mayoría tiene las de ganar, ya saben, Machado en Campos de Castilla “De diez cabezas, nueve; embisten y una piensa; Nunca extrañéis que un bruto; se descuerne luchando por la idea.”

Y el navarrísimo Millán-Astray gritando a Unamuno “Muera la inteligencia!”. Y nótese que evitó dar ejemplos de políticos actúales, por no perder alguna que otra amistad. Llámenme débil de espíritu, yo que sé.

Pero si por algún remoto achaque de enajenación transitoria, o permanente, deciden ilustrarse, por llevarle la contraria a Pérez Reverte, que está muy de moda y es muy guay, lean como si la vida les fuese en ello, matricúlense en la universidad y sáquense cuantas carreras puedan o al menos asistan a sus clases, repitan en voz alta y con orgullo lo que han aprendido, debátanlo con quienes tengan su mismo interés en ilustrarse y mejorar. Al poco le llamarán radical y le intentarán callar, pero será en vano, porque no será un desprestigio, si no una medalla de historias pasadas sobre radicales pasados, como clara campoamor y el emperador del paralelo, ambos del partido radical, tan radicales ellos que lograron el sufragio femenino, tan radicales ellos que se definían liberales, tan radicales… que no se les debe imitar, por no arriesgar el sustento del amiguismo ibérico. Y lo dejo aquí, que las huestes moderadas ya me llaman a la puerta para quemarme por radical.

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