La historia de un pueblo que no se deja someter

Ser portador es algo bastante bello, y si lo que portas es a la mismísima Santa María La Real (que hace setenta años que no salía y que vete a saber cuándo volverá a salir) se convierte en todo un honor.

Portadores de Santa María la Real el pasado domingo junto a la imagen.
Portadores de Santa María la Real el pasado domingo junto a la imagen.

Y no solo por ser un hecho insólito, si no porque te da la oportunidad de vivir el acto desde el centro neurálgico.

Todo empezó con la apertura de la Puerta Santa de la Catedral -algo histórico- de la que después saldría la Virgen Santa María La Real para recibir a las demás vírgenes de Navarra que esperaban su presencia en San Lorenzo.

Como siempre, los mayores abarrotaban el acto, pero pude comprobar con alegría que entre las canas, había también mucha gente joven y familias, que respondían con clamor a los panegíricos del Padre Leoz (que por cierto escribe en este medio el blog dominical "Whatsapp en el camino").

Pero si fue solemne el recibimiento, glorioso fue el camino de vuelta a la Catedral, una banda de música anunciaba el paso de la Virgen, con una melodía que hacía arrodillarse y reconocer su magnificencia ante la presencia de la virgen, una situación que haría humildes hasta a los Asirones y Barcos de turno.

Algunas muchachas -quizá por la emoción de ver por fin chavales bien vestidos- empezaron a gritarnos "¡Guapos!, 'Elegantes!" un poco antes de llegar a la calle Curia, ventajas de ser portador supongo.

Ya en la Catedral, los problemas de espacio por la cantidad de fieles era el gran problema a resolver, pues no cabía un alfiler y seguía entrando gente, hasta tal punto, que los portadores nos tuvimos que poner de perfil pegando la espalda al paso para poderla colocar en frente del altar.

Guiños en la misa hacia los vascoparlantes, que ya veremos si sirve para que ciertos individuos dejen en paz a la archidiócesis o para mosquear al personal, pero la buena intención es lo que cuenta.

Y como colofón, la despedida con el beso de San Miguel a la Virgen y la genuflexión de las demás Vírgenes ante Santa María La Real.

Todo un acontecimiento único, con los fieles cerrando filas en su fe y arropando a sus hermanos cristianos en la defensa de una creencia personal, hartos de ataques de un bando y abandono del otro.

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