Ruido de esteladas

Escribo sin conocer el desenlace del contencioso administrativo tramitado en un Juzgado de Madrid (el número 11) contra la decisión de la Delegación del Gobierno que prohíbe la entrada de banderas separatistas ("esteladas")

en el madrileño estadio Vicente Calderón, donde este domingo el Barcelona y el Sevilla se disputan la Copa del Rey de fútbol.

El juez puede ratificar la decisión gubernamental, como reclama la Fiscalía, o suspenderla cautelarmente, como reclaman los recurrentes. Sin perjuicio de los razonamientos judiciales a favor de lo uno o de lo otro, cuando se conozca la suerte que le espera al recurso presentado por el Barcelona C. de F.,  el columnista se moja en el tema de fondo: la libertad de expresión, el derecho presuntamente atropellado por la orden oficial.

Todos los derechos tienen sus límites situados en punto de roce con otros derechos o bienes jurídicos que asimismo han de ser protegidos. Por ejemplo, el orden público o el respeto a símbolos propios o ajenos. Se ha de proteger la libertad de expresión pero también se ha de garantizar la seguridad de los asistentes a un espectáculo deportivo.

La seguridad no se garantiza si los poderes públicos consienten, toleran, permiten, que un partido de fútbol derive en "escenario de lucha política" si, a juzgar por los antecedentes, hay riesgo de desorden, enfrentamientos y, en definitiva, supuestos de violencia a todas luces indeseables.

Por no hablar de violación de la libertad de expresión de otros. Junto a los 20.000 barcelonistas habrá otros tantos sevillistas. Pueden sentirse ofendidos por el uso de símbolos que ellos consideren hirientes o vejatorios hacia su condición de españoles y su derecho a expresarse como les parezca en un momento dado. Estaríamos ante un riesgo de desordenes que los poderes públicos tienen la obligación de prevenir.

Los argumentos que se manejan entre quienes discrepan de la prohibición de las esteladas en el partido del domingo son los consabidos: prohibir este tipo de desahogos nacionalistas no hace más que alimentar la causa del separatismo porque les convierte en víctimas. Pero uno es de los que creen que la proverbial arrogancia de los nacionalistas se ha alimentado y ha crecido en gran parte gracias a esa piadosa coartada de su entorno político. Y hemos acabado tratándoles como especie protegida.

Me quedo perplejo ante esta cruzada del nacionalismo catalán en pro de la libertad de expresión. Le importa lo que le importa el sectarismo de los medios de comunicación dependientes de la Generalitat. Y a los responsables del Barcelona C.de F. les importa la libertad de mostrar banderas independentistas lo que les importa la libertad de mostrar una bandera nacional en el Nou Camp. Que pregunten a los seguidores del Atlético de Madrid por lo ocurrido en los tornos del estadio cuando su equipo se midió con el Barca en la Champions Ligue. Prohibido meter banderas de España en nombre de la seguridad. Pues eso.

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