Ganadores y perdedores

Además de los dos claros ganadores en la noche trilingüe del 25 de septiembre, Nuñez Feijóo e Iñigo Urkullu, también salieron con bien los institutos demoscópicos.

En esta ocasión solo fallaron en la excesiva facturación electoral que atribuyeron a la versión de Podemos en un País Vasco donde se mantiene viva la hegemonía nacionalista (PNV más Bildu), con nada menos que 46 escaños de 75, y un porcentaje de voto superior al 58%.

El gran perdedor de la noche fue el PSOE, ya en una preocupante secuencia de caídas en sucesivos procesos electorales. En esta ocasión, al menos con una consecuencia inmediata respecto al discutido liderazgo de Pedro Sánchez. Me refiero al inmediato recurso a sus dos fuentes de legitimidad: elecciones primarias (23 octubre) y congreso del partido (2-5 diciembre). La Ejecutiva anunció este lunes la doble convocatoria, al objeto de remover o para ratificar a Pedro Sánchez, que se presentará a la reelección con toda seguridad.

En cuanto a Podemos, con sus respectivas fuerzas instrumentales (En Marea y Elkarrekin), se constata su firme irrupción en los escenarios gallego y vasco. En ambos a costa del voto socialista, aunque en el País Vasco se estrella contra su propia expectativa de igualar o superar, en nombre de los desheredados, a quienes siguen en el sueño de la Euskadi grande y libre (Bildu).

En clave nacional, se refuerza el discurso de Rajoy (aunque solo fuera por la apuesta de vascos y gallegos por la continuidad sin bloqueos), y se debilita el de Pedro Sánchez, cuya implicación personal en la campaña de ambas comunidades, cuyas respectivas secciones socialistas están lideradas por barones "pedristas", no ha sido precisamente retribuida en las urnas. Sánchez ha tomado nota y, dejando flotar la idea de que la culpa es de quienes le hacen la vida imposible desde dentro, recurre a la militancia en una doble consulta con aromas plebiscitarios. Es su huida hacia adelante para salvar el trago de tener que comparecer ante un comité federal con la pólvora mojada.

Por su parte, Rajoy puede presumir de una mayoría absoluta cosidas a las siglas del PP y darle vuelo a su discurso central: el que pone la estabilidad institucional por encima de cualquier otra consideración. Es evidente que en ese sentido los hechos le han dado la razón, en tanto los electores han apostado sobre seguro. A favor de la continuidad y en contra de la incertidumbre, porque en tiempos de tribulación es mejor no hacer mudanzas, como dice la máxima ignaciana.

Y, finalmente, vale la pena congratularse en alto de que, gracias a todos los dioses, en el País Vasco los electores y los elegibles han salido a la calle durante la campaña con los hombros ligeros. Es mucho decir, después de cuarenta años con el alma acobardada por los asesinatos, las extorsiones y el miedo. Hablo de un pasado trágico de sangre y miseria moral, tan bien recreado por Fernando Aramburu en un libro de reciente publicación

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