Missa brevis en Baluarte

Crítica del tercer concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra en homenaje al compositor José María Goicoechea, junto a la Coral de Cámara de Pamplona.

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en homenaje al compositor navarro José María Goicoechea fallecido este año. FOTOS: IÑIGO ALZUGARAY
Concierto de la Orquesta Sinfónica de Navarra en homenaje al compositor navarro José María Goicoechea fallecido este año. FOTOS: IÑIGO ALZUGARAY

FICHA:

9 de noviembre de 2017, Auditorio Baluarte, 20:00h. Tercer concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Navarra en homenaje al compositor José María Goicoechea, junto a la Coral de Cámara de Pamplona.

Director: Rubén Gimeno.

Director de la Coral: David Gálvez.

Solistas: Quiteria Muñoz (soprano), Marta Infante (mezzosoprano), David Echeverría (tenor) y Iosu Yeregui (bajo).

Asistencia: tres cuartas partes del aforo.

Programa:

Missa brevis, en Re mayor, KV 194 (186h), de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)

Missa brevis en honor de San Francisco Javier, de José María Goicoechea (1924-2017)

El cisne de Tuonela, nº2 de “Leyendas”, Op. 22, de Jean Sibelius (1865-1957)

Suite nº4, en Sol mayor, op. 61, “Mozartiana”, de Piort Ilich Tchaikovsky (1840-1893)

MISSA BREVIS EN BALUARTE

La Missa brevis en Re mayor de W. A Mozart fue uno de los encargos de Hyeronimus von Colloredo, arzobispo de Salzburgo y patrón del compositor. Apenas una década después de su estreno, el joven Mozart renunció a su puesto de trabajo tras una discusión violenta con el clérigo. Ignorando los consejos de su padre, se instaló en Viena como músico independiente y, según la biografía de Maynard Solomon, fue un “paso revolucionario” en su obra.

Colloredo exigió a Mozart una obra breve y sencilla para la liturgia ordinaria en la Catedral de Salzburgo. La Missa brevis no contiene pasajes orquestales y su textura es eminentemente homofónica (las voces cantan a la vez, “en bloque”. No entablan un diálogo). El compositor austríaco se adaptó a las peticiones de su patrón. Sólo aparentemente. La Missa brevis esconde en sus entrañas una belleza subversiva. Profunda pese a la juventud del compositor y la rigidez de su patrón.

La batuta de Rubén Gimeno fue acertada: con ligereza en tempo y carácter, quedó clara la intención de cada frase. Tanto la Coral de Cámara de Pamplona como la Orquesta Sinfónica de Navarra se hicieron cargo de la dirección de la música, un factor especialmente importante en las obras que no destacan por la complejidad de su estructura u orquestación. Quizá faltó lirismo y contraste entre los distintos matices de la Missa.

La soprano Quiteria Muñoz ofreció una voz con proyección notable, que abordó de forma impecable los pasajes con más dificultad de su parte. Sin embargo, resultó algo plana en el inicio del Agnus Dei, donde la parte solista requiere una gran sensibilidad.

La voz de Marta Infante fue, con la del bajo Iosu Yeregui, una de las más expresivas de la noche. Con un timbre más bien oscuro en los graves, la mezzosoprano destacó por su interpretación delicada. En los agudos, el volumen fue algo más bajo, pero a la altura de las exigencias de la Missa.

A pesar de su acierto en la articulación y su timbre agradable, la voz del tenor David Echevería no alcanzó la potencia requerida para la obra. Quizá por ello hubo problemas de empaste en los pasajes para cuatro solistas. Iosu Yeregui, la otra voz masculina, llamó la atención por su proyección. Los afectos de la Missa afloraron en el canto del bajo.

El homenaje al compositor navarro José María Goicoechea se materializó en la Missa brevis en honor de San Francisco Javier. Basándose en los manuscritos originales (para tres voces), la transcripción de Cecilia Egea y los materiales de la Fundación Ars Incognita, David Gálvez llevó a cabo una reconstrucción de la pieza.

Gálvez adaptó la obra a cuatro voces “por cuestiones de equilibrio” en el tejido orquestal y las tesituras que propone Goicoechea. El resultado, una orquestación tremendamente delicada, que recuerda al Impresionismo en su tratamiento de la cuerda y del viento madera. En el coro, los pasajes de grandiosa monodía medieval del “Kyrie” contrastaron con la sonoridad casi oriental del “Gloria”. Una obra compleja, cromática y rotunda. Entre los aplausos, Rubén Gimeno saludó enseñando la partitura de la reconstrucción.

 En la segunda parte, El cisne de Tuonela de Jean Sibelius. La pieza pertenece a la suite de las Cuatro Leyendas de Kalevala, una epopeya en la mitología finlandesa. Tuoni, en la tradición nórdica, es el equivalente a la laguna Estigia: una isla de los muertos, rodeada por un río de agua negra en el que nada un cisne. El canto del animal es representado por el corno inglés y el río, por las armonías inconclusas y etéreas de la pieza.

El sonido del corno inglés fue correcto, aunque faltaron vibrato, fraseo y algo de expresividad. El cisne, sumergido en los acordes fríos y azules de Sibelius, resultó demasiado sereno. Por su parte, Gimeno dirigió un acompañamiento de carácter romántico. La sección de cuerda de la Sinfónica de Navarra respondió con emotividad y eficacia. La línea melódica creada por los solos de violonchelo, viola y violín no apareció del todo nítida, con algunos desajustes en el volumen y la afinación.

Por último, la Suite nº4 “Mozartiana”, de P. I. Tchaikovsky. El compositor ruso escribió la pieza en el centenario del estreno de la ópera Don Giovanni. Los dos primeros movimientos, Giga y Minueto, tienen carácter de danza y son arreglos para orquesta de dos piezas para piano de Mozart. En el tercero, Preghiera, se escuchó a una sección de cuerda delicadísima, con sordina, interpretar “Ave Verum”, orquestado por Tchaikovsky. El último movimiento tuvo la sonoridad de un ballet. Entre las variaciones, destacó el solo para violín brillantemente interpretado, con un virtuosismo y belleza melódica a la altura del Concierto para violín en Re mayor, compuesto apenas diez años antes.

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