Las cicatrices de Manuel Cañizares

El festival 'Flamenco On Fire' abrió el telón con un concierto para guitarra y orquesta junto a la OSN titulado Al-Ándalus.

Actuación del compositor y guitarrista Juan Manuel Cañizares dentro de la IV Edición del Flamenco on Fire que se celebra en Pamplona (10). IÑIGO ALZUGARAY
Actuación del compositor y guitarrista Juan Manuel Cañizares dentro de la IV Edición del Flamenco on Fire que se celebra en Pamplona (10). IÑIGO ALZUGARAY

FICHA

Día 22 de agosto, a las 21:00h en el Auditorio Baluarte. Concierto del cuarteto Manuel Cañizares, (Charo Espino, Juan Carlos Gómez, Ángel Muñoz) y la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Director: José Antonio Montaño.

Programa: diversas obras flamencas compuestas por Cañizares, las dos suites del ballet El Sombrero de tres picos, de Manuel de Falla (1876 – 1946), y el concierto para guitarra y orquesta Al-Ándalus, de Manuel Cañizares.

LAS CICATRICES DE MANUEL CAÑIZARES

Es posible que, para los advenedizos que acudimos aquella noche al Auditorio Baluarte, toda la esencia del flamenco se reduzca al ritmo y a los intervalos exóticos de la escala frigia o andaluza. Para Félix Grande, flamencólogo y poeta español, es “el resumen de siglos de pena y de verdad, y una alfombra de música por la que podemos caminar sin herirnos los pies”. Pero lo que ocurrió en el escenario sólo se corresponde con el nombre que daba el existencialismo filosófico al arte: una lucha contra la Tierra. Manuel Cañizares y sus músicos mostraron al público de Pamplona sus cicatrices y el magma que hierve en las entrañas de Al-Ándalus.

En un escenario apenas iluminado por dos focos rojos, las sombras de los bailaores se proyectaron sobre la pared del auditorio con una sincronía absoluta. Palmas, rasgueos. Golpes de cajón, tacones y abanico. Y en las melodías de Cañizares, se escucharon todas las escalas: las flamencas, las de blues, las pentatónicas (de la música tradicional oriental) o las de los siglos de música clásica occidental que nos preceden. Con un lenguaje fresco y original, el guitarrista demostró de cuántas formas distintas se puede tañer una cuerda. Y todas ellas con un dominio rotundo.

En la segunda parte, la Orquesta Sinfónica de Navarra y José Antonio Montaño interpretaron las dos suites de El Sombrero de Tres Picos, de Manuel de Falla (1876 – 1946). El compositor gaditano escribió este ballet por encargo de Sergéi Diaghilev, empresario fundador de los célebres Ballets Rusos de París. Enmarcada en el Nacionalismo musical español, la obra de Falla reproduce lo telúrico del flamenco.  Juan Eduardo Cirlot, poeta y crítico de arte, lo explicaba en su libro Stravinsky: “[Falla] ha superado sus etapas tradicionales para arrancar de su corazón los secos, austeros e imperialistas acordes […] cuya sonoridad, impregnada de tintas marrones y grises, velazqueñas, es la voz de ese dios oscuro, hijo del clima, del trabajo, que es el de la raza”.

La batuta de Montaño ofreció un Falla apolíneo y sereno en exceso. Con un tempo regular, avanzó a través de las distintas danzas sin detenerse de manera notable en los rubatos marcados por el compositor. Los cambios de dinámicas fueron sobrios y, en ocasiones, la presencia de la orquesta fue insuficiente. A la Danza de la molinera (Fandango) de la primera suite le faltó la garra que después se escuchó con acierto en el último número: la Danza final (Jota).

La última obra de la noche consiguió reunir a las dos caras del concierto: los palmeros de Cañizares se colocaron junto a los músicos de la Sinfónica de Navarra para acompañar al guitarrista en su concierto Al-Ándalus, dedicado a Paco de Lucía. Entonces, la batuta de Montaño guió a más de setenta músicos a través de los palos complejos del flamenco: bulerías y tanguillos de Cádiz. La orquesta respondió con solvencia y consiguió abrazar a las cuerdas de Manuel Cañizares, creando una química inexplicable sobre el escenario.

La melodía inspiradísima del segundo movimiento, una marcha fúnebre, irrumpió en la cabeza del guitarrista y compositor mientras llevaba el féretro del que fue su maestro y amigo durante más de diez años. Como antes lo habían hecho las vísceras de la cultura gitana, la cicatriz que dejó la muerte de Paco de Lucía en Cañizares apareció sobre el escenario. A través de su guitarra habló una voz rara, que García-Lorca dejó escrita en unos versos de “La guitarra”, de Poema del cante jondo:

Como llora el agua,

como llora el viento

sobre la nevada

Es imposible

callarla,

Llora por cosas

lejanas.

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