Achúcarro y la madurez de las nubes

Crítica al concierto ofrecido por la Orquesta Sinfónica de Euskadi y el pianista Joaquín Achúcarro, que celebra su 85 cumpleaños en Baluarte.

Concierto del pianista Joaquín Achúcarro con la Sinfónica de Euskadi en Baluarte. IÑIGO ALZUGARAY
Concierto del pianista Joaquín Achúcarro con la Sinfónica de Euskadi en Baluarte. IÑIGO ALZUGARAY

FICHA:

“Revuelto ruso”: concierto de temporada de la Orquesta Sinfónica de Euskadi. Martes, 31 de octubre, a las 20:00h en el Auditorio Baluarte.

Director: Robert Treviño (nuevo director titular de la OSE).

Solista: Joaquín Achúcarro (piano).

Programa: Concierto para piano en Re mayor, para la mano izquierda, de Maurice Ravel (1875-1937).

Sinfonía nº 11, “Año 1905”, de Dmitri Shostakóvich (1906-1975).

Asistencia: Más de tres cuartas partes del aforo.

ACHÚCARRO Y LA MADUREZ DE LAS NUBES

Los dos conciertos para piano son una rareza en la obra de Maurice Ravel. Se compusieron de forma paralela en el tiempo (1929-1931) pero, como dicta la geometría, no confluyen en ningún punto. Uno, alegre, clásico y diáfano. El otro, lúgubre, jazzístico y opaco. Siniestro. El Concierto para mano izquierda en Re mayor fue dedicado a Paul Wittgenstein, joven pianista que perdió su brazo derecho en el frente polaco de la Primera Guerra Mundial. Ravel compuso el milagro: en los oídos del público, Wittgenstein recuperó su diestra.

La de Joaquín Achúcarro agarraba el cuero de la banqueta o descansaba en el Steinway del Auditorio Baluarte. La primera intervención del piano fue el clímax del crescendo dirigido con acierto por la batuta de Robert Treviño. El contrafagot cantó una melodía tétrica sobre el sustento armónico de las cuerdas graves, quizá algo falto de fuerza. Y Achúcarro mostró, en los primeros compases del concierto, las dos pulsiones que predominarían en su interpretación: la fuerza de los primeros intervalos, secos y arcaicos, y después, una lluvia austera.

El pianista bilbaíno supo convertir el virtuosismo asfixiante de la obra en una lluvia. Con un tempo sereno, expuso melodía y arpegios en mano izquierda sin detenerse demasiado en rubatos o acentos expresivos. En la sección central, la Orquesta Sinfónica de Euskadi respondió sobradamente a las indicaciones de un Treviño en constante diálogo de música y miradas con su solista. En el Concierto para mano izquierda, piano y orquesta se enfrentan constantemente con ritmos asincopados y difíciles de coordinar. Sin alcanzar del todo la fuerza exigida por la obra, la Orquesta Sinfónica de Euskadi resolvió con seguridad los entresijos de la pieza.

El pianista dio el último acorde del concierto en pie. Como propina, ofreció el Claro de luna de Claude Debussy. Hay quienes piensan que las obras más conocidas por la cultura popular son reliquias vacías. Enfermas de silbido, tarareo y politono. Muertas en ascensor de hotel. Achúcarro trajo un Claro de luna nuevo y maduro. Otra vez lluvia.

El 9 de enero de 1905, nevaba en Rusia. Adultos, ancianos y niños se concentraron frente al Palacio de Invierno para exigir al zar Nicolás II una mejora de sus condiciones laborales. La Guardia Imperial abrió fuego contra la masa pacífica. Murieron 200 manifestantes y 800 quedaron heridos. Un ingeniero de la Oficina de Pesos y Medidas de San Petersburgo sobrevivió a la matanza y pudo escapar. Cincuenta años después, su hijo, Dmitri Shostakóvich, compondría su Sinfonía nº 11 “Año 1905”.

En el primer movimiento (“La plaza del Palacio de Invierno”), las cuerdas expusieron el tema que se repite a lo largo de toda la obra: el frío. En unísono casi inaudible, la melodía dibuja el Palacio de Invierno y la plaza abarrotada. Poco a poco, los metales y la percusión abrieron fuego y dominaron la sinfonía. Después, las cuerdas iniciaron una fuga obsesiva. Treviño y la Sinfónica de Euskadi trajeron al escenario los gritos y la sangre en la nieve. Las violas, acompañadas por los contrabajos en pizzicato, parafrasearon el himno revolucionario “Habéis caído como víctimas”. Al final, volvió el frío en un solo de corno inglés interpretado con gran sensibilidad.

El último sonido de la obra fue el de una campana. Las cuerdas quedaron con los arcos arriba y, cuando la vibración lúgubre desapareció, el Auditorio Baluarte quedó en completo silencio, como el Palacio de Invierno tras la matanza.

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