Trump, punto final

Era un día cualquiera de un viernes de octubre cuando al levantarme leí una noticia sobre las declaraciones de Hillary Clinton en un mitin en Winston-Salem junto a Michelle Obama. En ese momento, me di cuenta que una mujer podría llegar y según parecía así seria a ocupar la Casa Oval. 

Hilary Clinton y Donald Trump, los candidatos a las elecciones presidenciales en Estados Unidos
Hilary Clinton y Donald Trump, los candidatos a las elecciones presidenciales en Estados Unidos

Durante la campaña electoral, siendo sincera, no me imaginaba que un populista con un discurso xenófobo y antisistema, sería el próximo presidente de Estados Unidos. Algo se hizo mal para que el señor cuyo nombre aparece en miles de torres y edificios de la gran manzana, símbolo de su éxito y arrogancia, sea el nuevo inquilino de la casa más famosa del mundo.

El sueño de millones de personas se vio tirado a la basura (espero que de forma temporal) cuando de repente era el magnate, Donald Trump, quien llegaba a la Casa Blanca con el apoyo masivo de los votantes blancos descontentos con las élites en noviembre de este pasado 2016.

Como muchas personas, seguí la investidura en directo y no podía salir de mi asombro mientras pronunciaba su discurso entre las que dijo "Seguiremos dos simples reglas: comprar productos de EE UU y contratar estadounidenses" una visión poco englobada en un siglo en donde la interconexión es la base de toda relación humana o comercial.

Además, Trump se prepara para reducir a la mitad las admisiones de refugiados, y denegará visados a personas provenientes de países cuya administración considere de alto riesgo.

Por otra parte, su estrategia con respeto al orden de las relaciones internacionales con la OTAN, el acuerdo de libre comercio de EEUU y la Unión Europea o la posible polarización en la relaciones con China es más que dubitativa. Por no hablar de una posible damnificada Europa que, junto a Estados Unidos, suponen el 50% del PIB mundial y un tercio de los flujos comerciales de todo el planeta

Está claro que goza del respaldo de una gran parte de electorado americano (pese a que Hillary Clinton obtuvo el apoyo de 222.192 estadounidenses más que el magnate) pero según una encuesta realizada por Ipsos entre 24 países del mundo entero, España lidera la lista de países que piensan que Trump no será un buen presidente. Incluso por delante de México, país denostado por Trump.

Es posible que logre una cosa, lo que posiblemente nadie había logrado antes, poner a tanta gente en su contra. O lo que es lo mismo, unir a tanta gente en la lucha de los derechos logrados.

Y es que, se puede decir que la bienvenida a Washington de Donald Trump no ha sido precisamente agradable o como dirían en Estados Unidos “polite”. El pasado 21 de enero más de medio millón de personas se manifestaban bajo el lema "We won't go away, welcome to your first day" para reflejar su rechazo al nuevo inquilino del despacho oval.

Es llamativo cómo pese a una gran movilización, no vista en Washington desde la Guerra de Vietnam, el 42% de los votantes de Trump fueron mujeres. Cifra que debe de llevarnos a la reflexión sobre la importancia y el poder de nuestro voto.

Si se supone que un líder debe de ser capaz de trasmitir entre otros valores confianza y seguridad, Trump está en la antítesis de la seguridad y confianza,  no solo a los poderes fácticos o los grandes grupos empresariales.

Cuesta pensar que a los jóvenes americanos a quienes como a todos los demás jóvenes les gusta romper moldes, reescribir los principios preestablecidos y crear nuevos referentes, Trump les parezca uno de ellos. Podemos romper moldes pero estos nunca deberían de ser los de la injusticia, los que amplían la brecha entre compañeros de silla en el bachellor por su origen, raza o religión. Nunca deberíamos tener como referente moral o político a quien denosta a los ecologistas y cree que el medio ambiente no es sinónimo de salud global. No podemos endiosar a quien hace de la mujer un objeto y la menosprecia. En definitiva, a quien fomenta con su discurso el odio frente al respeto.

Es cierto que nadie como Trump supo entender el hartazgo con el establishment, posiblemente pudo la  miopía política, pero estemos al tanto porque como dijo Meryl Streep"el irrespeto invita al irrespeto, la violencia incita la violencia".

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