Pablo Sabalza es escritor.

Te voy a contar un cuento

El cuento oral no es la abuela sino la mecedora de la abuela

Placa del Ratón Pérez.
Placa del Ratón Pérez.

El poeta Antonio Machado debió disfrutar mucho durante su infancia, ya que su padre, Antonio Machado Álvarez, es el culpable de compilar el 99.9% de todos los cuentos españoles.

Harto, como estaría el hombre, de tanto cuento francés de Charles Perrault o de los Hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen o, incluso, de Jeanne Marie Leprince de Beaumont, autora de ‘La bella y la bestia’ decidió solicitar a todos los maestros, religiosos y gentes de bien que le nutriesen del folclore de las distintas provincias para conformar el primer libro publicado en España titulado ‘Cuentos, leyendas y costumbres populares’ (1872).

Pero no quedó ahí y así, junto a otros amantes de la palabra en el tiempo,  dirigió una colección de libros sobre folclore, la ‘Biblioteca de Tradiciones Populares (1883–1888)’, que alcanzó once volúmenes. A su sociedad andaluza le siguieron luego la extremeña, castellana, gallega, asturiana y catalana. Los amigos de Antonio Machado Álvarez se contagian de su afición al folclore y se convierten en folkloristas ellos mismos.

En España los cuentos han existido desde siempre. Ya en la época prehistórica considero que existían. Veo a mis ancestros en sus cuevas reuniendo a su clan y narrándoles cómo cazaban o se preparaban para sus desplazamientos o, incluso, describiendo el parir de un cervatillo con los pájaros trinando el alumbramiento.

Dicen que en los lugares donde el frío más impera han nacido mayor número de cuentos. También dicen que en las zonas rurales más que en las urbanas y cuenta la leyenda que se acentúa más el relato en la España del interior (Galicia, Asturias, mi Navarra…) que en la mediterránea, con mejor tiempo.

Hoy nos reunimos frente a un televisor. Ayer ante una chimenea, delante de un fuego. La familia reunida. Los amigos y vecinos traían una bolsa de tomates, unas patatas, algún calabacín y se acomodaban junto a la lumbre mientras bebían algo caliente relatando la historia del lobo que se comía cabritillos o de la niña que se perdió en el bosque cogiendo moras.

El origen del cuento en España llega del mundo grecolatino. La invasión musulmana también nos abrigó de numerosos relatos y no sólo Sirios, también de Irak, Mesopotamia. De dónde crees que arriban los paraísos terrenales, las alfombras mágicas, Aladino, las 1001 noches…

En la época de Los Reyes Católicos se posiciona entre la sociedad de Castilla y León los ‘51 cuentos del infante D. Juan’…y así hasta hoy.

¿Saben que el cuento del ratoncito Pérez se escribió para el niño rey Alfonso XIII? Cuentan que al joven monarca, que no llegaba a la edad de 8 años, se le había caído un diente (como a mi sobrino Daniel estas navidades) pidiendo al jesuita Luis Coloma que escribiera un cuento para el futuro monarca. Corría el año 1894.

El Ayuntamiento de Madrid rescató la memoria del Ratoncito -el primer personaje ficticio al que el Ayuntamiento homenajea con una placa del Plan Memoria de Madrid- instalando una placa en la calle del Arenal, número 8, domicilio donde  Luis Coloma situó la vivienda del roedor, en la entonces popular confitería Prast.  

En la placa puede leerse: "Aquí vivía, dentro de una caja de galletas en la confitería Prast el Ratón Pérez, según el cuento que el padre Coloma escribió para el niño rey Alfonso XIII"

QUIERO CONTARLES OTRA COSA

Si alguna vez les dicen que tienen ‘más cuento que Calleja’, tómenselo como un halago. Saturnino Calleja, pedagogo y editor, hizo que los niños del siglo XIX volasen con su imaginación por infinitos lugares, ya que publicó grandes tiradas de libros y cuentos (con muy pequeño margen de beneficio, con lo que abarató mucho los precios) e ilustró  todos ellos con dibujos de los mejores artistas, con lo que logró unos cuentos atractivos y al alcance de los bolsillos de menor poder adquisitivo, acostumbrando a leer, con ello, a varias generaciones de niños. Las dimensiones de cada cuento fueron también una novedad, pues se trataba de cuentecitos diminutos que los niños podían coleccionar como si fuesen cromos y conservar o transportar en sus bolsillos.

Como autor de obras infantiles y juveniles les invito a que lean de vez en cuando estos libros. Retrocedan a su infancia, hagan que sus hijos, sus nietos, sus sobrinos se acerquen a ellos, los curioseen.

En días de viento y frío no conozco mejor estampa que la sonrisa de un niño al calor de un libro abierto.

…y colorín colorado.

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