Pablo Sabalza es escritor.

Sangüesa: portada de Navarra

La arquitectura es escultura habitada.

Portada románica de Sangüesa.
Portada románica de Sangüesa.

Recuerdo hacer la Javierada desde muy temprana edad.

Mi padre, un amigo suyo, Julián, y yo iniciábamos el recorrido hasta Sangüesa a una hora muy temprana de un sábado de marzo. Los primeros dieciocho kilómetros, es decir, hasta Monreal, se me hacían eternos. La higa era inalcanzable. Esa pirámide camuflada que pensaba que era de niño y a la que escribí varios cuentos se erigía a lo lejos. No había manera, por mucho andar, por mucho dirigirme a ella, de alcanzarla.

El descanso a los pies de la montaña era obligatorio una vez lograda la primera etapa.

La Venta de Judas, el Puerto de Loiti y la entrada a Liédena eran las tres estaciones que nos oxigenaban en la jornada dedicada al patrón.  Tras varias horas de camino llegábamos a Sangüesa y aún me iba yo a jugar a la pelota.

¡Ay, infancia mía, qué feliz me envolviste!

Me llamaba la atención cómo los peregrinos acudían a las distintas iglesias de la capital de la merindad para descansar. Especialmente a Santa María, joya arquitectónica de la localidad y me atrevo a decir que una de las de Navarra. En aquel suelo de la iglesia enumerado con los difuntos que allá moran, reposaban sus huesos los caminantes antes de emprender la meta final a Javier.

Hace apenas dos semanas llegué de Las Palmas de Gran Canaria para visitar Sangüesa después de tantos meses sin verla.

La carretera ya no es la misma aunque el paisaje, sí. Un abanico de infinitas tonalidades de verdes se presentaba a mis ojos regando mi corazón de recuerdos.

La higa de Monreal se aproximaba veloz a mis ojos. En coche no es lo mismo que andando, ¿verdad?

El arcén en el que me subía a lomos de mi padre, pues mis diminutos pies eran menos valientes que mi corazón navarro, me mostraban en aquel trayecto de nostalgia un espejismo de mi vida pasada.

Llegué a mi ciudad sangüesina. Recorrí mi adolescencia por el paseo de Cantolagua y por la calle Mayor. En el  palacio Vallesantoro visité una exposición pictórica de un artista local llamado Arriazu que me fascinó. No se la pierdan.

Un café en El Pilar, una cerveza cántabra y otra belga en el Dos caballos y un bocadillo especial  en la Bodega.

Y así, rumbo a casa, en esa noche de luna llena, pasé por delante de la iglesia de Santa María…

Al día siguiente desayuné en el Rebolé y fui a visitar a los jóvenes alumnos que tenían como lectura formativa una de mis obras en el Colegio Público Luis Gil. Pueden imaginarse la inmensa alegría que esto supone para un enamorado de su tierra y de sus gentes.

Espero y deseo que podamos repetir el próximo año.

De la mano de la gerente de Gesartur, Cristina Gil, conocí más profundamente  la portada románica de Santa María de Sangüesa.

Las estatuas columnas dispuestas a la izquierda del espectador con las tres Marías (en uno de los libros que la Virgen del medio sujeta podemos leer ‘Leodegarius me fecit’) y, sobresaliendo  a la derecha,  aquéllas de San Pedro, San Pablo y Judas ahorcado…

O el tímpano que destaca con el Cristo y los ángeles trompeteros anunciando el Juicio Final, tema éste frecuente para aquéllas gentes que poblaron nuestras tierras en los tiempos de espadas y caballeros y doncellas y reyes y madrastras y amores y besos en las sombras…

O las escenas en las que un herrero, Regín, forja una espada y un guerrero, Sigurd, lucha contra un dragón, Fafne.

Me detalló tanto Cristina la portada románica que parece mentira que haya pasado infinidad de veces delante de esa majestuosa fachada y no me detuviese a mirarla, que no a verla. Hay tantos detalles, tantos… Artesanos, juglares, acróbatas, dragones…la piedra me cuenta tantas cosas… Su eco me traslada al medievo. Al trote de caballos, a las mulas con sus carros, al yunque y al martillo, a las risas que hubo y perduran con el tiempo.

Podría describir la portada de Santa María en este escrito vuestro pero entonces, quién iría a mirarla o, mejor aún, a admirarla.

Comí en el Ciudad de Sangüesa (te debo una Eloy), jugué a baloncesto y me tomé unos pintxos muy elaborados en el Landa y en el Leyre. Hasta me eché un bingo en el Blues.

¡Si es mi ciudad de Sangüesa la mejor ciudad del mundo!

No doy dos pasos sin besar o abrazar o reír o emocionarme con los míos.

Y regresé a casa. Y en esa noche aún de luna llena volví a pasar por delante de la iglesia de Santa María…

Dormí… y soñé que montaba a lomos de mi padre por un camino bañado de verdes infinitos y que me adentraba en montañas que eran pirámides y que bailaba con juglares y que reía con acróbatas medievales.

Ya de regreso, junto a mi mar de azul y caracolas, anhelo que llegue el estío.

Y que las moras, hoy verdes, alcancen su nombre; que la nieve de chopos cese su tormenta; que los niños vuelen cometas bajo un cielo de terciopelo blanco con pinceladas celestes.

Y así, con mi sonrisa perenne, volveré a admirar la portada de mi ciudad. Volaré en un dragón de piedra. Escucharé la melodía de una flauta medieval. Jugaré con una pelota de roca vieja. Vestiré esculturas desnudas con pieles de cantera.

Y regresaré a ti, infancia mía, que tan feliz me envolviste…

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