Pablo Sabalza es escritor.

¿Qué es la poesía?

Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía.

Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.
Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía.

El pasado lunes asistí a una nueva sesión del taller de escritura impartido este año por los escritores Alexis Ravelo (‘Los milagros prohibidos’ Ed. Siruela), José Luis Correa (El detective nostálgico’ Ed. Alba) y el poeta, Pedro Flores (Salir rana Ed. Renacimiento).

No se pueden imaginar cuántas personas se inscriben en estos talleres literarios. Cada lunes, media hora antes de iniciar el encuentro, se personan en la sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés para coger sitio y así poder disfrutar de este fascinante homenaje a las letras.

Han llegado a inscribirse más de 150 personas y con lista de espera de 90.

Estos datos me hacen pensar en aquello que apuntó en su día Óscar Wilde: “ Toda aquella persona que haya nacido en una familia tiene argumentos suficientes para escribir un libro”.

En la sesión del pasado lunes abordamos la poesía.

El poeta invitado, Pedro Flores, nos presentó un racimo de poemas que entre todos los asistentes fuimos analizando y desglosando.

Poesía muy bien vestida. Versos bien fruncidos e hilvanados.

Esto de escribir poesía no es juntar versos y ya está. Requiere, como todo en la vida, su tiempo, su dedicación.

Mucha lectura y algo de muñeca. Leer y escribir…y leer…y escribir.

Tampoco estoy descubriendo la pólvora. ¡O acaso se conquistó Zamora en una hora!

Al tiempo, el poeta preguntó: “¿Qué es la poesía?”

…Hace muchos años, tendría yo unos ocho o nueve, trepé en secreto al árbol cercano de la casa de mis padres en mi pueblo, Sangüesa. Mi madre hoy se está enterando.

La rama más próxima al suelo estaba a un metro. Era el primer escalón de la escalera natural que fui ascendiendo.

Próximo a la copa recuerdo haber avistado el río Aragón discurrir veraniego y el hierro del puente relucir dorado por aquel sol de la infancia.

Allí, en aquel espacio, se me posó un ave. Es cierto. Un pajarito azul y blanco y verde se ancló a mi hombro derecho.

Estuvo, no les miento, unos ocho o diez segundos siendo mi Pepito grillo. Hacía un sonido así:

“Ti-ti-ti-ti”.

Me quedé inmóvil. Me convertí, temporalmente, en árbol. Lo miraba de reojo. Él movía la cabeza. Sentía, porque las sentía, sus nimias patas agarrarse a mi camisa..

Al poco, se fue volando.

Descendí del árbol. Llegué a mi casa. Mi madre leía en la terraza. Me preguntó qué tal estaba.

Yo se lo quería decir. Quería contarle que había trepado, casi, a la copa de un árbol. Que un pajarito verde y azul y blanco se había posado en mi hombro. Que me había cantado o creo yo que hablado. Que por un momento yo también fui árbol. Que el río era azul y el puente de hierro, dorado.

Pero no se lo dije.

Y cogí un papel. Atrapé un lápiz y navegué en mi primer poema.

La poesía está en todas partes y termina siempre en los papeles dijo una vez Luis Rogelio Nogueras.

 En homenaje a Miguel Hernández por el 75 aniversario de su fallecimiento me despido con este poema:

Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.

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