Pablo Sabalza es escritor.

La nueva vida de las cabinas de teléfono

La gente usaba algo llamado teléfono porque les repugnaba estar juntos y les asustaba demasiado quedarse solos

Una cabina telefónica. ARCHIVO
Una cabina telefónica. ARCHIVO

En el hall de entrada a la casa de mis padres siempre había un platillo repleto de monedas con el fin de utilizarlas, si era menester, en la cabina telefónica. Yo cogía unas pocas y las dividía en mis dos bolsillos. En el de la izquierda introducía aquellas que eran para llamar por teléfono en caso de urgencia. En el de la derecha, para comprar golosinas y caramelos.

Con el tiempo se dieron cuenta de que la proporción de escasez de monedas en el platillo y del número de  llamadas efectuadas no se ajustaba, así que pasaron a darme las monedas en mano. Estoy convencido de que por aquellos años leí ‘El lazarillo de Tormes’ y quise simularlo.

¡Ay, las cabinas telefónicas! Me parecía casi lírico contemplar en días de lluvia a la gente resguardarse dentro de ellas hasta que escampase. También me hacía gracia cuando uno estaba esperando a que otra persona finalizase su conversación. Incluso algunos golpeaban  en la puerta de la cabina para que el de dentro acabase de hablar de una vez. Imagínese ahora…

Durante los años que residí en Francia era el único vínculo con mi familia junto a la carta. Recuerdo que adquiría la ‘carte téléphonique internationale’ en un Bureau du Tabac por no sé cuántos francos (¡qué mayor soy!). Tenías que rascar para que te saliese un número que, a la postre, era el que debías marcar junto al código del país. No había skype ni se le esperaba.

La película ‘Los pájaros’ de Hitchcock o ‘Superman’ o la misma, ‘La cabina’, protagonizada por José Luis López Vázquez, dentro de dos generaciones no la entenderá nadie.

Nuestros biznietos o nietos o tataranietos se preguntarán qué tipo de lugar era ese en el que la gente utilizaba algo denominado “teléfono”. De las guías telefónicas ya ni les hablo.

A mí me hacía mucha ilusión buscarme en la guía y contemplar que estabas ahí, entre esa biblia de números de teléfono. Y luego hojeabas si estaba tu mejor amigo y la chica que te gustaba y los familiares o amigos del pueblo y otra vez la chica que te gustaba…

El pasado año solamente se entregaron 127 guías en formato impreso siendo en soporte electrónico 9998.

Señoras y señores, muy a mi pesar, debo comunicarles que nuestras cabinas telefónicas junto a nuestras queridas guías van a desaparecer.

Nueve de cada diez ciudadanos no las han utilizado en el último año y ocho de cada diez consideran que deben jubilarlas. Lo que les decía, los días contados.

Pero entre esa bruma espesa, bajo esa oscuridad presente y patente han aparecido los ‘Cabinilibros’.

Ciertas personas han considerado que aún existe un hilo o, mejor aún, un cable de vida en las cabinas telefónicas que no es otro que depositar en ellas libros para que sean otras quienes los lean. Cabinilibros.

No sólo en las cabinas (estructuras con forma de prisma rectangular) sino también en los denominados postes, de mayor o menor envergadura, con teléfonos adosados y un cierto soporte en los mismos. En éstos también se dejan libros.

Y así vas tú, paseando por tu calle llena de avenidas y de edificios y de gentes o, así camines por tu pueblo repleto de árboles y pájaros y gentes también, te puedes topar con una cabina o un poste o como tú quieras llamarlo en el que descanse un libro o tres o cinco en su repisa.

Ya no tengo monedas en un platillo, ya no vivo en el extranjero ni compro tarjetas internacionales. Ya no busco a mis familiares en una guía telefónica.

Pero me gusta pasar por delante de esas cabinas y ver libros acostados en ellas.

Te invito a que lo hagas. Seguramente, tengas muchos libros en casa que no lees, que nunca vas a volver a leer.

Sal a la calle, busca una cabina y deposítalo.

Tú también puedes ser un…cabinilibro.

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