Pablo Sabalza es escritor.

Copiones de los renglones

El problema no está en copiar ideas o inventos ajenos, sino robar el espíritu de su gestor, haciéndolas parecer como propias.

El Quijote de Avellaneda.
El Quijote de Avellaneda.

Me gustaría pensar que todas las obras literarias emanan de la mente privilegiada de un autor, de uno solo.

Aquellas personas que nos dedicamos en cuerpo, corazón y alma al oficio de la escritura nos apoyamos en distintos y diversos autores a la hora de construir nuestras creaciones. Maestros literarios que utilizamos como referentes o como estilos o influencias literarias.

¡Atención! Sólo como influencias.

El otro día, sin ir más lejos, me llegó un comentario de un autor local del que apuntaban cómo había utilizado, literalmente, frases de Walt Whitman, Raymond Chandler y no sé qué autores más para su obra, pensando, supongo, que los lectores no se iban a dar cuenta de tan descarado apoyo.

Uno, generalmente, lo aprecia en ocasiones y mira para otro lado.

Ciertos escritores van realizando apuntes conforme leen infinidad de obras y luego, como quien no quiere la cosa, los resaltan en las suyas como si éstas hubiesen caído del cielo o naciesen de su ‘privilegiado’ intelecto.

Como diría un amigo mío: ‘A Noé de diluvios’ o, para que ustedes me entiendan, ’A otro perro con ese hueso’.

El concepto plagio viene del griego ‘plagios’ que significa engañoso, y del latín ‘plagium’ utilizado en el Derecho Romano (¡madre mía, qué recuerdos!) para denunciar la venta de un esclavo ajeno. Para que me entiendan, una estafa.

La definición consistiría en hacer pasar como propia la obra completa o el texto parcial creado por otro autor.

La intertextualidad y la hipertextualidad es otra cosa, por mucho que algunos se apoyen en estas dos palabras tan raras para excusarse de sus ‘copiadas’. Pero esto no es de ahora.

En el año 1614, un año antes de que Miguel de Cervantes Saavedra publicase la segunda parte (segundas partes nunca fueron buenas menos la de El Quijote, según dicen) de su universal obra, un tipo llamado Alonso Fernández de Avellaneda, publicó otro Quijote que pasó a ser conocido como El Quijote de Avellaneda. Lo curioso de esta historia es que si no lo llega a escribir (con el único propósito de fastidiar a Cervantes) nunca hubiésemos sabido de este escritor natural de Tordesillas. La leyenda cuenta que detrás de este señor se encontraba Lope de Vega. Sea lo que fuere, este Quijote de Avellaneda aceleró la pluma de nuestro escritor más reconocido para que publicase su segunda parte en 1615.

Unos cuantos años después, en el siglo XVIII, ciertos críticos señalaron a William Shakespeare en estas lides. Al parecer, ninguna de las obras atribuidas al Bardo de Avon pertenecen a su puño y letra. Se trataría así de un plagio universal, en la que un escritor no sólo copia un texto de otro sino que se atribuye toda su creación literaria.

Cuentan que tratándose de alguien nacido en un pequeño pueblo, hijo de un modesto comerciante, no poseía los medios para haber accedido a los conocimientos necesarios para escribir sus dramas, llenos no sólo de una prosa exquisita sino además de datos y explicaciones de alguien que ha tenido formación también en otros campos, como la astronomía, la historia, etc.

Por el contrario -según esta hipótesis- las obras habrían sido escritas por un verdadero intelectual de la época, entre cuyos candidatos se cuentan a Sir Francis Bacon, Christopher Marlowe o el Conde de Oxford (Edward de Vere), que por razones personales no habría querido revelar su autoría. 

También hay premios Nobel que han sido señalados en este sentido. Camilo José Cela ganó el premio Planeta en 1994 con la novela ‘La cruz de San Andrés’. La historia no acabó ahí, ya que Carmen Formoso acusó que la obra de Cela se parecía demasiado a la suya, ‘Carmen, Carmela, Carmiña’, que también concursó para ese premio.

La jueza declaró que Formoso presentó su obra el 2 de mayo y Cela el 30 de junio, y el contenido del informe pericial concluye que la obra de Cela es ‘un supuesto de transformación, al menos parcial, de la obra original’.

El escritor y periodista mexicano Teófilo Huerta Moreno acusó a José Saramago de plagio, ya que aseguró que Alatriste, por entonces director de Alfaguara México, le había hecho llegar a José Saramago su relato “¡Últimas noticias!”, y éste se había inspirado en él para ‘Las intermitencias de la muerte’. El nobel portugués declaró que no vio y ni siquiera tocó con la punta de los dedos el cuento del reclamante, y que si dos autores tratan el tema de la ausencia de la muerte, resulta inevitable que las situaciones se repitan en el relato y que las fórmulas en que las mismas se expresen tengan alguna semejanza. 

El poeta estadounidense-británico, T. S. Elliot, ganador del premio nobel de literatura en 1948 fue acusado por la prestigiosa publicación “Times Literary Supplement” que se empeñó en demostrar que Eliot habría plagiado a varios poetas como al no muy conocido Madison Cawein, que había escrito “Waste Land” y a la casi desconocida Charlotte Mew, cuyo libro “The farmer's bride”, contiene versos muy parecidos a los poemas de Eliot. 

Desgraciadamente, tenemos muchos más casos como el de Manuel Vázquez Montalbán (caso precedente en el mundo de los derechos de los traductores sobre sus textos y que sentó jurisprudencia) que en 1990 fue condenado a pagar tres millones de pesetas -en concepto de perjuicio moral- al profesor de la Universidad de Murcia, Ángel Luis Pujante, por plagio en la traducción que éste había realizado de la obra de Shakespeare, ‘Julio César’.

La archiconocida copiada de Ana Rosa Quintana (las evidencias y pruebas eran irrebatibles) acusada de plagio de párrafos y páginas enteras de tres libros: ‘Mujeres de Ojos Grandes’ (Angeles Mastretta), ‘El Pájaro Canta Hasta Morir’ (Colleen MacCullough) y ‘Álbum de Familia’ (Danielle Steele)

El célebre Jorge Bucay, que copió 60 páginas casi textualmente de 'La Sabiduría Recobrada' de la filósofa española Mónica Cavallé. Y suma y sigue…

Luis Racionero a quien se le acusó de plagiar en su libro La Atenas de Pericles otro de Gilbert Murray, El legado de Grecia; o el primer libro de poemas de Lucía Etxebarría que fue tachado, para muchos injustamente, de copiar poemas de Antonio Colinas; o Alfredo Bryce Echenique que fue condenado en enero de 2009 por el plagio de dieciséis artículos periodísticos de quince autores diferentes; o la mismísima J.K.Rowling, autora de ‘Harry Potter’, demandada por un presunto plagio de ideas de la obra Willy el brujo, de Adrian Jacobs y cuya demanda fue desestimada.

Así que aquellos periodistas, escritores, amantes de la palabra (propia y/o ajena), blogueros, columnistas y demás familia les cito (copio) lo que manifestó en su día el Conde de Lautréamont: ‘El plagio es necesario. Está implícito en el progreso

...Y al autor local al que hacía referencia al inicio de mi escrito le digo, simplemente, aquello que señalaba Facundo Cabral: ‘Soy repetidor de Whitman, a quien amé hasta el plagio’.

Me despido con Cervantes…¡vale!

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