Pablo Sabalza es escritor.

De (segunda) profesión, escritor

Dichoso es aquel que mantiene una profesión que coincide con su afición.

Vista de la estación de metro ficticia, Pico y pala.
Vista de la estación de metro ficticia, Pico y pala.

Si acaso piensan que los escritores viven de la venta de sus libros es que no están bien informados.

No pagan la hipoteca, ni el colegio de los niños, ni el viaje a París en diciembre con los ejemplares que venden de sus obras en las distintas librerías. Todos tienen un trabajo, una profesión a la que dedican un mínimo de ocho horas.

Bien es cierto que hay muchos autores que imparten conferencias, visitan colegios o realizan talleres de escritura para pagar los recibos. Se puede decir que viven de la literatura pero no exactamente de la venta de sus obras.

He tenido la oportunidad de entrevistar en dos ocasiones a Julia Navarro. Es una muy buena amiga de Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

En el último encuentro que mantuvimos, hará ahora un año, apuntaba que en España apenas una docena y media de autores viven de la venta que generan sus libros.

Puedes ir tirando de los anticipos que dan ciertas editoriales pero insisto, son parches.

Sirva el prólogo de este escrito para mostrarles un amplio abanico de escritores que antes de alcanzar fama mundial con sus obras tuvieron mil y un oficios.

El escritor inglés autor de un sinnúmero de clásicos como Oliver Twist o David Copperfield, Charles Dickens, tuvo que trabajar en una fábrica de cera para zapatos y reunir el dinero suficiente para sacar a su padre de la cárcel.

La autora de Mujercitas, Louisa May Alcott, dejó todo para mudarse a Fruitlands, una comunidad de veganos idealistas que querían dejar el mundo moderno para convertirse en granjeros del siglo XVI. Querían construir una especie de Jardín de Edén, libre de sufrimiento humano y animal, donde todos comieran verduras. El problema es que no tenía experiencia trabajando  la tierra. Entre el trabajo duro de ser granjera, la poca comida y el clima brutal, el experimento solo le duró siete meses.

El autor de Colmillo Blanco, Jack London, era un pirata, pero no al estilo de Errol Flynn. No era un tipo rudo de sombrero y espada. Su bote, lejos de llamarse La Perla Negra, se llamaba el Razzle Dazzle y él tampoco era Jack Sparrow sino pirata de ostras. Estaba harto de trabajar en una fábrica de pepinillos y decidió dedicarse al lucrativo negocio del robo de ostras para vendérselas a los restaurantes de la zona.

James Joyce, además de escribir una de las novelas más complejas del siglo XX, Ulises, también fue cantante y pianista. A Joyce le costó mucho abrirse camino con la literatura. Su primer libro, Dublinenses, fue rechazado 22 veces. No se rindió y mientras esperaba que alguien le publicase, cantaba en restaurantes de la ciudad para ganarse la vida.

William Faulkner, Premio Nobel de Literatura en 1949 y autor de la novela El ruido y la furia era cartero. Entregar revistas le permitía la oportunidad de leerlas de vez en cuando.

Ernest Hemingway antes de acudir a los sanfermines y escribir Fiesta se saltaba las clases e iba a una editorial a trabajar a pesar de las creencias de sus padres.

El autor estadounidense de ficción y terror, Stephen King, es conocido por El Resplandor, Eso y Carrie. Lo que pocos saben es que antes de alcanzar la cúspide trabajaba como conserje. Su novela debut Carrie estuvo inspirada en la dueña de un casillero que limpió en la época.

Uno de mis escritores preferidos, Haruki Murakami, autor japonés de Tokio Blues, La caza del carnero salvaje y Kafka en la Orilla trabajó como vendedor en una tienda de discos durante su época universitaria y abrió, con su esposa, un bar llamado "The Peter Cat".

El autor de El informe pelicano, El cliente, La tapadera, El jurado, El último jurado y un largo etcétera, John Grisham, era miembro de una enfermería donde regaba plantas por un dólar la hora. Después tuvo un ascenso de 50 centavos y se dio cuenta de que ahí no había futuro.

Como muchos escritores, Kafka intentó tener trabajos relativamente fáciles que le permitieran tener tiempo y dinero para escribir. Como había estudiado leyes, el escritor trabajó en una firma legal antes de obtener un empleo en una compañía de seguros. El plan no funcionó como esperaba porque la carga de trabajo lo llevó a trabajar 60 horas a la semana; Salinger, autor de El Guardián entre el Centeno, tuvo que ir obligatoriamente a la Segunda Guerra Mundial, donde sirvió en el Cuerpo de Contra Inteligencia de la Cuarta División de Infantería.

Pero antes de eso, tuvo una serie de trabajos bastante excéntricos. Después de fracasar en sus estudios en la Universidad de Nueva York, su padre llevó a J.D. a Polonia y Austria para que trabajara en el negocio familiar de quesos y jamones. Ahí el joven escritor trabajó en un matadero. Regresó a Estados Unidos, en 1941, y por un corto tiempo tuvo un empleo en un crucero por el Caribe; Chuck Palahniuk, que saltó a la fama por El Club de la Lucha si bien tiene estudios en periodismo y trabajó en un periódico en Portland, antes de esto, se dedicó a arreglar camiones.

Como ven, en el amplio racimo de profesiones realizadas por escritores encontraremos periodistas, profesores, abogados, médicos, policías, químicos…

Un consejo. Si estás escribiendo un libro te recomiendo que, si trabajas (esa es otra), no lo dejes por si acaso.

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