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Olite

Por Juan Iribas 12 Enero, 2018 - 8:28

De vez en cuando me gusta visitar Olite y, como anteayer me lo pedía el cuerpo, me acerqué. No voy a hablar de su castillo, de sus rúas estrechas, de sus bodegas.

Castillo de Olite. ARCHIVO
Castillo de Olite. ARCHIVO

De vez en cuando me gusta visitar Olite y, como anteayer me lo pedía el cuerpo, me acerqué. No voy a hablar de su castillo, de sus rúas estrechas, de sus bodegas.

A eso de las siete de la tarde aparqué mi Clio en la parte trasera del (también llamado) Palacio Real; anduve con calma, mirando y admirando; de repente, como si de un gato negro traicionero se tratara, un tipo alto y flaco salió de entre dos coches. Casi me mata del susto. “Me voy al bar a por tabaco”, dijo (o quizá me dijo). Tras superar aquella imprevista prueba de estrés, seguí paseando, resoplando.

Hasta aquí, todo (más o menos) normal.

Ayer me metí en el sobre cansado tras un día cañero; además, por culpa de unos pimientos, mi estómago exigía una dosis de atención. Me dormí. Me desvelé. Bebí agua. Me dormí. En mitad del sueño mi mente quiso que aquel tipo alto y flaco saliera de nuevo de entre dos coches. Esta vez no iba a comprar cigarros ni pronunció palabra alguna. Tan solo me rajó de arriba abajo.

Hoy, que tengo día de vacación, me ha pedido un buen amigo que le acerque a Olite a hacer no sé qué recado. Yo, con el susto en el cuerpo y la nariz de Pinocho, le he dicho: “Me pillas liadísimo, imposible”.

Ideación de Olite

¿Por qué lo que uno vive es capaz de convertirlo (y adaptarlo) en sueño?

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