Del federalismo al plurinacionalismo (I)

Hace cuatro años el PSOE se decantó por una organización territorial basada en un Estado federal. El partido en su último Congreso de junio ha hecho suyo el plurinacionalismo de Sánchez. Este primer artículo hace un breve repaso histórico de la organización territorial de las dos republicas españolas, cada una con un modelo diferente. 

Mapa de la organización territorial federal de la I República con 13 Estados peninsulares, 2 insulares y 2 ultramarinos: Puerto Rico y Cuba.
Mapa de la organización territorial federal de la I República con 13 Estados peninsulares, 2 insulares y 2 ultramarinos: Puerto Rico y Cuba.

EL FEDERALISMO DE LA I REPÚBLICA

Históricamente no todo el republicanismo español ha sido federalista, ahora bien todos los partidarios del Estado federal han sido republicanos y sus aspiraciones han sido inexorablemente abocadas al fracaso. Republicanos de tendencia federalista acudieron en 1869 a las primeras elecciones por sufragio universal, que perdieron ampliamente frente a los monárquicos. Con la renuncia de Amadeo I en febrero de 1873, se proclamó la I República, designando como primer presidente del Poder Ejecutivo al federalista Figueras (Estanislao).

Cuatro meses más tarde, en junio, las nuevas Cortes constituyentes proclamaron la República Federal. Figueras atemorizado, sin despedirse, huyó a Francia, siendo sustituido por el ideólogo federalista Pi i Margall (Fransesc), cuyo principio federal comenzaba: « ¿Sabéis lo que es la federación? La solución del gran problema político del siglo… Si la nación es autónoma, fuerza es que lo sean todas las colectividades sociales, todas las agrupaciones naturales: es decir, el municipio y la provincia.»

La polémica se planteó entre federar “top-down” de manera que los organismos centrales de la Federación condicionasen la configuración territorial y de los Estados; o bien, “down-top” para que los Estados restringiesen el proceso de alcanzar un “Estado de Estados”. Siendo esta opción la más genuina del federalismo, no aceptada por la mayoría, era fervientemente apoyada por el sector más radical, los “intransigentes”, que a modo de protesta abandonaron las Cortes. En virtud a este modelo, el 12 de julio se sublevó el primer cantón, Cartagena que fue el más virulento al apoderarse del arsenal militar y formar un ejército.

En el fragor del conflicto cartagenero, en el Congreso de los Diputados se acusó a Pi i Margall de contemporizar, e incluso de complicidad con la rebelión cantonalista, abrumado por la situación tuvo que dimitir el 18 de julio; había presidido el ejecutivo poco más de un mes. La renuncia de Pi lejos de resolver el conflicto lo recrudeció: al día siguiente se sublevaron Almansa, Cádiz, Sevilla y Torrevieja; el 20, Castellón y Granada; el 21, Málaga; el 22, Algeciras, Alicante, Andújar, Bailén, Salamanca, Valencia y Tarifa, etc… El Ejército fue sofocando todos los cantones sublevados, el que más perduró fue el de Cartagena. El conflicto cantonalista se sumó a las dos guerras heredadas de la monarquía saboyana: la Tercera Guerra Carlista y la de Cuba.

La I República redactó una Constitución federal –inspirada en la de EE UU con 13 Estados peninsulares, 2 insulares y 2 ultramarinos- que no llegó a ser aprobada, porque un sector de los diputados consideró que el federalismo acabaría con la unidad nacional. En aquella Federación se barajaron tres opciones de inclusión de Navarra en otros Estados: Castilla la Vieja, Aragón o Vascongadas. Esta última era la elección de Castelar, pero nadie piense que esta decisión fue fruto de reivindicaciones vasquistas; éstas no existían en 1873, aquel año el padre del nacionalismo vasco, Arana (Sabino), tenía 8 años y tanto él como toda su familia profesaban el carlismo apasionadamente.

La Diputación Foral de Navarra conforme al dictamen de su secretario Baztán, basado en su singularidad y en sus Fueros, tomó la decisión que resume el siguiente cablegrama enviado a Madrid: «En sesión extraordinaria de hoy 19 de junio a la que han concurrido varios particulares de las Merindades residentes aquí, ha quedado por unanimidad acordada la opinión de que conviene que Navarra constituya por si sola un Estado federal, salvando en todo caso su autonomía foral dentro de la Unidad Constitucional, como hasta el presente.» Unos días más tarde, Olave (Serafín) defendió en el Congreso los intereses navarros dando lectura al telegrama de la Diputación. Finalmente, en julio se publicó el proyecto constitucional, con Navarra como un Estado de la Federación.

La I República sucumbió con el golpe de Estado del general Pavía en enero de 1874; en sus 11 meses de existencia, se sucedieron 4 presidentes del poder Ejecutivo, no llegó a elegir un presidente de la República (al no aprobarse la Constitución), y se ensayaron 5 modalidades de gobierno que a veces se yuxtapusieron: indefinida, federal, social, cantonal y del orden.

LA II REPÚBLICA RECHAZÓ EL FEDERALISMO

Los federalistas invernaron conservando el espíritu de 1873 en círculos y casinos a la espera de tiempos más propicios. La ocasión se presentó con la proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931, y el primer intento federalista lo materializó Macià (Fransec) –fundador de la ERC- instituyendo «Cataluña -según describe Maura (Miguel)- como un “Estat Integrant de la Federació Ibèrica”, dando por sentado, de buenas a primeras, que la República iba a ser federal, y que uno de los Estados de esa supuesta federación era ya Cataluña.» Tres ministros del recién Gobierno provisional tuvieron que desplazarse presurosamente a Barcelona para apaciguar la proclama de Macià.

Al albur de lo sucedido en Cataluña se produjo el segundo intento federalista, éste protagonizado por Aguirre (José Antonio) alcalde de Guecho, él mismo lo describe: «En una breve sesión quedó proclamada la República vasca vinculada en federación con la República española, y se acordó invitar a otros Ayuntamientos para que con idéntica proclamación lograran la unión de todos…» Tres días más tarde, una representación de apoderados de municipios vizcaínos, reunidos en Guernica, pidió la proclamación de la República Vasca, con al menos Vizcaya, e invitó a sumarse a: Álava, Guipúzcoa y Navarra.

Al margen de la presión nacionalista, los republicanos fueron fieles al Pacto de San Sebastián, respetando el acuerdo al que habían llegado con los catalanes en el verano de 1930; dado que el Partido Federal Español no envió representante, nada se habló allí de federalismo, por lo que no se sintieron obligados a constituir un Estado federal.

Efectivamente, la Comisión encargada de la redacción de la Constitución en las Cortes Constituyentes de 1931, de mayoría socialista, deliberadamente impidió el desarrollo de un modelo territorial federalista; permitiendo, tras arduos debates, las autonomías regionales. Así lo constató su presidente, el socialista Jiménez de Asúa (Luis), en la presentación del proyecto constitucional, el 27 de agosto de 1931, en el Congreso, al comparar con otros modelos federales, mantuvo que en estos casos se trataban de unir entidades antes separadas (federalismo por asociación); este modelo no era de aplicación a España, pues se trataba de un federalismo por disociación cuyas entidades habían formado parte de un Estado.

Lo argumentó con estas palabras: «El sistema que propugnó Pi y Margall, hoy no podría realizarseSomos nosotros, los socialistas, no un partido político, sino una civilización, y precisamente eso es lo que nos ha hecho pensar en el Estado integral y no en el Estado federal; y por lo mismo que somos una civilización no podemos desconocer que las regiones tienen derecho a vivir autónomas cuando así lo quieran

Finalmente, el artículo 1º de la Constitución se redactó del siguiente modo: «la República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los municipios y las regiones.» La incorporación del término “integral” quería significar la unidad del territorio nacional, desterrando cualquier atisbo de federalismo.

Tres días antes de la aprobación de este artículo una comitiva de 450 alcaldes vasco-navarros había entregado al presidente del Gobierno provisional, Alcalá Zamora, una copia del Proyecto de Estatuto Vasco-Navarro -el de Estella-. Éste establecía una concepción confederal del Estado Vasco-Navarro que no se supeditaría a la Constitución española, posibilitando concordar directamente con la Santa Sede. El artículo 1º de la Carta Magna convertía aquella ensoñación en inconstitucional.

Un nuevo intento de federalismo se produjo con la Revolución de Octubre de 1934 contra el gobierno central radical-cedista (centro-derecha), el presidente de la Generalidad de Cataluña, Companys (Lluís) -como ya lo hiciera Macià tres años antes- proclamó la República Catalana dentro de la República Federal de España. Apenas 11 horas más tarde, Companys se rindió al Ejército.

(Continuará). 

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