Blog / El espejo de la historia

Navarra 1512: un 'Juego de tronos'

Por Javier Aliaga 07 Enero, 2018 - 10:38

La apasionante historia de Navarra que transcurre desde la mitad del siglo XV hasta su conquista e incorporación a la Corona de Castilla, ha sido narrada durante siglos de forma interesada. Es el caso del abertzalismo, que reescribe la historia de lo que en realidad fue: un “juego de tronos”.

El caballero ecuestre de esta escena se atribuye a la reina Catalina de Foix..
El caballero ecuestre de esta escena se atribuye a la reina Catalina de Foix..

En fechas significativas o efemérides de la historia de Navarra, se produce el fenómeno recurrente de rememorar la conquista de Navarra de 1512 para abordarla a conveniencia de las circunstancias. Así, si nos remontamos a 1841, la pérdida de la condición de reino para convertir a Navarra en provincia foral, por mor de la Ley Paccionada, despertó el interés de los foralistas liberales. Entre ellos, Yanguas y Miranda, que había vivido de primera mano la transición de reino a provincia, prologó dos años más tarde una edición de “La conquista del reino de Navarra” de Luis Correa –escrita en 1513-; el tudelano hace un repaso histórico y expone una serie de reflexiones.

De éstas, destaco dos. La primera, totalmente vigente: «…la conquista del reino de Navarra ha dado larga materia a los historiadores y publicistas naturales y extranjeros, exagerando unos las razones de Fernando y otros su ambición y su injusticia». La segunda, lleva el resultado de la conquista a un terreno práctico: «Las relaciones políticas de los navarros se han limitado a la persona del rey de los castellanos, como rey también de los primeros, porque no hicieron más que cambiar de dinastía cuando se sometieron al rey Católico. Ni los monarcas castellanos podían disponer de la corona de Navarra sino según su fuero, con voluntad y consentimiento de sus Cortes».

Posteriormente, en 1893, el intento del ministro de Hacienda, Gamazo, de equiparar Navarra con el resto de provincias, en flagrante contrafuero a la Ley de 1841, provocó la respuesta fuerista y la manifestación de la Gamazada. Aquel año, el historiador francés Prosper Boissonnade publicó en Paris la “Histoire de la réunion de la Navarre à la Castille : essai sur les relations des princes de Foix-Albret avec la France et l'Espagne (1479-1521)”. El prestigio de esta obra entre los historiadores es incuestionable: para M. Puy Huici «Es el primer estudioso en profundidad de la Conquista», «un investigador moderno […] honrado y ecuánime»; según Sánchez-Prieto es el «gran referente».

Su profusa tesis doctoral abarca aquella controvertida época del reino de Navarra. En cualquier caso, si alguien no quiere bucear en sus 763 páginas, es muy recomendable leer, al menos, el apartado “Conclusión”, del que extraigo: «La desaparición del pequeño reino pirenaico, que en otros tiempos había tenido sus días de grandeza, era el resultado casi inevitable de los cambios que se produjeron en Europa a comienzos de los tiempos modernos». «La formación de la monarquía española y el conflicto secular que se estableció entre ella y la monarquía francesa supuso, fatalmente, la desaparición de la independencia de Navarra».

Ciertamente, la neutralidad no era posible, a los Foix poseedores de dominios dependientes de la corona francesa, se les planteó la siguiente disyuntiva: aliarse con Castilla, arriesgando sus territorios franceses; o bien, aliarse con el rey francés, arriesgando Navarra, que es lo que ocurrió y la consecuente pérdida del trono. «Pero, para su desgracia –escribe Boissonnade-, en 1479 el estado navarro se convirtió en herencia de una dinastía francesa, la de Foix, que no tardó en unirse a la casa de Albret (1484)». Seguidamente, Boissonnade esboza la raíz del problema: «Desde entonces, España se vio obligada a preocuparse sin cesar del reino vecino y a impedir que los príncipes entregasen a Francia el acceso al Pirineo».

El investigador, aún siendo francés no se dejó llevar por sentimientos patrióticos, finaliza con la misma reflexión que había hecho Yanguas: «Los fueros fueron respetados y las facciones no pidieron nada más. La comunidad de raza, lengua, costumbres e intereses, facilitó asimismo la anexión: la victoria de los españoles no era, así, la de una nación sobre otra. No tuvo otro resultado que la expulsión de unos príncipes más franceses que españoles, pero en Navarra no había cambiado nada. Nada, excepto una dinastía.»

Ya en el siglo XX, el tema resurge en 1921, a resultas del cuarto centenario de la batalla de Noain y el monumento erigido a los defensores del castillo de Maya (Amayur). Aquel año, el tradicionalista Pradera dio una conferencia en el Centro Católico de Pamplona “Por Navarra, para España”, calificando a los agramonteses, defensores de Maya, de traidores a Navarra. Las réplicas no se dejaron esperar, entre ellas, las de Aranzadi (Manuel) y Baleztena (Joaquín).

En realidad, la polémica se había iniciado con Campión, que en “Nabarra en su vida histórica” había afirmado que Fernando el Católico hizo un uso falso de las bulas de excomunión de los reyes navarros -cuya existencia ya había sido demostrada por Boissonnade-, denominándolo “Fernando el Falsario”. El carlista, en defensa de la conquista del Católico, había atacado al euskaro calificándolo de seudohistoriador; en su posterior obra “Fernando el Católico y los falsarios de la historia” tildó de falsarios al grupo de euskaros.

En efecto, éstos (Iturralde, Campión, Olóriz…) que habían escrito sobre la historia de Navarra, obstinados en encajar en ella el concepto de Euskal-Herria, se posicionaron en contra de la conquista y en defensa de la legitimidad de los reyes Catalina de Foix y Juan Albret. Al respecto de ellos, la historiadora Huici escribió en 1993: «Son mucho más políticos que historiadores […] aficionados a la Historia, y partiendo de su amor a Navarra y a los fueros, politizados e intuitivos, condenaron la conquista a ultranza, pero en modo alguno con bases sólidas y ciertas […] Arturo Campión fue un auténtico valor literario y lingüístico. Pero no es un historiador».

Nuevamente, en el siglo XXI, con la vista puesta en la conmemoración del V centenario de la conquista, el asunto renace con inusitada fuerza, apoyado por: congresos, exposiciones y una eclosión bibliográfica. Ocasión que el mundo abertzale aprovecha para lanzar una ofensiva mediática de una historia desfigurada; parten del legado de Campión, que no era independentista, para acabar anhelando la independencia perdida del reino pirenaico.

Aunque Correa tituló su obra con el término “conquista”, según autores, es una exageración; téngase en cuenta dos aspectos: por un lado, el autor no era un historiador; y por otro, la crónica fue un encargo de Gutiérrez Padilla, razón por la cual utilizó un tono épico. Sin embargo, el abertzalismo tergiversa el vocablo para llevarlo al extremo de que la conquista se llevó a “sangre y fuego”. Lo cual contrasta con lo descrito por Floristán: «En la primera invasión, en el verano de 1512, apenas hubo hechos de armas. Los conquistadores utilizaron preferentemente recursos políticos para imponer su autoridad, en buena medida porque su superioridad militar era abrumadora».

Esta diversidad de opiniones ha dado lugar a una batalla semántica para la denominación de aquellos acontecimientos entre: conquista, guerra, ocupación, invasión, anexión, incorporación, etc. Con todo, no encuentro motivos para no utilizar el vocablo “conquista” que lo asumen la mayoría de los historiadores; entre ellos, los dos del siglo XIX citados, Yanguas y Boissonnade. Se llame como se llame, me quedo con las conclusiones de éstos. El concienzudo francés consideró el «resultado casi inevitable», llegando a lo mismo que Yanguas había escrito medio siglo antes: nada cambió para los navarros de a pie, «Nada, excepto una dinastía». Fue, ni más, ni menos, que un “juego de tronos”.

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