La pertinaz sequía

La desertificación en la península avanza, vivimos la peor sequía desde 1995 con los pantanos al 37% de su capacidad. Esta aridez hídrica coexiste con otra de tipo político.

A la izquierda, la actividad fotosintética en 2014; a la derecha la actual (AEMET).
A la izquierda, la actividad fotosintética en 2014; a la derecha la actual (AEMET).

Hace unos días la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) distribuyó dos fotos, captadas por el Meteosat, en las que podemos comparar la actividad fotosintética de la península Ibérica con tres años de diferencia entre 2014 y 2017. Observamos que España se tiñe de marrón, estando los pantanos al 37% de su capacidad: vivimos la peor sequía desde 1995. De esta situación, todos conocemos las consecuencias agrícolas, medioambientales y en la salud de los seres vivos; otro efecto menos divulgado es que la producción de energía eléctrica ha caído en un 52%, y por tanto, el recibo de los hogares subirá.

Como explicación científica a esta anormalidad meteorológica, escuché en la radio que un anticiclón se ha salido de su trayectoria habitual, posicionándose caprichosamente e impidiendo la entrada de borrascas procedentes del Atlántico. La docta explicación del meteorólogo acabó por perpetrar el imprudente error de calificar a la sequía de “pertinaz”. Sólo un joven indocumentado podría cometer tal infamia histórica; porque una sequía puede ser: recurrente, severa, persistente, tenaz, brutal,… cualquier calificativo. Pero jamás de los jamases: pertinaz, ya que nos retrotrae a la España más sórdida del franquismo.

El dictador utilizaba frecuentemente las cantinelas “la espada flamígera”, “la pertinaz sequía” y “el complot judeomasónico” como parte del discurso propagandístico para resaltar las plagas bíblicas que acechaban a los españoles de la postguerra, enfatizando el buen hacer del régimen. Transcribo una parodia de imitadores de Franco que hacían en privado –a nadie se le ocurría hacerlo en público- : «Y al final hemos podido comprobar, sin lugar a dudas, que la pertinaz sequía es una maniobra del complot judeomasónico internacional y de los enemigos de Dios y de España pagada con el oro de Moscú.»

Ciertamente, en plena autarquía, con una situación económica desesperada, España vivió una cruel sequía –que según de la Cierva-: «No era un tópico ni, menos aún, una excusa; jamás en los treinta años anteriores y posteriores se abatió sobre España una plaga semejante». Paul Preston describe que la situación provocó: «graves restricciones eléctricas que afectaban a la producción industrial. Las previsiones de la cosecha de trigo iban reduciéndose aceleradamente. La ración de pan descendió a 150 gramos por día» «La sequía duraría hasta 1956, con lluvias que iban de un tercio a la mitad del porcentaje histórico»

Actualmente cohabitamos con otra sequía, tan perniciosa e inquietante como la hídrica, cuyas consecuencias sufrimos en el día a día: es la penuria de políticos. Sin embargo, el problema no es que éstos escaseen, muy por el contrario, para nuestra desgracia, hay demasiados: de ellos, gracias a Dios, unos son nulos; del resto activo hay un buen porcentaje, muy peligroso, cuyas acciones son negativas o contraproducentes.

Si para medir la sequía utilizamos el nivel de agua de los embalses, la de políticos podemos estimarla con el nivel de debate e inteligencia en el Congreso de los Diputados; porque la zafiedad, la vulgaridad, la bronca y el “tú más” se han instaurado en estas dos legislaturas. Un parlamento es el centro neurálgico de la democracia donde la oratoria debe prevalecer sobre otro tipo de manifestaciones; pero lo que viene sucediendo en la Carrera de San Jerónimo, está lejos de denominarse debate o juego parlamentario.

La ciudadanía ha concedido a sus señorías un escaño para hacer uso de la palabra y manifestar su opinión; no tiene sentido mostrar: camisetas, carteles, banderas, niños, esposas o impresoras. ¿Ésta es la pobre aportación del nuevo reemplazo de políticos que anhelaban sustituir a la antigua casta política? Cuesta creer que muchos sean politólogos de carrera, porque hasta ahora sólo han demostrado ser indiscutibles profesionales de la demagogia.

Podría esgrimir muchos ejemplos de la sequedad de políticos y de su obstinada actitud, pero me quedo con el atolladero que nos metieron al ser incapaces de formar gobierno durante 300 días, finalmente resuelto: en parte, por los ciudadanos que acudimos nuevamente a las urnas; y en parte, a costa del cisma del partido socialista. Si este artículo hubiese sido escrito hace unos días, habría puesto de ejemplo los pactos de gobierno en Alemania; no obstante, todo parece indicar que en la vieja Europa los males se contagian y los alemanes tendrán que pasar por las urnas. Para políticos extraordinariamente negativos, los que han gobernado Cataluña, presuntos delincuentes en prisión provisional, mejor no hablar de ellos al estar el caso sub judice.

El mapa político navarro tampoco escapa a la aridez general, al frente de la Comunidad Foral, su Ejecutivo, se ha revelado como el antigobierno de los navarros, capaz de cometer todo tipo de desmanes: contra la identidad de Navarra y el sentir mayoritario de los navarros, contra el progreso, contra el sentido común y contra toda lógica.

Muchos navarros se preguntan si el partido de la oposición, con la mayoría de votos, está poniendo toda la carne en el asador para impedir tales fechorías; otros condescendientemente dicen que los regionalistas se han creído lo de Benjamin Disraeli: «Ningún gobierno puede mantenerse sólido mucho tiempo sin una oposición temible».

A los 42 años de la muerte de Franco me permito recordar una de sus anécdotas más difundidas. De todos es sabido que el dictador con mano de hierro, no dejó títere con cabeza y que provocó un desierto político hasta el final de sus días; ello, no le impidió decir en cierta ocasión, sin ningún rubor y sumo cinismo: «Usted haga como yo y no se meta en política». Consejo que podría servir a muchos de nuestros políticos actuales.

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