Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Una semana en el desierto

Nada mejor que la nada, precisamente, para depurar el exceso de estímulos y vivencias.

Un hombre descansa en un desierto. FOTO: Jeremy Bishop. Unsplash.
Un hombre descansa en un desierto. FOTO: Jeremy Bishop. Unsplash.

Después de aquella locura fascinante que fueron los Encuentros de Pamplona de 1972, José Luis Alexanco y Luis de Pablo, organizadores de la cosa, se largaron al desierto de Túnez. Después de meses de caos, compromisos, reuniones y esa semana en que había que lidiar no sólo con la programación cultural, los egos de artistas como Chillida u Oteiza, y otras celebridades como John Cage o Steve Reich, sino con un hervidero político y social de narices, qué mejor que el jodido desierto para desconectar.

Los Sanfermines tienen algo de eso. Este año fui para 24 horas y al final fueron 72. Llegaba ya renqueante, demasiados planes alcohólicos previos, demasiada agenda patrocinada por Spritz Aperol y bourbon Four Roses, con el esponsor de Mahou Cinco Estrellas y Finca Resalso, por poner un vino, y mira que no me pagan por hacer publicidad (propuestas aquí: eduardolaporte@gmail.com).

Se da al final de la primavera una eclosión de lo dionisiaco tal, que llegas a mediados de julio exhausto y con las transaminasas pidiendo un referéndum urgente por la independencia de tu organismo. Es entonces cuando te gustaría, como a los miembros del grupo Alea, largarte al menos una semana al desierto. Porque has tenido guerra y ahora necesitas paz. Vaciarte, arreglarte, desintoxicarte. Volver a La vida simple, como el libro de Sylvain Tesson que vendió cienmiles de ejemplares contando su escapada a una cabaña a orillas del lago Baikal, en plena Siberia. Tenía lecturas pendientes, decía.

Se cumple no sé qué aniversario sobre Thoreau, ese hombre al que todos citan y cuyo Walden, que compré en la librería homónima de Pamplona, nadie ha leído y yo tampoco, más allá de las primeras páginas. Un tanto denso de más, no como el citado La vida simple, muy recomendable y subrayable, con frases como «el lujo del ermitaño es la belleza». Y esta otra, aunque es de Rousseau: «Reducido a mí solo, me alimento, es cierto, de mi propia sustancia, pero esa sustancia no se agota…».

Tesson vivió de febrero a julio de 2010 en la cabaña y su predecesor, Thoreau, un par de años a orillas del lago Walden pero, ojo, no del tirón, ya que de cuando en cuando se echaba unos tragos en la civilización y departía con este y aquel. Cuidado con la sacralización del retiro. Ermitaños puros no hay tantos.

El autor de La vida simple se llevó unos sesenta libros a su retiro gélido, con títulos como Historia de mi vida, de Casanova, Traité de la cabane solitaire, de Antoine Marcel o El pabellón de oro, de Mishima. Y Walden. (Sólo dos mujeres, por cierto, en esa selección de lecturas). A mi retiro desértico yo me llevaría también un buen hatillo de libros y un portátil con WiFi, qué queréis. Uno se retira a vaciarse, pero no a mortificarse. Así lo veo yo, que también incluiría algún bebedizo de poca graduación, nada destilado, para acariciar con más intensidad esas horas de terapéutica soledad, así como Sylvain Tesson se llevó una pedazo de caja de puros Partagás serie 4 y tan a gusto. Buscamos lo virtuoso, pero sin pasarnos.

Yo pensaba irme al desierto tunecino, a un monasterio del que me hablaron en la Sierra de Guadarrama, irme a tomar viento por donde fuera, perderme en la España vacía o yo qué sé, y al final pasé mi travesía del desierto en mi pisito madrileño bajo la lengua de fuego de turno, aquejado por una especie de bronquitis que me ha tenido hasta hoy derrengado en la cama. Habría sido feliz, y lo he sido, pero más, de no haber tenido el cuerpo como molido a palos y una apatía del trece, así que queda pendiente una semana en el desierto en condiciones, para sumergirme en el silencio. Porque el silencio crea adicción, dice Pablo d’Ors en uno de los libros de, precisamente, la trilogía del silencio. El silencio engendra silencio. Y me callo.

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