Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Suprimamos un año los Sanfermines

Como cada año, vuelve el déjà vu sanferminero bajo la discutible fórmula del si algo funciona, por qué cambiarlo.

El ambiente en las calles de Pamplona durante los últimos Sanfermines DANIEL FERNÁNDEZ.
El ambiente en las calles de Pamplona durante los últimos Sanfermines DANIEL FERNÁNDEZ.

Vivo instalado en la posopinión, algo a todas luces incompatible con el ejercicio, aunque sea semanal, de la columna. Las columnas están para opinar, tengas o no tengas opinión. Llegan los Sanfermines. Otra vez. Opinemos.

Opino de pronto que no estaría de más descansar un año de algo. Como hasta hace nada en Canarias, donde las fiestas patronales, romerías antediluvianas, se celebraban sólo cada cinco años por falta de euros para festejos. El carácter festivo de la fiesta no sólo se devalúa cuando esta dura mucho, sino también cuando llega sí o sí, con la tozudez implacable del calendario. Suprimamos un año los Sanfermines, a ver qué pasa.

A mí me sentó bien suprimir, por ejemplo, una Navidad. Por primera vez en mi vida la pasé lejos de mi familia, en Lanzarote, con otra familia que me adoptó para la ocasión. Estuvo bien. Cuando volví a la Navidad de siempre me supo a nueva. Hay que dosificar. Las fiestas, las siestas, las dietas, el amor.

Claro que uno puede dar ese carácter intermitente a la fiesta quedándose o largándose según arte. Desde que vivo en Madrid, mi dosificación sanferminera es de una vez cada tres años. Este año toca, pero en una dosificación testimonial: vivir el 7 de julio en todo su esplendor, con su comida, toros, copeos, cena, fuegos, Gypsy Kings y andada nocturna hasta el encierro, escribir una veloz y sentida crónica para este medio que me acoge y dormirla bajo el sol donostiarra. Una sola jornada puede ser suficiente para vivir los Sanfermines en toda su identidad, como la recreación de una sola jornada le valió a Joyce para escribir un tocho de 700 páginas llamado Ulises.

FÓRMULA ASENTADA

Si reduzco tanto mis visitas supongo que se debe a una cosa llamada, dos puntos, desafección. O cierto cansancio, por acumulación, del ocio etílico. Porque sin el alcohólico elemento sería complicado mantener ese estado de sostenida euforia que impregna a los Sanfermines, así como ese juicio como de vacaciones de la razón cuando vamos a los toros y miramos todos un poco hacia otro lado.

Hace tiempo que decidí dejar en suspenso mi juicio sobre los toros, aunque hay quien lo hace en frío, con serenidad y argumentos razonables y razonados y parece salir al paso aunque, como dijo quizá Sabina, los toros, quizá como la existencia de Dios, es algo que no se puede defender desde la razón. Lo cual no los convierte tampoco en algo exactamente indefendible y ahí está un poco la gracia de todo, lo que rompe la trampa facilona de la hiperlógica, porque el mundo es todo menos lógico, razonamiento este tan arriesgado como peligroso, soy consciente.

Rompamos la lógica. Ahí quizá reside el espíritu de la fiesta, en la aventura. En lo que no está escrito, lo que no se puede predecir. Y por eso nos sigue fascinando el encierro, donde cada mañana se celebra un drama en tres actos con su presentación, Santo Domingo, nudo, Estafeta y desenlace, entrada a la plaza desde el callejón. Si bien los elementos son los mismos: un recorrido, unos toros y unos mozos, la entropía es tal que no hay encierro igual a otro. El resto de la fiesta en cambio la veo circular por caminos trillados.

45 AÑOS DE LOS ENCUENTROS

El único momento álgido que así desde fuera veo en la programación es el citado concierto de los Gipsy Kings. Se lo comenté en persona a una de las responsables de la concejalía de Cultura, Maitena Muruzabal, y me explicó que los grupos que han traído son buenos, sólo que no tienen el tirón mediático de otros. Y que los programadores tampoco ofrecían mucha cosa.

No debe de ser fácil lidiar con la contratación de músicos en esta era de los festivales mil. Y vale pasta. Pero unos Sanfermines sin una actuación memorable recuerda demasiado a una verbena de ciudad de tercera o, en el mejor de los casos, a un festival alternativo sin pena ni gloria. Ya se trajo a Chuck Berry y a Celia Cruz, pues traigamos a Arcade Fire, a los Fleet Foxes, a Bob Dylan, a Mark Knopfler, a alt-J, a Franco Battiato, a los Planetas, a Julio Iglesias, a Andrea Motis, a Andrés Calamaro, a Dominique A, a Sabina, a Aznavour, a Neil Young, a Raphael, a Madonna, a los Rolling Stones, a Ludovico Einaudi.

Tal día como hoy, se cumplían 45 años y dos días de la clausura de esa locura de arte efímero y música de vanguardia que fueron los Encuentros de Pamplona de 1972, efeméride inmortalizada en este libro ad hoc. Tan sólo hubo una edición, pero su espíritu sigue vivo en el recuerdo de muchos, lo vivieran o no. Hubo organizadores, José Luis Alexanco y Luis de Pablos que, lograron, con las no pocas dificultades, que aquellos días fueran una sorpresa constante.

Quizá eso es lo que le falte a nuestros Sanfermines. Una invitación a lo impredecible. ¿Y eso se consigue a través de una organización más dirigida? Con más contenidos, conciertos de Steve Reich en el Anaitasuna, fusionando el espíritu de los Encuentros, cuya repetición es imposible —y seguramente mala idea— con el de San Fermín. ¿No se rompería así el carácter espontáneo de las fiestas? Con la opinión hemos dado, amigo Sancho. ¿La mía? Pues eso, que hay que inventarse algo porque suena todo a visto, a vivido. A déjà vu. Y déjà bu.

PS: Me temo que la perfomance será de banderas. A San Fermín pedimos tengamos la fiesta en peace and love

  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.