Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Progresistas sin progreso

Los gurús más lúcidos proponen acabar con los populismos, las religiones y las fronteras pero no ofrecen una alternativa concreta a las necesidades profundas del ser humano

Un absurdo invento del progreso. OLD PICTURE ARCHIVE
Un absurdo invento del progreso. OLD PICTURE ARCHIVE

Leo en el periódico de la competencia una entrevista a Steven Pinker, una de esas pocas personas capaces de convertir su apellido en una marca: lo barojiano, lo picassiano, lo pinkeriano. ¿Quiénes son los pinkerianos, le pregunta la entrevistadora? «Pues unas personas que suscriben alguna de mis ideas». Pero hay algo más: un deseo de tener un referente, alguien a quien seguir.

La entrevista se corona con un titular de relumbrón, aunque no sabemos bien qué significa en concreto: «Los progresistas detestan el progreso». ¿Qué es el progreso? Pinker lo define por negación, como todo aquello que es frenado por, dos puntos, «el nacionalismo, el populismo, la religión, la hostilidad de los intelectuales hacia las ciencias... Y amenazas existenciales, como el terrorismo».

Me gusta cuando pone en solfa la igualdad. ¿Estaríamos dispuestos a aceptar igualdad pero a costa de que todos perdieran? Quizá en determinados países de África haya igualdad. Igualdad de pobreza, como las que han traído las guerras. ¿Y el progreso? Pinker se define como enamorado de esos principios de Ilustración, «el progreso y la razón», pero tampoco, al menos en esta entrevista, dice para qué le sirve el progreso o qué hacer con él, aparte de traer más prosperidad y menos guerras.

Pero hay que estar mal de la cabeza para negar lo que nos ha traído el progreso. ¿Qué nos han traído los romanos, aparte de los acueductos, las calzadas, el derecho y la agricultura?

El progreso nos ha traído todo lo que nos rodea: el teclado con el que cubro mi folio de tinta digital, el dispositivo por el que lees este artículo, el radiador que te calienta en la mañana ya húmeda de octubre. Pero el progreso no ha traído ideas ni valores. La felicidad. El amor. Trabaja con todo ello, pero no lo inventa. Recupera esos valores, si eso, como los diarios digitales han recuperado la pluralidad informativa y constante que había antes de la guerra civil española, con tantas cabeceras como ideologías, que eran muchas y concretas hasta polarizarse en dos bandos.

De no ser por internet, y esto es especulación pura y dura, habríamos seguido la senda dionisíaca y tontoide de los noventa. Ahora somos igual de tontos pero estamos informados. Y la información es poder y el poder es conflicto.

¿QUÉ ES EL PROGRESO?

Jugando a gurú, podríamos decir que todo lo que no es progreso es involución. El progreso tecnológico es fácilmente reconocible: nadie quiere hoy renunciar al AVE ni a sus teléfonos móviles en España. ¿Pero y el progreso humano, social? Leo las últimas noticias sobre la cuestión catalana y no veo un deseo de progreso en las aspiraciones de sus responsables. Quizá un deseo ulterior de progreso: cuando yo gobierne, progresaré adecuadamente y a mi aire.

Y entonces tendremos una sociedad plena y realizada. Progresaremos como nación unida, ágil, sin los lastres del pasado, y a la vez desarrollaremos nuevos instrumentos para tener más felicidad. La república de las sonrisas. ¿Es necesario llevar al abismo a tu comunidad para lograr esa apuesta por el progreso? ¿Y las ideas de progreso de los partidos que probablemente gobernarían esa nueva república casarían con las de otros partidos más radicales? Toda utopía nace sin tener en cuenta la disidencia, la posibilidad de disidencia.

Toda utopía descubre un día la disidencia y opta por cargársela como la mala hierba por la supervivencia de la utopía, hasta que la utopía se convierte en una carnicería totalitaria. ¿Casarían las creencias católicas de Oriol Junqueras, habitual de las procesiones de Semana Santa en territorio catalán, con el modelo social que propugna la CUP, en el que se propone la colectivización de la propiedad privada y la nacionalización de las empresas?

¿Qué es el progreso? ¿Las Torres Espacio son el progreso? ¿La economía más liberalizada que expulsa de Ibiza a las clases medias es el progreso? ¿Si abolimos las religiones, qué hacemos con nuestro sentimiento de trascendencia? ¿Vivir en 20 metros cuadrados lejos de tu familia y tus raíces es progreso o involución? ¿La vuelta a la tribu es el progreso?

POMPEYA O UN TROZO DE LUZ

Porque cuando se le echaron encima a Anna Gabriel, de la CUP, por proponer un modelo social en que la tribu eduque a los hijos, tenidos en grupo, entendí las críticas. Pero mi yo más extremadamente empático se preguntó: ¿y si ese fuera el progreso?

Desde hace un par de meses vivo en una casa, compartida, con terraza. Pago por ello. En 2017, disfrutar de un trozo de cielo en una gran ciudad, tocar esa naturaleza de la que venimos, es un lujo del que disfruta un 2%, dato inventado, de la población madrileña.

El progreso quizá estaba en Le Corbusier y la Unité d’habitation de Marsella: en los pisos con luz, con patios para dormir en ellos en verano, con viviendas accesibles. Hoy hay que pagar dinerales para vivir en un centro cada vez más expandido, la centrificación, donde los lazos humanos son cada vez más difíciles; eso en el escaso tiempo en que uno no está generando euros para pagar esos ridículos metros cuadrados sin sol.

Este verano visité Pompeya y envidié ese trazado arquitectónico de hace dos mil años. Ese urbanismo humano, de puertas afuera, hecho a la medida del hombre.

Se celebra cada año el World Mobile Congress, hay apps para tomarte la tensión y lo que tú digas. Pero el progreso, el de verdad, se nos escapa de las manos. Moriremos de alguna enfermedad rara generada por ese falso progreso de leches adulteradas y cereales tóxicos y mientras, los cerebros en teoría mejor preparados nos llevaran de nuevo a las tinieblas con su rechazo —y quizá Pinker tenía razón— al progreso. Será otra generación la que se ocupe de él. Quién fuera ellos. Quién habrá nacido en ese momento en que la zanahoria no se le escape al burro.  

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