Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Morir

El director Fernando Franco vuelve a tocar temas de calado con delicadeza, en un retrato sencillo y por tanto hondo del preduelo.

Marián Álvarez, en un fotograma de la película 'Morir'.
Marián Álvarez, en un fotograma de la película 'Morir'.

Quizá haya algo más duro que el duelo: el preduelo. Ese moroso ir asumiendo que vendrá el duelo. Así como el presagio del verano es mejor que el verano mismo, el presagio de la muerte del ser querido tiene tela. Por eso sobreviene cierto alivio inconfesable en los primeros compases del adiós.

También porque se da entonces una curiosa, intensa, íntima conexión con quien ya no está. Pasa también con el duelo sentimental: tras la ruptura se está más cerca que nunca de la que persona a la que no abrazarás más.

Son las resonancias mórficas, ese campo de unión con otra persona que se da en el terreno de lo no físico y que incluso parece posible con quienes no están ya en el terreno de los vivos. Será un mecanismo de compensación o lo que tú quieras, pero se nota. Por eso, uno quiere que el tiempo pasa, ese tiempo que todo lo cura, pero también que se detenga. Porque olvidar es también matar un poco.

‘Morir’, con comillas ahora, es una peli de Fernando Franco, adaptación de la novela de Arthur Schnitzler, publicada en Acantilado, otra de esas cuidadas editoriales españolas de cuyo valor no somos conscientes.

‘Morir’, la película, que es lo que he visto, cuenta el proceso de agonía de Luis, un músico aún joven cuando le asaltan unos «resultados negativos». Y cuenta también cómo vive su pareja, Marta, ese camino a ninguna parte que es toda sentencia de muerte.

Añade, muy sutilmente, otro elemento, que es el de los celos, la paranoia del enfermo que ve que cómo poco a poco es más despojo, menos hombre, menos amante, más muerto que vivo. No es ya irte al otro barrio, sino irte también del corazón de tu amor. Asumir que morirás físicamente y un día no muy lejano, eso que decíamos del olvido, serás suplantado. ¿Y si se hubiera puesto ya manos a la obra? «¿Dónde estabas?». «En el jardín, hablando por teléfono». «¿Con quién?». «Con mi madre».

Todas las muertes son iguales

Viendo ‘Morir’, en un domingo por la noche, última sesión, otoño, solo, ojo, me pregunté si todas las agonías fueron parecidas. Encontré semejanzas con mi libro más crepuscular, y reviví algunos pasajes vitales, redimensionados, pienso ahora, con la literatura.

No es falta de originalidad, sino simplemente eso que algunos llaman pomposamente la condición humana. Que se repitan patrones no invalida el valor de esas reacciones, ni las hacen menos conmovedoras. Como el empeño de Luis, famélico, más muerto que vivo, en llevar el coche él mismo. Ese reivindicarse como sujeto aún anclado a la vida, capaz, válido. Y Marta que piensa en qué gratuita forma de morir ahora, en accidente de un coche conducido por un canceroso terminal. Pero qué mal no fiarse de él, negarle el privilegio de sentirse, quizá por última vez, vivo. Digno.

Y ese momento en que Luis se salta el STOP, o no mira, y el peligro es real. Y Marta tiene que reñir, reñir a un moribundo, a un hombre que es ahora un perro apaleao, cabeza gacha, rabo entre las piernas.

«Perdón…».

Todas las muertes, el proceso hacia ellas, se parecen, pero a la vez, todas son únicas. Como asistente en ese proceso de preduelo que me tocó vivir hace años, no vi el miedo. Vi el dolor.

Y toda la logística contra ese dolor. Vi el tener a raya el dolor y, como recomendó aquel doctor de Barcelona, vi también un intento de vivir con la mejor actitud posible ese último trance. Luis tiene miedo y lo manifiesta. Pero Luis ya no es Luis, y ese es otro logro de la película, ese anticipo de la muerte que sobreviene cuando la conciencia se pudre. Cuando los reflejos mentales se limitan a un diálogo básico y médico, a excepción de voces casi de ultratumba, impredecibles, con la lucidez quizá del loco. Ese el punto de no retorno. Ground control to Major Tom.

CINE PARA MAYORES

Fernando Franco ya me sedujo en ‘La herida’, donde aborda el tema demasiado poco tratado aún de la mujer borderline o con trastorno límite de la personalidad (TLP). Marián Álvarez, protagonista allí y también en ‘Morir’, borda el papel, lo que le valió Goya y Concha de Plata en San Sebastián.

Si bien cae en algunos tics del cine español más criticado, el de buscar lo verosímil (Repartidor de comida china: «Aquí tiene su pedido») y no tanto la voz netamente propia, Franco nos ofrece un cine para adultos donde cuentan las texturas del alma y no tanto la trama, recurso quizá para ludópatas de lo audiovisual.

En el cine para mayores, lo narrativo se echa a un lado para incidir en lo poético; son películas que permanecen en el alma del espectador y que, de algún modo, tienen un elemento religioso, más allá de liturgias, dogmas y catecismos. Un cine, por tanto, en un proceso tan terminal como el del protagonista, aunque sin una metástasis clínicamente diagnosticada aún. Margaritas, me temo, para los cerdos.

  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.