Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Envidia baturra

En la última novela de Sergio del Molino se describe la fascinación de los maños por el mundo borroka.

Imágenes de los incidentes tras la huelga estudiantil en Pamplona en 2016. EFE
Imágenes de los incidentes tras la huelga estudiantil en Pamplona en 2016. EFE

¿De qué tienes envidia? Yo diría de los que tienen envidia de algo, porque cada vez tengo menos envidias. ¿Tenían envidia los zaragozanos de los noventa del entorno abertzale? Quizá envidia sea mucho decir. Sergio del Molino, al que entrevisté por su reciente La memoria de los peces, hablaba más de «atracción». Atracción por el entorno borroka, pero no tanto por ETA en sí como por sus aledaños reivindicativos, que si la Nicaragua sandinista, el pantano de Itoiz, el nuklearrik ez, el boicot a los productos franceses y cualquier otra forma de noísmo que pudiera colar como revolucionaria.

Recuerdo el comentario de un borracho, en los noventa pamplonicas, en el bar Kazuelikas: «Voto a Herri Batasuna porque es el único partido revolucionario que queda». En País Vasco y Navarra había que estar muy pedo para sostener esos comentarios cuando los muertos cercanos, en kilómetros y afectos, convertían las noticias en impertinentes esquelas. En Zaragoza, los ecos de la violencia parecían llegar más mitigados, en una criba de que, por lo que cuenta Sergio, llegaba sólo lo guay, lo antisistema malote. Corridas sin muerte y txoznas sin fotos de etarras. Nadie más pringui que un malote.

Nunca sentí un gran interés por el mundo aragonés. Vivíamos como de espaldas a él. De niños y adolescentes íbamos mucho a San Sebastián, al sudoeste francés, pero nunca a Zaragoza. Aragón era un lugar de paso entre Pamplona y Salou. Un terreno árido con castillos desdentados en la carretera y el famoso toro de los Monegros del que Bigas Luna nos regaló una peli. Sabíamos identificar la cultura vasca, el mundo catalán, íbamos a Biarritz a comprar a un Carrefour que aún no existía en nuestros pagos, pero Zaragoza, ¿qué coño había en Zaragoza (aparte de los adoquines del Pilar que nos regalaba nuestra tía monja)?

Pasábamos de Zaragoza pero ellos sin embargo nos tenían en mente. En locales como el Ifi, leemos en La mirada de los peces, ponían el Sarri Sarri de Kortatu y en un momento dado brotaban los goraetas como para animar el cotarro. Eran locales alternativos a los jevitroncos, los mayoritarios en los barrios de aluvión que describe Del Molino, en una Zaragoza suburbial que parecía impermeable al grunge, indie, punk, los Smashing Pumpkins y otras formas de música algo más sutil. Baturrismo obliga.

BARRICADA, MEJOR QUE HÉROES

Leyendo la parte más autobiográfica de La mirada de los peces, uno siente una especie de antienvidia por no haber nacido en ese San José «bronco y de baldosa rota» o en el barrio de las Delicias donde el autor sufrió «la fealdad» de Zaragoza: «El patio era una colmena. Cientos de ventanas donde gente en calzoncillos y camisetas del mundial del 82 freían pollo y veían teles a un volumen muy alto».

Antienvidia de los que sentían envidia de algo que muchos de nosotros repudiábamos. Quizá era una cuestión de barrios, y los niños pijos no teníamos la mala hostia necesaria no ya para desear una sociedad sin centrales nucleares sino también sin guardiaciviles. O quizá la mala hostia se inoculaba poco a poco. En el documental ‘Echevarriatik Etxeberriara’, hay un momento en que uno de los entrevistados reconoce que todo su universo ideológico está basado en «conversaciones de tasca».

Conversaciones de tasca con menú indigesto las que parecen condenarnos a una ETA sempiterna que, como el pagafantas tolai, no se acaba de ir de la fiesta cuando ni siquiera puede bailar con la más fea porque también se fue hace tiempo.

También se me indigestaron las inmersiones en los ambientes borrokuzos al que los jóvenes de entonces, pijoides incluidos, estábamos abocados. Ese Ongi Etorri de la calle Jarauta con los matxakaos y esa ikurriñaza sobre la Euskal Herria que graciosamente se nos colaba como una realidad ineludible mientras jugábamos al futbolín.

Qué bajón, pensaba, haber nacido aquí y no en Nueva York, Milán, Ciudad del Cabo. Y luego el espectáculo de guerrillita urbana (tampoco daba para tanto) de la kale borroka que añadía un punto más surrealista que épico/bélico. ¿Qué koño les pasa a estos para destrozar todo?

Recuerdo un concierto de Barricada en la Monumental reformada por Moneo en 1966. Ambiente gudari, kalimotxo, arranos beltzas… La txozna más grande jamás imaginada, en el recinto previsto para la fiesta nacional y española, eso sí. A mí se me revolvían las tripas en esos ambientes, no sé si tanto por cuestiones políticas o por lo absolutamente cutre que me parecía todo. Si algo había contrario a mí, era eso. Mis antípodas. Debajo de casa.

El aburrimiento debería de ser muy atroz en la Zaragoza noventera de descampados suburbiales para añorar algo así. «San José, nuestra Txantrea», dice uno de los personajes embelesados por Barricada. Ni rastro de Bunbury y compañía, lo guay era El Drogas que cantaba, precisamente: «Aburrida, vaya generación, ser aburridos es nuestra vocación».

Ahora me apena menos haber nacido en una ciudad como Pamplona. Zaragoza era aún peor.

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