Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Irazoki o la respuesta luminosa

Nuestro hombre en París nos regala una joyita literaria en clave de prosa poética con un fondo de bonhomía raro y valioso en la era del postureo

De Francisco Javier Irazoki sabemos, de entrada, que lo bautizaron con el nombre navarro más universal, porque nació (1954) y vivió en Lesaka. A mediados de los noventa se largó a París, donde hay una estación de metro que lleva su nombre; bueno, el del aquel santo andarín que dijo lo de «Id por todo el mundo».

De Irazoki sabemos también que tiene un apellido que suena a japonés, y que sus amigos le llaman Zoki, porque él es un hombre sin ira. Me tengo por uno de ellos, desde que en el invierno de 2007 me ofreciera su amistad, en un escueto mail parisino que yo recibí con gran contento en mi puesto de trabajo de plumilla hiperlocal en La Mancha. Eran los tiempos de cierta soledad digital en que los náuGrafos de internet nos comunicábamos a través de los blogs, poco antes de la eclosión de las redes sociales. Nunca nos hemos visto en persona, pero nos hemos mantenido leales. Pero porque también hay una lealtad literaria, fruto de la cual nace esta columna abiertamente panegírica.

Yo sé de Irazoki, aunque no lo haya visto con su borsalino en ningún universo común, que es alguien generoso. Literariamente generoso. Lo demuestra en su última obra publicada, ‘Orquesta de desaparecidos’, como siempre en la Hiperión de Jesús Munárriz, urdida sin prisas en el tiempo que va de 2007 a 2014.

Y lo digo porque muchas de sus entradas, relatos cortos sin trama pero con alma, esconden en sus pocos párrafos el embrión de una novela. Pero Irazoki prefiere no derrochar ese material en aventuras narrativas de largo aliento y nos regala esa esencia de literatura en su forma nuclear.

Esto sucede, sin ir más lejos, en ‘Último verano’, una pequeña joya de apenas tres páginas que condensa toda una memoria de duelo. En este escaso, por una hermana que «a pesar de su juventud, poseía intuiciones antiguas».

Y «Como el animal que no se equivoca de espacio y desentierra el alimento sepultado en horas de abundancia, sabía dónde buscarme las palabras». Porque es esa hermana otra respuesta luminosa, la de esa figura que, en un entorno cerrado y opresivo, tirando a tosco, le provee, como el abuelo de los ‘Relatos autobiográficos’ de Bernhard, de literatura y, con ello, de una ventana al mundo: Francisco de Quevedo, James Joyce, Vicente Aleixandre, Octavio Paz. «Me trajo con puntualidad su provisión de inquietudes».

Pero llegó la negrura de ala de cuervo. «Era aún veinteañera cuando la enfermedad le redujo la alegría y el peso». Imposible no emocionarse con las palabras finales de este poeta generoso y sin imposturas: «Cuando pienso en ella, palpo un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo».

En tiempos en que callar o relativizar el horror vivido y sufrido en nuestra doliente patria chica tenía algo de postureo, mezclado con el miedo entre pusilánime y comprensible a que te señalaran y te jodieran la existencia, Irazoki dio la cara. Recuerdo ahora un amplio reportaje en ‘El País’, cuando ETA aún era ETA, con su amigo el escritor Fernando Aramburu, llamando a las cosas por su nombre. Sin las alambiquerías de la razón tras la que se camufla el melifluo, el esnob.

Lo hace en ‘Bandada de tijeras’, cuando evoca cómo, repuesta la democracia, llegaron también las «desmesuras».

«Tachar los letreros viales escritos en español fue una de sus tristezas culturales preferidas. Con palabras borradas cerraron sus mentes».

Y cierra con este mensaje impecable, tan válido para los destinarios a los que va dirigido, como para todo el que se sienta aludido:

«Quien ama un idioma ama todos los idiomas»

Es generoso, Irazoki, cuando dedica entradas a poetas como Eloy Sánchez Rosillo, antítesis del malditismo, de quien admira ese conocimiento que elige la respuesta luminosa. Valga también para nuestro hombre. Y, el a priori de gesto hosco y gruñón, Pablo Antoñana también se cuela por estas páginas. Discrepa Irazoki de que fuera un hombre sin buena suerte. «La tuvo, pero nos la dio».

Hay un tono velado de recuerdo a los que no están, de ahí el título: ‘Orquesta de desaparecidos’. No se me ocurre mejor modo de expresar eso que llamamos duelo, y que algunos, contumaces, nos resistimos a superar del todo, pues el olvido es la verdadera muerte. «Las personas que se alejaron de mí forman la orquesta. Sus muertes o su desamor se han convertido en música». 

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