Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

No cumpliré diez años en Facebook

Así como dejé tabaco un buen día con alegría, descubro más liberación que dependencia al alejarme de la más poderosa de las redes.

Cientos de teléfonos reflejan sus pantallas con el icono de Facebook.
Cientos de teléfonos reflejan sus pantallas con el icono de Facebook.

Leo Babauta, uno de esos guruses con cienmiles de seguidores en Twitter, contaba en ‘Focus’ cómo se deshizo de ciertas herramientas de comunicación en su particular conquista del tiempo. Trabajo, mujer e hijos (tiene cinco o seis) como principal prioridad.

Empezó a decir no a compromisos sociales a los que antaño acudía sobre todo por falta de asertividad. Luego se quitó de las redes sociales (excepto Twitter) y, atención, del correo electrónico. No sé cómo se organizó para hacerlo, quizá con una secretaria a lo Javier Marías, pero lo vivió como un triunfo. Como una victoria frente a las expectativas, frente, en otras palabras, a la adicción.

¿Es adictivo Facebook? Sin duda debe de serlo en el momento que hay millones de usuarios alimentando el monstruito. No me cuesta reconocer que debí de ser uno de esos adictos, a juzgar por la cantidad de horas, esparcidas a lo largo de una jornada, y comentarios, miles y miles de palabras, vertidos para beneficio de Mark Zuckeberg Inc.

Alguien me habló de esa herramienta que venía a ser como un correo electrónico sofisticado y me abrí la cuenta un 27 de noviembre de 2007. Quedé abducido al instante y aquella red de interfaz sencilla y azul cambiaría mi vida. Cambiar la vida es modificarla. El otoño cambia tu vida. Un nuevo amor cambia tu vida. Un nuevo piso cambia tu vida. Facebook cambió mi vida.

¿CÓMO CAMBIÓ MI VIDA?

Convirtiéndose en una plaza pública en la que debatir en pijama, como un aliado fundamental para mis largas sesiones de redactor de novelas fallidas, como una versión mejoradísima y multifunción de los precarios elementos de comunicación digital con los que contábamos en 2007: correo electrónico, Messenger y blogs.

Facebook vino a aunar todo aquello: fue una revolución. Hubo quien lo comparó con Second Life por la capacidad para desarrollar ahí otra vida, crearte poco menos que un personaje, hacer negocios, ligar. Hubo un tiempo, sí, en que se ligaba. Cibertonteo. Luego la cosa pasó a lugar donde se cultivan y apuntalan relaciones surgidas del mundo off-line, pero los nativos facebooqueros no despreciamos esa oportunidad que entonces te brindaba el —odio esta expresión— ‘caralibro’. Salpimentado todo ello con una ventana más o menos abierta al cibersexo, al erotismo 2.0.

Facebook cambió mi vida en cuanto que me permitió un lucimiento en tiempo real que se veía recompensado con una cantidad de likes que saciaban mi ego digital. Lo saciaban y, como toda droga, luego requerían más. Y, como toda droga, la adicción acaba colonizando toda tu vida. Así como hubo un momento en que ‘pensaba en blog’, hubo otra fase, y ha durado casi diez años, en que ‘pensaba en Facebook’. Cualquier ocurrencia, reflexión, duda razonable servía para alimentar al animal creado por ese tío más joven y forrado que nosotros para recibir una exigua recompensa.

¿CON QUÉ NOS PAGABA FACEBOOK?

Parte de la adicción a la red social venía acompañado de un sentimiento más o menos infundado de megalomanía soñadora. Un delirio de grandeza que transcurría en una realidad paralela (o sea, por el carril del autoengaño) y que consistía en que traducir tu buenhacer como community manager propio en éxito, así, en general. Que todo iba de la mano. Pensar, oh, que el mundo de las RRSS tenía algo de terreno en el que lo abonado se recogía en forma de fértil cosecha al final de la primavera.

No caeré, cá, en la arrogancia de denostar ahora —en plan exfumador talibán con los que se suicidan poco a poco con el pitillo— una herramienta que me ha dado grandes ratos, ha mitigado soledades y me ha generado amigos y trabajos.

La jodienda, descubro en mi caída del caballo sanpablesca y tardía, es que todo ello se podía haber conseguido antes y con menos dedicación en el mundo off line de toda la vida. ¿Me arrepiento? Pues no. Las adicciones se recuerdan con paternal cariño, ese hijo díscolo que nos salió, algo hicimos mal, a toro pasado.

Claro que Facebook, esa red social, contribuyó a crear, fortalecer, cohesionar, otra red social, la de los escritores nacidos en los setenta y ochenta, que encontramos ahí un café Gijón adaptado a los tiempos. Sin Facebook no habría conocido a Miguel Ángel Hernández, por citar a uno de los amigos surgidos al calor de la red. Pero, y la duda es nueva, ¿y si la herramienta fuera en realidad un sucedáneo, como es el surimi del cangrejo, de la vida, de formas de sociabilidad menos escurridizas?

Estuvo bien mientras duró. Un salir a faenar y recoger, ahora, lo que te dio. Un plegar las redes de la Red hasta que inventen otra cosa mejor, más ventilado.

LIBERACIÓN

Es una adicción rara la que he tenido con Facebook cuando al apearme de ella —poco antes de mi décimo aniversario como usuario— no siento síndrome de abstinencia sino liberación. Ventanitas de chat impertinentes, exceso de información, mucha mierda y poca perla, sensación de déjà vue, déjà ecouté y, sobre todo, un caudal de gente, humanos tras las pantallas, a la que uno sentía que debía de atender, megustear, escuchar, preguntar. Un sentimiento de Lady Di constante que, si bien uno es de suyo diplomático y bienqueda, le terminó por tocar los webs, sobre todo desde la insignificancia, porque desde el éxito arrollador la sarna con gusto no pica.

Durante un tiempo, consideré que ciertas tertulias en Facebook me hicieron menos dogmático, más dialogante, abrieron mi mente. Luego empecé a pensar que la lectura de ciertas reflexiones me estaban haciendo más gilipollas, más maniqueo, más simplón, como demostraban tantas gilipolleces en caliente que también solté. Y, sí, los excesos de los demás. La cansinez. A la mierda todo ello y qué bien.

Pero, sobre todo, esas resonancias mórficas que seguían su progresión aritmética sin freno: esas miles de mentes trabajando, padeciendo, y cuyos pensamientos piensa uno también casi hasta enloquecer. Todo ese pathos, ese postureo, esa brillantez, vale, pero a todas horas, a cucharadas, todo ese —joder, al final caí en el tópico que siempre rechacé— ruido.

Dice el Charles de Foucauld de Pablo d’Ors que escribió ‘El olvido de sí’ para luchar contra el mayor enemigo del hombre: la dispersión. Me pareció algo exagerado pero, ¿no hay peor sensación que esa incapacidad para prestar atención a las cosas, ese no vivir de quien no oye, no ve, no siente, no piensa y, además, es consciente de ello? Hay un escritor omnipresente en redes cuyo trabajo he admirado. Siempre lo defendía como ejemplo de que se puede estar en misa y repicando, en el folio y en el timeline. Hasta que leí su última novela.

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