Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Cuerno en axila

El encierro de los Victoriano del Río suena a declaración de intenciones: ojo que esto va en serio

Sexto encierro de las fiestas de San Fermín 2017 a cargo de los toros de Victoriano del Río. PABLO LASAOSA 14
Sexto encierro de las fiestas de San Fermín 2017 a cargo de los toros de Victoriano del Río. PABLO LASAOSA 14

No hubo heridos por asta de toro en este sexto encierro pero sí avisos de lo que podría hacerte uno de los animales de la ganadería madrileña si realmente le diera por ahí. Digamos que ha sido un encierro de presagio del peligro, más que de peligro en sí.

Arrancó, cómo no, con la apertura del portalón de los corrales de Santo Domingo y los toros dando saltitos como para quitarse el miedo, el sueño, la pereza, a saber qué. ¿Cómo duermen los toros? ¿Se enamoran de la luna?

Nos preguntábamos después de la corrida de Puerto de San Lorenzo por qué los toros, a diferencia de los caballos en los desfiles, no cagan sobre el ruedo. Mi conjetura: los ceban con algún producto taponador. Sobre la arena puede haber sangre, sudor y lágrimas pero nunca mierda. ¿Os imagináis a un banderillero que resbala con un moñigo del trece y acaba con el careto encima de tamaño pastel?

Tampoco cagan sobre el encierro, cosa que lo agradecen también los corredores, como todo ese nutrido grupo de calvos, liderados por el podólogo Eguíluz, que abundan en el tramo de Santo Domingo, el más deslucido para mí: demasiada potencia, es difícil trenzar una carrera estirada, es un sálvese quien pueda, es la explosión pura y dura. Llega luego la luz, en sentido figurado y literal, con esos flases de esperanza al embocar Mercaderes, y todo se pone un poco a favor. Incluso la curva de Estafeta la pilla la torada como si llevaran un GPS incorporado.

Y un corredor con un 7 a la espalda nos recuerda el valor de la Estafeta. Y Sergio Moreno nos enseña lo jodido que es coger toro, ese puñado de metros que hay que correr entre brazos y piernas anónimas para lograr la posición de honor. Esta vez no se ha conseguido, porque también hay mañanas en que no se pilla cacho, y el relato posterior es apocado. Hemos estado ahí, que diría Induráin, que por cierto contempla los encierros desde su apartamento de privilegiada visión avanzada la Estafeta.

Ya cerca del callejón, uno de los corredores habituales, con sus brazaletes verdes y rojos, vuelve a tener la suerte de su vida, y van dos este festival, cuando ve que no sólo ha pillado toro, ese espacio mágico en que estás tú, el animal y nadie más, y comprueba acongojado cómo el asta caracolea por la axila. Estoy mayor para correr encierros pero me gustaría haber pasado por eso. Que la muerte te roce la axila, zona desconocidamente erógena por cierto, y haber salido ileso para contarlo. Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido, decía Santa Teresa de Ávila.

Hay encierros dramáticos y encierros que advierten del drama potencial. Hoy fue uno de los segundos.

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