Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

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Cada corredor salta al adoquín con su particular bagaje. Conocer al menos a uno de ellos personaliza el encierro.

Los toros de Cebada Gago suben la cuesta de Santo Domingo en el primer encierro de San Fermín 2017 MIGUEL GOÑI
Los toros de Cebada Gago suben la cuesta de Santo Domingo en el primer encierro de San Fermín 2017 MIGUEL GOÑI

Cada día se atreven a correr el encierro un número jamás preciso que ronda las 2500 almas, varones en mayoría aunque la presencia de mujeres hace tiempo que dejó de ser algo exótico. Una leyenda urbana decía estos días que la policía había sacado del recorrido a una mujer embarazada de ocho meses. Demasiado truculento para ser cierto, aunque a saber.

Una de esas 2843 cabezas era esta mañana de Fuente Ymbro la de Chapu Apaolaza, autor del libro que salvará los Sanfermines y con quien estuvimos charlando la víspera. En esa tregua de 23 horas y 57 minutos que el corredor recibe, como un regalo, entre encierro y encierro.

Nos confesó sus miedos, sus indisposiciones nocturnas, ese cuerpo que parece prepararse para morir y prefiere ir de vacío. Cuerpo y también mente, porque también nos habló de cómo la conversación agradable que manteníamos en una terraza de la plaza del Castillo se convertiría horas antes de correr en una ensalada pesadillesca y logorréica que el cerebro lucha por desintegrar.

Se dice de los samuráis que a la lucha se llega ya ganado, o perdido. El trabajo del samurái, del corredor, se libra antes. Cuando explota el cohete en el cielo madrugador ya sólo hay ganas de correr y quizá hasta el miedo se esfumó como parecen esfumarse tus piernas.

Ahí estaban las de Chapu, mediada la cuesta Santo Domingo, que es un tramo mortífero y veloz en el que más que correr parece que hay que esquivar a la apisonadora toresca. El día 7 tuvo un susto importante, un toro que se fijó en él, voy por ti chaval, y al final, capotico mediante, pareció cambiar de opinión, porque los toros parecen disponer de un misterio libre albedrío unas microdecisiones vitales para el destino de los 2987 corredores.

Luego están otros miles de personas implicadas, que corren su particular encierro estático, quizá más duro precisamente por esa quietud atosigante. Como Elena, la mujer de Chapu y madre de sus dos lozanas criaturas, que este lunes sanferminero cumplía años y cuyo mejor cumpleaños era el que todo siga igual.

Quizá el mérito del encierro sea ese, poner en valor la vida misma. Ayer los vimos retirarse agarrados de la mano por la esquina de Casino Eslava y extinta Tropicana. Pensé en la terrible idea de no ver esa imagen ya más.

Porque aunque la estadística parezca nuestra aliada —son muchos corredores para que justo te pase a ti— otro corredor experimentado, Tom Turley, nos decía ayer en el Bahía que hay dos tipos de corredores: los que todavía no les ha pillado el toro y los que ya les pilló el toro.

A él, en 2012, el día que convenció a su madre para que le viera correr, cayó en las astas y se partió la crisma. Nariz fracturada y costillas hundidas hasta el pulmón. Anoche bebía zuritos con templanza, lejos de su Denver, Colorado, natal.

Sergio Moreno sabe también de esa poca fiabilidad de la estadística, que ha tenido hoy su día negro con un tropezón poco lustroso avanzada la Estafeta, que ha terminado con sus huesos por el suelo y la manada por encima.

Apenas dos minutos y pico de carrera, pero tantas historias como para llenar la Biblioteca de Babel.

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