Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

El síndrome del vinagre

Las víctimas de las masacres cometidas en Guatemala siguen reclamando justicia en un contexto poco proclive al reconocimiento de la memoria histórica.

Fotograma de 'El síndrome del vinagre', de David Aguilar y Pello Gutiérrez.
Fotograma de 'El síndrome del vinagre', de David Aguilar y Pello Gutiérrez.

En la colección de dramas de la historia, uno tiene hueco en su corazón para las víctimas del nazismo y de la represión franquista de la posguerra. Para los que murieron en la Operación Cóndor y para los miles de asesinados por Videla en Argentina. También para los enviados a gulags por los bigotes locos de Stalin, muchos de ellos procedentes de países como Hungría, con ese comunismo metido con calzador.

El genocidio armenio, que descubrimos en La vida secreta de los palabras, de Isabel Coixet. Las movidas en Salvador, Nicaragua. La matanza de Srebrenica, considerada como «genocidio» por el intento de aniquilar al pueblo musulmán de Bosnia. Julio de 1995.

¿Qué hacías tú en julio de 1995? Yo leía El mundo de Sofía y estrenaba amor adolescente. Descubrí a Bob Dylan, que entonces tan sólo tenía 54 años, aunque ya parecía un dinosaurio de voz nasal. Nos emborrachábamos de calimocho en Los Portales mientras a unos pocos miles de kilómetros se producía una secuela en pequeñito de Auschwitz.

En parecida época y en distinta latitud terminan décadas de parecida violencia, sólo que más espaciada en el tiempo, en Guatemala. ¿Qué sabemos de Guatemala? Ecos de telediarios ochenteros, muertos en las calles, disturbios, militarazos.

Algo se cuece en Centroamérica y no es bueno precisamente. El cartel de México. Reencuentro en Madrid, con D,  excompañera del máster de Periodismo, de Monterrey. Su padre tiene una licorería que abre cada día con la sensación de que puede ser la última. Cuando llega un matón y le pide la caja, la mercancía que quiera, sabe que tiene que dar y callar. La secuestraron. A él y a su marido. Ser encañonado es algo por lo que todos pasan alguna vez. Para entrar en la peluquería hay que atravesar un laberinto de candados y cerrojos. Las venas abiertas de América Latina. Cuando me despido de ella, pienso que igual no la veo más.

EL CINE, MÁQUINA DE MEMORIA

Determinadas condiciones, sobre todo la humedad, perjudican la calidad del celuloide que, como si fuera atacada por un chorro de vinagre criminal, acaba diluyendo su imagen, su contenido, su valor. Es lo que sucede también con la memoria, con determinada memoria. Recluida en los sótanos más inaccesibles de nuestra alma, de nuestro conocimiento, sometida a la humedad de la desinformación, del desinterés, sepultada por el ruido de la actualidad, acaba por degradarse hasta morir.

Quizá la peor desmemoria venga de la ignorancia; la que yo mismo padecí tras casi dos décadas contemplando desde mi ventana el monte san Cristóbal sin tener ni pajolera idea de los capítulos que allí se sucedieron un puñado de décadas antes. ¿Qué sabemos de Guatemala?

Decía Baroja que el escritor tiene licencia para permanecer sordo a la actualidad. O al menos, para no vivir bajo su secuestro informativo: ¿dónde se quedó el conocimiento que hemos perdido con la información?, se lamentaba TS Eliot.

Tras la proyección de ‘El síndrome del vinagre’, el pasado 26 de octubre en la Cineteca de Madrid, supe algo más. Me avergoncé, de hecho, de no saber más. De no tener más fresca en mi cabeza la cifra de 200.000 muertos y 45.000 desaparecidos, así como un millón de desplazados. La justicia, que no venganza, brilla todavía por su ausencia en Guatemala, en una herida que aún supura y que nos recuerda a las nuestras propias. La mayoría de las víctimas, miembros de tribus mayas. En el poder, Jimmy Morales, famoso por salir en la tele y presunto elemento vinagroso. Guatepeor.

23 DÍAS PARA UNA HORA

Pello y David, creadores de la productora zazpi t’erdi, se atreven con temas potentes. Como su reciente ‘Converso’, dirigida por David Arratibel, con una reacción generosa por parte de dos públicos: el ya convertido y el curioso por los fenómenos religiosos. Superada la dieciochesca soberbia intelectual de reducir el sentimiento religioso a superchería medieval, se puede afrontar el hecho trascendente con ojos nuevos. «La meditación es más importante que la ciencia», dijo Battiato en una boutade con algo de razón.

Pello y David viajaron a Guatemala y rompieron su plan de rodaje nada más pisar suelo americano. Un volcán azulado en el horizonte las marcó la pauta. Y los testimonios de los afectados que les salieron al paso. Guatemaltecos indígenas, los más jodidos, los menos rencorosos. ¿Por qué no proyectar el documental allí? Los directores no lo ven claro. Tras decenas de entrevistas y de horas de montaje, resultantes de 23 días de inmersión guatemalteca para sesenta minutos de cinta, lidian ahora con cierta frustración por ver que el mensaje no es bien recibido donde más haría falta. Aún es, más que un tabú, un tema non grato, malvenido.

Pero hay voces valientes —cuando ser valiente significa jugarse literalmente la vida— como la de Rebeca Lane, que canta esto, en Reina del caos, y que invitan a la esperanza.

Perdonen si arruino la fiesta patria

Esto no es democracia

Más bien una falacia

No tienen eficacia

Las falsas elecciones

El falo que gobierna

Solo son las erecciones

Son las lecciones de un pueblo sin memoria

Que toma las calles

Pero no lee historia

La verdadera guerra no ha terminado

Los que nos masacraron aún controlan el Estado

 

El síndrome del vinagre. Pronto, esperemos, en cines. De aquí y, ojalá, de allá.

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