Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Una gran lluvia tiene que caer (en Espalunya)

Los atentados del pasado 17 de agosto no calman los ánimos antiespañolistas más acerados y sugieren una reflexión: vamos por mal camino.

Diorama del artista japonés Hiroshi Sugimoto.
Diorama del artista japonés Hiroshi Sugimoto.

Buscaba tema para este artículo en la mañana de lunes, cuando un gran chaparrón ha parado los relojes en Madrid. La lluvia tiene esa capacidad de detener el tiempo, de relegar durante un instante lo urgente para volver a lo importante. La lluvia guarda estrecha relación con el arte, con la religión, incluso con el sexo (esto ya en otra columna), por su capacidad, digo, para detener el tiempo y por tanto permitirnos constatar la vida, su belleza, su misterio. Hablo de una lluvia corta y pasajera; la lluvia insidiosa parece tener algo de castigo, de azote caprichoso de los dioses.

Así que me he propuesto escribir sobre la lluvia, la necesidad de un gran diluvio que se llevara lo malo, la polución, las boinas atmosféricas y las boinas mentales. Así que he escuchado de nuevo la versión de Patti Smith de ‘A Hard Rain’s A-Gonna Fall’, en la ceremonia de entrega del Nobel a Dylan; imposible verla sin emocionarse. Incluso el fallo le da más gracia a la canción, al asumir entonces el oyente la dificultad, el mérito de la interpretación. Como cuando el equilibrista amaga con caer.

La conmoción tras el paso de la furgoneta que cambió felicidad naíf por cráneos reventados contra los baldosines modernistas aún sigue en nuestras conciencias. No en la de todos, como se demostró el mismo día del atentado, con esas muestras de solidaridad adulteradas de yoísmo hortera, o el pasado sábado en la manifestación contra el terrorismo, intoxicado de independentismo montaraz.

El 17 de agosto se impuso el terrorismo en su versión más chabacana, más pedestre, la única cuando los policías, así en general, cercan tanto al criminal que su único recurso es atropellar. Recuerdo a Mercedes Gállego, corresponsal de Vocento en Nueva York, hablar de «belleza» al observar el impacto de los aviones contra las Torres Gemelas del 11S. La psique humana es tan compleja que quizá a la periodista le pareció encomiable el celo por hacer bien las cosas. Aunque sea matar. Los terroristas de Ripoll fueron doblemente crueles porque ni siquiera concedieron a sus víctimas el dudoso privilegio de un trabajo previo concienzudamente preparado.

Un atentado, en suma, tan horrible, que ingenuamente pensé que iba a templar los ánimos políticos durante una buena temporada en Cataluña. Llegué incluso a pensar que podría descafeinar tanto ese referéndum ordaguístico-chulesco-pariperil y que su celebración se suspendería hasta encontrar unos cauces más normales. Dentro de la conmoción, me consolé con esa posibilidad, la de que la violencia yihadista se hubiera reciclado en una gran lluvia que amansara a una Cataluña desquiciada por momentos, barriendo no la mierda que considera la CUP, sino otra mierda más sutil y sin embargo más tóxica: la mezquindad camuflada de política. Pero no.

¿OFENDER COMO MAL MENOR?

Mi primera reacción, viendo las muestra de demagogia cainita, con esos carteles contra el Rey, que si venta de armas en Arabia, como exigiéndole responsabilidades por la fatal muerte de 15 inocentes en suelo catalán, fue deprimirme. Lo mismo con las decenas de esteladas tras la cabeza oficial de la mani. No hay nada que hacer. La política se sobrepone al respeto a las víctimas, ni siquiera el dolor nos une. ¿Las seves guerres, les nostres morts? ¿Estamos locos? Y junto a ese banderismo impertinente y a la demagogia tabernaria, el buenrrollismo mimosín más tonturrón: La millor resposta, la pau. Pues muy bien.

Voy a hacer un gran ejercicio de empatía, encuentro con el otro, tal tal, comiéndome la repulsión que me provoca la utilización política de un acto de homenaje fúnebre. Voy a tratar de entender que hubo quien pensó que el fin justifica los medios y que podían torpedear el recuerdo por los muertos para sacar sus consignas en el día de mayor difusión mediática. Que la ofensa a los familiares en duelo era un mal menor para conseguir, yo que sé, la independencia pasado mañana. Voy a perdonar a aquellos que actuaron como los mismísimos terroristas al instrumentalizar políticamente ese día luctuoso por su proyección, como los asesinos eligieron asimismo Barcelona y no Mollerussa para perpetrar sus crímenes.

O quizá no. Puede que no trate, por una vez, de justificar lo que hicieron aquellos cuya conducta repruebo, ni sueñe tampoco con que Rajoy deje, por una vez también, de ser el mayor pusilánime de la historia de la democracia. Me limitaré a decir, con permiso de Bob Dylan, que una gran lluvia tiene que caer. ¿Dónde? En Cataluña. Pero también en España. ¿Espalunya? No lo sé.

Pero que llueva de verdad y podamos así escapar de esta charca de ponzoña. Empezar de cero sin olor a tigre.

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