Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

1 de octubre de 1714

La sobreactuación de la guardia rajoyana concede el mejor regalo imaginable al discurso indepe: un hito actualizado y presente que se proyectará sobre el futuro.

La Policía Nacional trata de evitar que los votantes entre en un colegio electoral. EFE
La Policía Nacional trata de evitar que los votantes entre en un colegio electoral. EFE

En el proceso de construcción de un relato propio, querido y asumido por muchos, el independentismo catalán vivió el 1-O un día glorioso. Nunca hubo heridas más rentables en términos políticos como las que padecieron los malogrados 884 lesionados (dato del lunes) por la desmedida actuación policial en Cataluña. Desde el lado de la construcción del relato españolista, se vivió en cambio una jornada terrible.

Las banderas que días antes ondeaban en Madrid y que algunos recibimos con un punto de ingenuo candor —¡es posible abrazar la idea nacional sin ser un facha!— pronto se tiñeron de negro con un punto bilioso. De nuevo, lo español, gracias a las huestes dirigidas desde Moncloa, se asociará durante años a represión, violencia, colonialismo, coacción y miedo.

Justo lo que un escritor de independentismos querría. Otro escritor, a quien se tiene por un hombre moderado y cabal, como Albert Sánchez Piñol, publicó ‘Victus. Barcelona 1714’, en el momento adecuado; cuando el catalanismo más combativo se empezó a organizar, dolido en su orgullo tras los recortes del Estatut y sumido el país entero en una crisis económica seria. Se vendió mucho y supongo que se leyó. Yo no lo he leído, pero el argumento de 1714, el de la «invasión» castellana, fue otra de las leñas que se echaron al fuego nacionalista.

Desde las instituciones públicas, se organizaron exposiciones cuando el tercer centenario del hecho histórico, como la del Born Centre Cultural. Me acerqué a echar un vistazo y, como dicen que el relato nacionalista suele mezclar mentiras con verdades, traté de encontrar qué podía haber de verdad en todo aquello. Y comprobé que podía haber material para la demagogia, pero también que hubo un bombardeo, literal y encarnizado, por partes de las tropas de Felipe V y que la realidad política catalana cambió para siempre. Y que, como se dice en este artículo, la desafección entre el pueblo y la política se agravaría a lo largo del siglo XVIII… y así un poco hasta hoy.

¿Que se debería aceptar el status quo y dejarse de nostalgias históricas de lo que pudo haber sido y no fue? Pues quizá sí, pero también te digo que no todo el discurso nacionalista, al menos en el caso catalán, es fruto de un laboratorio de historia-ficción.

Hubo una guerra, la de Sucesión, y unos ganaron y otros perdieron. Los perdedores, como suele pasar, tuvieron que tragar con ruedas de molino. Como la disolución de instituciones propias y la progresiva castellanización del territorio, con funcionarios llegados desde Madrid para culminar el borbónico triunfo frente a la rama austracista. ¿Que a Cataluña le ha ido mejor dentro del proyecto monárquico español? Pues puede ser, pero también podría haber sido cualquier otra cosa, si hubiera vencido la otra opción. En cualquier caso, hubo unos vencedores y unos vencidos, victus¸ en aquel sitio de Barcelona, que duró un año largo, con una relación posterior más de resistencia que de sumisión, según el citado Piñol, y que marcó un antes y un después en la historia de Cataluña y en su relación con el resto de España.

REGRESO AL PASADO

El historiador Joaquim Albareda escribía en ‘El País’, en 2014, un artículo titulado ‘¿Qué perdió Cataluña en 1714?’. En él, leemos que «la liquidación del Estado catalán y de los mecanismos de participación política (Corts, Diputació del General, municipios) constituyó un claro retroceso político». Quizá sea mucho decir. O no.

Ignoro si algún historiador navarro escribió el análogo ‘¿Qué perdió Navarra en 1512?’, pero hay quien dice que prevaleció su carácter de «Estado independiente» hasta 1841 y los pactos con el Gobierno central. ¿Deberíamos los navarros reivindicar una vuelta al periodo anterior a 1841? Qué perezón me daría. Leyendo estos días ‘La tribu navarra’, de José Antonio Jáuregui, me reafirmo en que las naciones, las tribus, el sentimiento, no precisa de fronteras para ser. Pero no es menos cierto que las naciones, las tribus, los sentimientos se construyen en base a hitos. Se forjan a partir de capítulos compartidos por esa comunidad y que determinan una u otra dirección de las políticas.

En Cataluña, se ha pasado en pocos años de una bolsa social favorable a la independencia que va del 15% a casi el 50% en la actualidad. Y, tras la violencia al estilo borbónico desatada el 1 de octubre por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, todo parece que esa cifra irá aumentando. Con la fuerza se ganan batallas, pero nunca guerras.

Y las guerras que se cree haber ganado son en realidad batallas de una guerra más larga.  Y a ese 1714, que se veía como un capítulo favorable a las tesis nacionalistas, pero debilitado por la nebulosa del pasado y su fragilidad interpretativa, le ha nacido un nuevo motor ideológico de renovada fuerza. Porque todos los que vivieron el 1 de octubre de 2017, con el miedo, la indignación y el orgullo de haber resistido a las hostias policiales más cavernícolas se identificarán más que nunca con los barceloneses que soportaron o lucharon en el asedio de 1714. El 1-O como un 11 de septiembre de 1714, concentradito y refrescado: como con una máquina resurrectora de memorias históricas latentes.

Rajoy y los suyos han logrado lo que ni Òmnium Cultural o la ANC hubieran deseado en sus mejores sueños indepes: un nuevo hito histórico que aporte una renovada fuerza a ese tejido nacionalista dispuesto a luchar como sea para ganar una guerra que, gracias a la torpeza del Gobierno de España, está más encendida que nunca. Desde el 1-O, los catalanes son más catalanes que nunca y los españoles, menos españoles.

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