Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Vivir más al sur

Parte de mí echa de menos cierta reciedumbre del norte, su orden, su cordura, mientras que otra anhela el sur como paraíso conquistable

Una vista de Cádiz. FOTO SERGIO ERRO
Una vista de Cádiz. FOTO SERGIO ERRO

Bajar al mercado del pescado, comprar en la tienda los collares para los perros y las vidrieras grandes del quiosco del jardín. La letra de Battiato te acompaña en esos momentos en que tu cabeza busca una banda sonora para esa película que trazamos ya de lleno, ay, en el segundo acto. De los tres actos de todo drama, uno asume que se encuentra ya en el nudo, en esa meseta no ya tan accidentada, por fortuna, que debe de ser la madurez o algo parecido

La vida tiene algo de descartar lo que no le gusta. Y de dejarse seducir por los cantos de sirena de lo que sí le gusta. Por suerte, son más las cosas que nos gustan que las que no. Me gustaría, por ejemplo, explorar universos alternativos como Castellar de la Frontera, del que nuestro amigo Clemente nos habló. El último pueblo feudal, con vasallos a merced de un señor, duque, que hasta 1950 siguió encastillado a sus privilegios resilientes. Después el pueblo trocaría en una suerte de ecoaldea jipiesca autogestionada en la que fantaseo con sentirme como feliz pulpo en un transitorio garaje.

¿Puedes contemplar?, pregunta uno de los protagonistas de la última novela de Belén Gopegui. El comodín de la vida retirada y lejos de la dictadura de las cañas, los copeos, los saraos y los bienquedismos y tender la mano a una existencia más barata en general, es decir, con los peajes justos. Las cuatro horas que pasé bajo el sol pompeyano me hicieron pensar en planes urbanísticos alternativos y más cohesionados, pulidos, perfectos. Quemar los planes Cerdá que quizás generaron la alienación del ciudadano que busca en sus causas perdidas de esteladas ingenuas la vida calurosa en términos humanos que el progreso les escamoteó. Pompeya en agosto, decía, me sugirió la posibilidad de una isla, una isla de robinsones urbanos dispuestos a encontrarse; la mera disposición del trazado lo permite. Jornadas de puertas abiertas cotidianas en las que tu casa es la mía y no hace falta llamar al timbre porque no hay, ni quedar por WhatsApp porque ya nos vemos si eso en el foro.

GENTRIFICACIÓN COMO OPORTUNIDAD

Viendo películas como ‘El oro de Nápoles’ asumimos la victoria de la posmodernidad sobre el individuo. Luego uno va a esa ciudad y descubre que quedan ciudades al margen de las tendencias más pujantes de la globalización. Ese Barrio Español de espaldas al dinero caliente de los alquileres turísticos, quizá preservada aún por el guante de hierro con mano de pólvora de la mafia. El resto de Europa se mueve en otras coordenadas y de la gentrificación pasamos poco a poco a la centrificación, es decir, a que barrios tradicionalmente considerados periféricos sean ya parte del centro. Todo lo que está dentro de la M30 como centro, en una dispersión acotada pero no por ello menos difusa.

En un escenario pues de competitividad inmobiliaria, quizá la España vacía deje de presentarse como un páramo sin arreglo para albergar ese sur battiatiano al que muchos citamos de tapadillo. Mientras unos buscan cerrar fronteras y confiar su felicidad al mal hacer de la clase política, otros confiamos en parcelas de convivencia abiertas, creativas, inesperadas. La gentrificación encarecedora bajo su amable disfraz de cupcakes y micheladas, como excusa perfecta para largarse. ¿Dónde? A la Ciudad Instantánea de Prada Poole. Quizá la utopía no esté enterrada del todo.

VIVIR DE VACACIONES

Escribo estas líneas gintonicosas bajo el sol nítido de Cádiz y, como todo viajero, o turista, entusiasta, caigo en el deje predecible de travestir lo efímero de cinco días de comunión amistosa en un proyecto duradero o cuando menos recurrente.

Acaba el verano y asistimos a la tradicional cantinela de los síndromes postvacacionales y las vueltas al cole; septiembre como el comienzo de la escalada de Sísifo en el que las farmacias expenden más que nunca las recetas para combatir la angustia por el atajo equivocado. Hace tiempo que recibo septiembre como uno de los meses menos crueles; el jaleo del verano trae paso al recogimiento del otoño, a esa existencia de mínimos que reivindica el viajar menos, sentir menos, leer menos, que sugiere d’Ors. Especialmente jugoso cuando antes hubo más.

Recuerdo los veranos de la infancia como un tiempo en que la molicie acechaba; la felicidad exigía un estar en guardia, una mínima orquestación de los elementos necesarios para que surgiera. Pienso a menudo en recuperar a ese niño comprometido con su bienestar, que leía libros de Tintín antes de acostarse con la tranquilidad de que al día siguiente se repetiría ese ritual de plenitud.

El trabajo, edificado sobre una base de noes, surge entonces no como una losa sino como un plataforma hacia esas vacaciones de por vida que se retribuyen en formas varias. La ansiedad porque llegue el lunes, septiembre, la acción que te acerque más al sur, a la vacación sin fin, sin  dejar de exprimir ese zumo de vida hasta la última gota.

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