Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Barojianos del mundo, uníos

Concluye 2016 con no pocas celebraciones para el barojianismo, peculiar comunidad de fieles al espíritu de Andrés Hurtado que, en lugar de languidecer, parece rearmarse

Pío Baroja.
Pío Baroja.

Cabría preguntarse si en la Pamplona de los Encuentros de 1972, a cien años del nacimiento del autor de ‘El árbol de la ciencia’, se celebró algún acto in memoriam. Nunca fue del todo querido, por outsider, por provocador, también, Pío Baroja, en una ciudad que no le vio nacer pero sí convertirse en mocetón. Cuentan que frecuentaba las tabernas de la Mañueta y los frontones haciéndose el malote, fumando, ensayando un personaje vividor que luego, es curioso, no ejercería.

Porque, esto lo dice Pablo d’Ors, en ‘Contra la juventud’, el escritor es alguien a quien le falta vida y por eso la escribe, para completarla viviéndola por escrito, aprox. Si uno vive demasiado, no hay manera de acotarlo por escrito. Hay tener menos experiencias, dice también d’Ors en ‘Biografía del silencio’. Estoy de acuerdo. Las justas para poder paladearlas. Vivimos en el empacho experiencial.

A sesenta años de su muerte, se han publicado libros como ‘Los caprichos de la suerte’, con la potencia de su carácter inédito pero me temo que sin la fuerza narrativa de otros libros suyos. También ‘Tierra vasca’, la tetralogía que reúne en un solo tomo una visión del universo vasco idílica, dicen algunos, y yo diría que con la subjetividad que quien no escribe bajo los dictados de la ideología, porque un escritor tiene que ser todo menos un ideólogo panfletil.

Aunque toda escritura es política en el fondo. Por eso nos gusta Baroja, por su desprecio latente hacia los establishments varios, aunque en ocasiones nos pueda parecer un reaccionario y en otras poco menos que un perroflauta. Ahí radica, opino, parte del interés de Baroja y la existencia de esos barojianos, feligreses sin iglesia como Tolstoi tenía a su vez sus tolstoianos. O quizá haya iglesia, templo, Meca al uso, porque así como el autor de ‘Guerra y paz’ tenía su Yasnaia Poliana, Baroja tiene su Itzea. Y los que hemos pasado por Itzea presumimos de galones barojianos. Es uno de los preceptos básicos del barojianismo, como para el musulmán la peregrinación a la citada Meca o rezar cinco veces al día. Todos tenemos un meapilas, de lo que sea, dentro. Menos, quizá, el propio Baroja, siempre a la carga.

BAROJIANOS EN DIÁSPORA

Reconocerse barojiano tiene algo de salir del armario y de confesión que se reconoce con timidez hasta que se da con otro de tu misma condición. Aunque no sufre esa connotación carca que padecen los cervantinos. ¿Qué diablos es un barojiano? ¿Qué elementos tienen en común los barojianos? ¿Hay barojianas? ¿Son cipotudos los barojianos? ¿Acaso unos escépticos marginales que no casan con nadie, ni pájaro ni ratón como el murciélago?

Umbral detestaba a Baroja, porque consideraba no se entregaba a la sacralización al estilo. Umbral fue un dandi castizo toda su vida, que es algo lindante con la impostura. Umbral no muere tampoco, pero a Umbral no sé si se vuelve pasada la cuarentena y los deslumbres de su prosa untuosa y epatante, y a Baroja sí. En el fondo representan escuelas opuestas. Yo me he permitido el lujo osado de beber de uno y de otro y no sé muy bien en qué he quedado. Barojiano es aquel que en su juventud quedó marcado para siempre por lecturas como ‘El árbol de la ciencia’ y la rebeldía existencial que se adivinaba en ella.

Pero me interesa el carácter aglutinador del barojianismo. A los cincuenta años de su deceso se trató de celebrar un congreso con Tamames en papel de gestor cultural ávida dollars, según he oído, que generó no pocas polémicas por el elenco concitado y por la falta o exceso de nombres en él. Porque luego estamos los barojianos y luego los Baroja, que nacieron con ese apellido y el peso de un legado que en ocasiones quizá pueda ser delicado por el determinismo vital que implica. No pasa con otras familias de escritores, de ahí también la existencia de ‘lo barojiano’, como un fenómeno que sobrevive entre generaciones.

Desde entonces, se ha mantenido el interés barojiano, con el compromiso de la editorial Caro Raggio y las ediciones de títulos como ‘Miserias de la guerra’ o ‘La guerra civil en la frontera’, solventadas por Miguel Sánchez-Ostiz.

Me presentan a un tal Alexander Katzowicz, que se define, claro, como barojiano. Le encanta la serie de las memorias de un hombre de acción —«excepto la sexta entrega, que no debiera haberse publicado, demasiado descriptiva»—, que es precisamente la que menos me gusta, pero a pesar de todo nos hacemos ojitos. Enumero mis obras favoritas pero así en caliente no paso del puñado de nombres. Tengo que revisar mi barojianismo, o barojismo, con un sencillo remedio casero: leyéndolo más.

Mientras, efemérides por medio o no, se siguen celebrando simposios, congresos, seminarios y charlas varias sobre lo barojiano, como el ciclo Baroja Bihotzean, que este miércoles permitirá escuchar la voz del escritor en una grabación de 1931 en el Ateneo Navarro. Como si el fenómeno, ya digo, no sólo no se hubiera agotado sino que hubiera alguna clave que aún no hubiéramos aprehendido, perdón por el palabro, aún. A ser, lo que viene siendo, mayormente, libres.

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