Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Barcelona es poderosa

Como en una distopía al revés, aún sueño con una capital de Cataluña que recupera sus señas de identidad más mestizas, abiertas, solidarias

La Casa Milà, por Tyler Hendy
La Casa Milà, por Tyler Hendy

«¿Al ‘pan tumaca’ se le echaba aceite? Porque parece que últimamente desayunamos vinagre». La escritora Txani Rodríguez manifiesta así, en Facebook, un sentir general, el de la aspereza de todo este ‘procés’, que a pesar de todo no se libra con violencia. No hay violencia en forma de hostias sin consagrar, pero sí una división creciente. Y un malestar macerado desde hace siete años, según el discurso oficial, que tocó techo, o fondo, con el recorte del Estatut. Decía JJ Millás que ninguna portada de un periódico le cambió la vida. Es algo discutible, pero yo me pregunto en qué le afecta al catalán medio, véase un tal Jordi Pi Nogueroll, logopeda, divorciado, de Manresa, ese recorte del Estatut. ¿Le cuesta más levantarse? ¿Tiene más hambre? ¿Tose más? ¿Nota su identidad catalana, individual, europea, universal, humillada, lacerada, fragmentada, deconstruida? Pues igual sí. ¿Sabría usted decirme, Jordi Pi Nogueroll, por casualidad y sin mentir, cuáles fueron exactamente los artículos recortados de aquel Estatut? La imposibilidad de no tener un Poder Judicial autónomo. Vale. Freno a las competencias fiscales. De acuerdo. ¿Es para tanto? ¿Esto no se puede volver a negociar? ¿Hay que llegar tan lejos?

De pequeños, íbamos mucho a Barcelona. Quedaba aún bastante para los JJOO del 92, esa ilusión en el futuro cercano en forma de pegatinas en las carpetas escolares, y yo me debatía entre Madrid o Barcelona. ¿A quién quieres más? Difícil elección. Barcelona era papá y Madrid mamá, o al revés. En Barcelona estaba Copito de Nieve, pero en Madrid el oso Chu-Lin. En Barcelona mis padres alquilaban una especie de piso franco/oficina/show-room en plena calle Provença, que muchos años más tarde descubrí que se alargaba hasta la Sagrada Familia. Desayunábamos en Mauri y me fascinaba aquel edificio mareante y por entonces ochenteramente renegrido de polución y desidia: la Casa Milà. Bajábamos por el paseo de Gracia hasta el Bulevard Rosa, Pepa Paper, tiendas con equipación de la NBA, la plaza Real, la impresionante carabela de Colón que hacía ñi-ñi en su interior con gatos. Porque entonces Barcelona no se avergonzaba de Colón, Cristóbal, y tenía un aire a vanguardia que, digo yo ahora, podría recordar a ese aire de vanguardia de finales del XIX, cuando los Rusiñol, Ramon Casas, Picasso y Els Quatre Gats: la París mediterránea.

Un No afirmativo

Puede haber noes inspiradores. No a la pena de muerte, no a la segregación entre negros y blancos, no al machismo. No a una Cataluña independiente. Si hubiera un referéndum en condiciones, valga el oxímoron (cada vez recelo más de estos mecanismos tan pomposamente llamados democráticos), por la independencia de Cataluña, yo votaría No. Si hubiera un referéndum por la integración de Portugal en esta cosa llamada España, votaría Sí. Aunque saliera más a pagar. ¿Qué cambiaría? Tampoco mucho. Pero prefiero esa dirección. Si hubiera un referéndum para acabar con los fueros, los forales de Navarra, probablemente, y en secreto, votaría Sí también. La solidaridad era esto.

Un amigo cuelga en Instagram imágenes de un concierto en Barcelona, estos días: Petitet, rumba catalana en la fiesta mayor de la Mercè. Suena el Barcelona tiene poder, de Peret. Porque la rumba también puede ser catalana y Cataluña también es Peret, también es Estopa, Manolo García, Loquillo. También es Juan Marsé, a quien tildan de renegado por no abrazar el maximalismo. También es Cataluña, Barcelona, Enrique Vila-Matas, Eduardo Mendoza y todas las editoriales que nos gustan: Anagrama, Tusquets, Lumen, Seix Barral… el grupo Planeta, vaya, pero en su mejor cara. Barcelona también es, o era, Terenci Moix, Maruja Torres, Jorge Herralde.

A mí Barcelona, Cataluña toda, me parece que ha dejado de ser poderosa. No tanto porque le hayan recortado equis artículos del Estatut, sino por haber replegado esa parte de su personalidad que sintetizó mejor que nadie Javier Pérez Andújar en aquel pregón, cómo no, de la polémica. En los años de mi infancia en que me enamoré de Barcelona, nada de eso hubiera sido posible. Porque, a veces, ay, cualquier tiempo pasado sí fue mejor. ¿Solución? Superar con la mayor dignidad posible este mal sueño y enderezar el camino. Barcelona tiene poder. Recuperar el poder. Ese que no está en los programas políticos, ni en los Estatutos, ni en la ANC, ni en Òmnium Cultural, ni en los exabruptos siniestros de Lluís Llach, ni entre las franjas de la estelada. Qué jodido hacer ver a un colectivo movilizado que la solución a su blasé, a su no llegar a fin de mes, a su pareja sin empatía, no se encuentra en la creación de un Estado-nación propio. ¿Luchar por algo? Es bueno luchar por un ideal, pero si ese ideal nace de la frustración o del odio me temo que de ahí no sale nada bueno. ¿Qué harías tú? Tragarme la mala baba y hacer política mientras tanto. No hay Rajoy que dure cien años.

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