Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Autorretrato sanferminero

Édouard Levé publicó, antes de suicidarse, una joyita literaria llamada ‘Autorretrato’ que hoy homenajeo en clave hiperlocal y macrouniversal.

Javier Castaño bebe de un botijo a las puertas de la capilla de la plaza de toros de Pamplona minutos antes de comenzar la corrida de Miura del 14 de julio de 2017. MAITE  H MATEO
Javier Castaño bebe de un botijo a las puertas de la capilla de la plaza de toros de Pamplona minutos antes de comenzar la corrida de Miura del 14 de julio de 2017. MAITE H MATEO

La ballena blanca Moby-Dick simbolizaba el bien pero también el mal. Siempre me dio pereza ese libro, esa literatura decimonónica de buscavidas a lo Jack London, con personajes tan poco parecidos a mí pero tan iguales en el fondo, hasta que leí esa descripción. Algún día caerá. Todos somos todo. Baroja era sedentario y errante, orgulloso y humilde, sencillo y vanidoso, anarquista y germanófilo.

Los Sanfermines esconden la virtud pero también la depravación. Son la democracia, representada en el atuendo común del blanco y rojo, pero también la aristocracia del presidente de turno de las corridas, como le tocó un domingo 9 de julio de 2017 a un Iñaki Cabases Hita ataviado de frac y chistera que, entre incómodo y encantado de la vida, decía ¡qué placerico! a la salida de los toros, con ese allure de pompa y circunstancia que satisface al aristócrata que todos llevamos dentro.

Me gusta preguntarle a alguien de dónde es y que me diga de Sevilla. Me gusta entablar conversaciones tontas con cualquiera, con la misma predisposición a generar buen rollo que a la salida de un funeral, oficio este que encierra lo más triste pero también lo más alegre, el deseo de seguir, el vivo al hoyo y esto y lo otro, la vida.

No me gusta, por no decir aborrezco, el anuncio de chorizo Palacios que colocan al principio y final de los toros, con ese jingle, ¿se dice así?, que ya en los primeros noventa sonaría pasado de moda y que encierra tanta ranciedad navarra de segunda regional.

Como esos bares novísimos que ya atufan a demodés, con ese estilo de pub tudelano como pensados para jugadores de Osasuna que no abrirán un libro literario en su vida. No me gusta la chistorra frita y refrita hasta la sacieté, pero sí me gusta y hasta me encanta la chistorra asada al fuego, con un palito, sudorosa, rojosa de sangre que parece de toro, o de caramelo de San Blas fundido, como la que tomamos una mañana de domingo de los ochenta en Oskia, con el tío Alfonso.

La gastronomía navarra, así en bruto, no me excita, con su falta de matiz, su alergia a las especias, su diseño como para llenar buches y seguir existiendo, como aquellos menús del extinto Casa Paco, que muy bien el escalope de jamón y queso pero tal.

Los toros en su versión espectáculo me gustan y no me gustan. Me gusta verlos en barrera como el citado domingo, que venga un fotógrafo y nos pida que nos pongamos en pie, a Beñat y a mí, para hacernos un retrato como si fuéramos alguien, señores, o yo qué sé, y el graderío preguntándose quiénes serán esos dos, mientras vemos la corrida en su versión amplificada, sensorialmente hablando.

A pocos metros del toro —me gusta el toro en su versión animal— se oye el astillado de los cuernos contra el burladero, el cof cof del morlaco al entrar al trapo, que ahí viene, veo, la expresión, como la de estar al quite, cosa que ignoraba, en uno de esos cientos de detalles técnicos de la tauromaquia que desconoce, a ojo cubero lo digo, la plana mayor de la sacrosanta Monumental de Pamplona.

El sonido, zas, zas, de las pezuñas en la arena. El inestable olor a establo, decía aquel, de la meada del animal cuando siente que la cosa va en serio. Me gusta cuando hay carnaza en la lidia y el peligro se materializa, pero luego me da pena el herido, como me da pena la disección de la uretra del banderillero corneado.

Tuve una compañera de redacción que era torera; a ella también la empitonó un toro y recuerda estar en el aire y pensar Lo peor será la caída y así fue, porque al llegar al suelo el toro se cebó, generando destrozos en zonas delicadas y secuelas de por vida. Me hace gracia el picador, en su guisa no sé si pretendidamente cómica, tan sanchopancesca, y me gustó ver cómo el toro tiraba hasta tres veces a caballo y picador, reconvertido éste en una especie de Jackie Chan menudo y saltarín.

Me gusta el vasito de plata con el que dan de beber a los toreros. Me gusta la maleta como de película de piratas o de disco de Bunbury, con el nombre sobreimpresionado del torero: Paco Acuña. No me gustan los gestos chulescos, los morritos, las pullas que cuentan se profesan los toreros, el tufo mafiosesco del mundillo.

La sangre expulsada por la boca del toro en su agonía. Me gusta el rastro firme que deja el cuerpo muerto del animal sobre la arena, como un brochazo perfecto de un pintor inexistente. No me gustan las pancartas con apoyo de los presos de ETA en medio de la jarana ni el Estás asustado tu vida va en ello pero alguien debe tirar del gatillo que toca la orquesta aunque contribuye aún más a esa sensación de circo romano lisérgico que son los toros, donde cabe todo, incluso el horror. No me gusta justificar todo. No me gusta condenar todo.

Me gusta Hemingway. Me gustaría haberlo visto en una terraza de la plaza del Castillo, junto a la risueña Valery Danby Smith, más tarde su nuera, y me gustan los artículos manidos que se escriben sobre él, su paso por Pamplona, que si dormía en Lecumberri en los últimos años y que si canceló la reserva del hotel La Perla, ahora sí, antes de pegarse un tiro en Ketchum, Idaho, poco antes de que las campanas doblaran por él, en un autohomenaje, quién sabe, con el carismático Robert Jordan, «el inglés», de su mejor novela.

Me gusta reunirme con mis primos y los amigos que van cayendo en la Antigua Farmacia y en Bahía. Me gusta comprar abalorios a los negros. Me gusta cómo le sienta el blanco y rojo a las chicas, con los brazos morenos sobre el top blanco y las curvas, no de la Estafeta, marcadas, en un ejercicio pretendidamente discreto de seducción, más sensual que el pretendidamente pretendido. Me gusta el encierro.

No me gustan los encierros «rápidos y limpios». No me gusta me roben el móvil tras cinco horas de autobús nocturno rumbo a casa ya hecho polvo. Me gusta la hora posterior al encierro, cuando hay sol y sueño, y sobrevuela sobre la ciudad una luz tamizada que me hace pensar en los años treinta y en cuando aún había esperanzas de crear un mundo de verdad mejor y cómo aquello, por uno y otro lado, se demostró imposible y al final tuvimos que conformarnos con esto.

Me gustan los Sanfermines y a ratos me espantan. Me gusta cuando empiezan y, sobre todo, cuando terminan. Me gusta que me gusten y que no me gusten. Me gustaría que a un toro blanco — como aquel toro, Jabonero y jabonero, que salvó la vida al australiano Nathan—, lo llamaran Moby-Dick y que saliera indultado. Me gusta Édouard Levé, sus iniciales, su mirada abierta. No me gusta Manu Chao. Me gustan los Gypsy Kings. Yoví, yová, cada día yo te quiero más.

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