Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Turre laicoso

Los enemigos de la Semana Santa protestan contra las molestias que les producen las procesiones con mayor ruido mediático que las tradiciones que denostan.

Un acto de Semana Santa.
Un acto de Semana Santa.

Por fin acabó la Semana Santa y podré descansar. Pero no de cornetas, tambores y trompetas procesionales, sino del turre que el colectivo que vamos a llamar laicoso nos ha dedicado durante estos días de recogimiento.

Desde hace varios años, me gusta quedarme en Madrid, la ciudad en la que vivo, en Semana Santa. Hay un ambiente especial, sobrio, una atmósfera distinta. No he vivido en Málaga o en Sevilla durante estos días y puedo entender que para todo aquel que tenga tirria al clero puede suponer un ejercicio de paciencia considerable enfrentarse a siete días de alteraciones urbanas, estridentes músicas sacras, palios trémulos, señoras enlutadas con mantilla, cofrades con aromas franquistas, cárdenos nazarenos y costaleros hiperestimulados.

En Madrid, las molestias para el peatón de la ciudad son salvables. Algunas calles cortadas, el centro, bien, vale. En la mayoría de las ciudades pasa parecido. La tolerancia era esto.

Durante mis años como vecino del paseo Sarasate me comí todas las tómbolas de Cáritas y sus festivales de jotas, concursos de cantautores melosos y actuaciones del insufrible Gorgorito. Y aberris egunas, visitas del Rey de España (febrero de 1988), recitales de txistu, siniestras concentraciones de padres de presos, conciertos de la Pamplonesa y competiciones de karts.

Me libré de la última Korrika, con final en dicho paseo, ese evento deportivo en torno al euskera que no tiene un solo stand que reparta, o venda, novelas escritas en la exaltada lingua navarrorum. Pero en su día acepté mi destino con alegre resignación ciudadana porque uno entiende que la ciudad es de todos, comulgues o no con lo que se celebra.

Al español laico medio, que es un poco como un cuñao pero con título universitario, le desespera la Semana Santa porque se colapsan los centros de las ciudades y tiene que dar un rodeo para ir al bar de la esquina. Protesta contra ese confort amenazado y añade después un rosario de argumentos inspirados en la cansina hiperlógica laicista, del estado aconfensional, que si las supersticiones, la edad media, los autobuses de los niños con vagina y los legionarios que cantan al novio de la muerte.

Todo vale para que la española laica media, que firma muchos changes punto org y es muy ciudadana del mundo y amante de las culturas (pero de otros), despotrique contra la Semana Santa y, de paso, contra todos aquellos que la secundan, pobres cerebritos cándidos.

Está indignada, ultrajada incluso, esto es un atropello, una ostentación de los privilegios del clero sobre la sociedad, un ejercicio de soberbia, de machismo, una perpetuación del franquismo y del pasado más oscuro de la historia reciente y remota y demás clichés. Se les llena la boca al hablar de la «intolerable apropiación del espacio público», o «demostración de poder», sin tener en cuenta que las procesiones son un llevar a Cristo a la calle, una misa outdoor. ¿Una maratón por la Castellana es también una ominosa victoria de las fuerzas del mal de la casta runner?

BATUKADAS POR PROCESIONES

Mientras disfrutaba de estos días pacíficos, las redes sociales se erigían en flamígeros púlpitos para los pontifiqueitors laicos más militantes. Hemos leído de todo. Una amiga maña proponía cambiar las procesiones por «batukadas y ofrendas a la madre tierra con los niños vestidos de baturros». Y mensajes japiflóricos de que si yo soy más del vino, la amistad y el follar, que a mí me va mucho la pasión pero de la de verdad. O ese otro usuario de las redes que escupía que en cuanto empieza la Semana Santa «te das cuenta que vivimos en un país de mierda».

En lo de las banderas a media asta en los cuarteles por la muerte de Cristo estoy de acuerdo (en que sobra), pero al margen de esos detalles periféricos, los laicosos más beligerantes no entienden una idea que lanzó el eZcritor en su blog y que reproduzco literal: «Cuando celebras una tradición, realmente lo que estás poniéndote es en contacto con el espíritu de un montón de gente viva y muerta. Y eso te proporciona felicidad, seguridad y fuerzas». O, si lo entienden, pero preferirían que aquellos que disfrutan con esas tradiciones no lo hagan o lo hagan menos. El que se jodan, vaya.

Esta amiga de las batukadas comentaba también que hoy no va a nadie a misa pero que en Semana Santa todos somos devotos. Yo las he visto llenas estos días, pero también las veo llenas los domingos, cuando me cuelo en sus dominios movido por una mezcla de sana curiosidad y hambre espiritual. Decía Soto Ivars en su cuenta de Facebook que le flipa la Semana Santa, que no lo puede evitar, pero que le «asquean» las misas.

Debe de haber ido a otra parroquia que a la que yo voy, donde sólo he escuchado mensajes de amor, como también veo amor en esas homilías cotidianas de martes y tres viejas en las que te habla la voz de la sagrado, el peso del rito, lubricante de lo espiritual, asunto este relegado para muchos a las sesiones de yoga y mindfulness si eso, que mola más. Mensajes que cada vez me agrada más escuchar, como un bálsamo a una época excesivamente mordaz, cáustica, del que este artículo tampoco se libra.

CALLÉMONOS UN POCO

El laicoso se siente por un lado fuera de una fiesta y quizá eso explique sus aires de suficiencia o su derroche de saliva digital de estos días pasados. Un parloteo que me ha parecido especialmente impertinente en unos días en que, a nada que uno se acerque al tuétano cristiano, se da cuenta que hay un duelo, una clave de recogimiento. De silencio, incluso.

Como el que me ha gustado mantener en esta Semana Santa, guiado por una llamada íntima hacia la necesidad de callarnos todos un poco, de dejar de opinar de la última polémica chusca, de llenar aún más de inquina nuestros púlpitos digitales. De esparcir nuestra superioridad moral, intelectual.

Me seducía más la historia de un tipo que hace unos dos mil años eligió, según el testimonio que de él dieron, morir por los demás. Ser el último, el que no espera nada a cambio. Abrazar a lo bestia el ya me jodo yo. No entiende el laico montaraz que la religión católica, al margen de obispos que mean fuera del tiesto y anacronismos que algún día habrá que revisar, ofrece un mensaje bien humano, reinos de los cielos aparte, y que la muerte de Jesús es un homenaje a la generosidad.

Pero al laicoso le mueven las fobias, un rechazo visceral a todo lo que huela a incienso, y acaba cayendo en una intolerancia un si es no es fanática y displicente, que a mí particularmente me torra y me turra. Y no lo digo tanto por mi yo más o menos religioso en ciernes, sino por la renuncia a la convivencia que todas esas actitudes acarrean.

Superemos las dos españas, respetemos al otro, aceptemos ese bien cultural que de darse en el extranjero fotografiaríamos con toda nuestra esnobez cosmopolitingui y no seamos tan cicateros, tan españoles, please.

Amén.

  • Los comentarios que falten el respeto y que no se ciñan al tema de la noticia, podrán ser eliminados.
  • Cada usuario será el único responsable de sus comentarios.