Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

¿Se puede filmar el Espíritu Santo?

‘Converso’, de David Arratibel’, plantea un acercamiento, desde la duda, original, amable, irónico, valiente y sin prejuicios, sobre la cuestión católica.

Una imagen de Converso.
Una imagen de Converso.

Dice Pío Baroja en sus memorias que hay tres tipos de morales. La moral del hombre egoísta, del ojo por ojo, del toma y daca. La moral del caballero, del gentleman, que no tiene una pauta clara y que sobre todo es estética. Y la moral del santo que es la caridad y la piedad. Véase, quien quiera saber qué es un santo, esta película sobre san Vicente de Paúl. «Yo, naturalmente —reconoce Baroja— no llego más que a la moral del caballero. Ahora que tengo admiración por la persona que siente de verdad los sentimientos caritativos y piadosos».

Y lo dice alguien que no se cansó de predicar su anticlericalismo y su fobia a todo aquello que llevara tonsura. Pero su elegancia le da mil vueltas a los del turre laicoso, porque sabe diferenciar entre un curica gordinflón y metemano y la esencia del asunto, el espíritu, santo, o no. Y parecida elegancia ha mostrado el creador de esta película, Converso, David Arratibel, al tratar el tema desde su agnosticismo de salida y no va conmigo la cosa.

Bravo a Filmotive y zazpi t’erdi por otro trabajo distinto a todo. Aquí el tráiler.

¿Admira el autor de esta historia —premiado por cierto como mejor director en el pasado festival de Málaga— con esta cinta, a los católicos convertidos que, como setas en otoño, han surgido en su entorno más inmediatamente cercano y familiar? Es complicado. Yo sí admiro a quien escoge semejante camino de perfección. Really want to be with you, canta George Harrison. In the presence of the Lord, remata Eric Clapton (& Steve Winwood).

Admiro a los personajes que Arratibel nos presenta con generosidad. Como a su hermana, María, que en 2006 abrazó la fe de un modo que tan natural que, escuchándola en la película, resulta contagioso. «¿Cómo no voy a querer evangelizar?», reconoce, espontánea. «Me ha tocado la bonoloto y te quiero dar diez millones, ¿no los quieres o qué?».

Porque ese camino de gracia, que de eso va la cosa, es, para quien tiene el arrojo de emprenderlo, un camino de felicidad. A los débiles, quejicosos y renqueantes zascandiles, curiosos, también, exploradores del abismo, nos cuesta un poco más. Pero la luz está ahí. Y David Arratibel, sin querer o a saber tú, nos lo recuerda con este desfile de personajes que irradian luz, bondad, amor. De eso va el cristianismo aunque algunos no se enteren. O aunque otros, desde dentro, lo adulteren hasta pervertirlo casi sin remedio.

La letra de la música sin letra

«De pronto es como si la música que tocaba cobrara color, después de diez años tocando en blanco y negro». Un comentario digno de Kandinsky que nos ofrece Raúl del Toro, otro de los personajes de este documental de conversos y conversaciones, organista profesional que tocaba de espaldas a la fe (y marido de la hermana de David). Posición en la que se encuentra el propio director, como un poco fuera de la fiesta, mirando desde la mirilla, entre la posición de «estos tíos están chalados»  y la de «¿y si el que no viera nada fuera yo?». De eso va la resurrección de Lázaro o de tantos otros a las que Jesucristo devolvió la vista. Lucas 9:60: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Muertos en vida, podridos, ciegos. Los efectos especiales de las religiones añadieron el toque sobrenatural, esa salsa necesaria para la viralidad de la noche de los tiempos, aunque se entiende que hablamos de personas de carne y hueso que vivían de espaldas a la luz, a la gracia, a Dios, vaya. ¿Dios existe? Quizá sea simplemente eso, eso que se siente al escuchar la música, al escucharla de verdad. En color.

El Espíritu Santo no se puede filmar, dice uno de los rótulos que, a modo de capítulo, hacen avanzar la narración. Me recuerda a aquello de El principito de «lo esencial es invisible a los ojos». Pues sí, o no, porque lo esencial también se posa en los objetos. Esa bicicleta estática del libro de Sergi Pàmies que conserva como último resto del naufragio de su matrimonio. La música, secundario de lujo de este documental que apuntala, quizá sin quererlo también, el mensaje final. «La Iglesia es el órgano que alimenta la música de la fe», dice Raúl, organista, que luego habla de «armonía». Vivir con armonía. ¿Por qué a veces las cosas desafinan y otras en cambio fluyen de manera prodigiosa y, sin saber por qué, ya no nos chirrían sino que nos encantan? Dios quizá sea eso. Me gusta creer en esa idea, en ese Dios. Quizá, como tantos, durante tantos años, fui uno de esos que creía sin creer, que dice Ramiro Calle en su último libro.

Espíritu viene de aliento. Es una corriente interna. ¿Se puede apresar? ¿Se puede filmar? La película, sin querer también, acaba siendo una invitación a hacerlo, a filmarlo, a saltar de nuestra propia sombra. La búsqueda de Dios ya es estar en Dios, dice el Charles de Foucauld de Pablo d’Ors. ¿Y si hubiéramos vivido toda la vida escuchando las canciones de nuestros grupos favoritos sin entender la letra, sin saber siquiera que esas canciones tenían un significado? Hay un momento revelador en la película, generosa película, por otra parte, en cuanto que busca la cohesión de una familia que se resiste a que ni Dios, en sentido literal, los separe. Sucede en el ultimísimo plano [SPOILER], cuando todos se reúnen para un canto a capella, místico, intenso, perfectamente empastado en su sacrosanto latín. Tras la tensión y recogimiento del momento, se relajan todos y David suelta, entre risas, un: «¡Pero si no sé ni lo que estoy cantando!».

Pero, oiga, ¿se puede filmar o no se puede filmar el Espíritu Santo? Vean la película, aunque la respuesta se lee entre líneas. Habrá que esperar, eso sí, hasta otoño.

Amén.

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