Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

La primera lista de 'mejores libros del año' (y alguna decepción)

Las franquicias cafeteriles se adelantan a la Navidad, así que yo también, y me pongo ya mismo en modo balance lector anual, despreciando con toda mi jeta a un diciembre que aún no ha llegado. 

Refugios de la memoria, de José Luis Cancho.
Refugios de la memoria, de José Luis Cancho.

Pero hasta el rabo todo es toro y aún quedan presentaciones, como la de Javier Serena y su ‘Últimas palabras en la Tierra’ (Gadir), sobre un Ricardo Funes, ¿quién es Ricardo Funes?, que dará que hablar en los pagos literarios.

Echo la memoria atrás y constato que los libros que más me han gustado de lo leído en este 2017 —la mayoría publicado en el mismo año— es de corte autobiográfico. Como las dos obras del malogrado Édouard Levé (1965-2007), autor de una extraña perla como Suicidio (451 Editores) y de un no menos inspirado Autorretrato (Eterna Cadencia) con el que inaugura todo un modo de contar, de contarse, entre poético y lúcido. Otro de los descubrimientos de este año, José Luis Cancho, se reconoce deudor de ese estilo suyo, que replica con talento en algunas páginas de Los refugios de la memoria (papeles mínimos). Con mayor pegazón a las leyes autobiográficas que en otros textos, Cancho nos regala un sucinto autorretrato sobre los años de la cárcel, su crucial accidente con la ventana —en la prisión de Valladolid— su salida definitiva de todo compromiso político y su posterior vida como un ser contemplativo, desocupado, escritor en el sentido más puro, escriba más o escriba menos.

Una honestidad literaria a la que no estamos acostumbrados en tiempos de cálculos artísticos, de hipercorreccionismo literario, tan estudiado como academicista, pero de academia de corte y confección de las letras. Rompe con ello también de manera pletórica otro soplo de aire fresco —fresco y turbio—, delicadísimo, Rosa Moncayo, con su Dog Café (Expediciones Polares). Desparpajo fuera de lo común y menos aún en una autora tan joven (1993) que se encuentra entre las revelaciones literarias del año.

LIBROS AUTÉNTICOS

En un discurso más netamente autobiográfico, también me pareció de una honestidad brutalmente necesaria la Clavícula de Marta Sanz, en un ejercicio de antipostureo que el lector recibe entre asombrado y agradecido. La lucha por la vida, a pesar del estatus, la edad, la experiencia… Un testimonio más agri que dulce sobre el paso del tiempo y los montes que no son todos de orégano que se recibe entre el voyeurismo y la intimidad reveladora.

Como sucede a quien se acerca a la novela autobiográfica de Delphine de Vigan, Nada se opone a la noche, publicada hace unos años en España y que guarda cierto juego literario con Basada en hechos reales, publicada en 2017 en España. Hay quien da con su libro, el libro de su vida. Podrán escribir otros, pero ante todo tienen uno, y si García Márquez tiene su Cien años de soledad, Delphine de Vigan tiene su Nada se opone a la noche. ¿De qué va? De las miserias de una familia transida de locura y abusos y de cómo se puede vencer, o al menos plantarle cara, a esa mancha humana.

Me flipó Patria, como dejé dicho aquí y aquí, y también Entusiasmo, impecable ejemplo de autoficción en un Pablo d’Ors llamado a separar el grano de la paja de la Iglesia. A recordarnos que, a pesar de todo, detrás de todo, como una perla oculta entre la mierda, sigue estando la idea de Dios, del bien, vaya. Lo llaman "el novelista de la luz" y en este libro comparte con sus lectores su peregrinaje, más que vagabundeo, por esa senda en casi quinientas páginas que se leen sin darte cuenta.

Y en el capítulo de relatos, me quedo con Nuestra historia, de Pedro Ugarte, uno de esos autores también curados de postureos que me hizo pasar grandes ratos con un libro que de paso se llevó el XIV Premio Setenil.

LISTA GRIS

Y en el capítulo de libros-que-pensé-que-me-gustarían-más, esos títulos que conformarían una lista más negra que gris, metería unos cuantos. Diré que soy un lector raro, entre exigente y generoso, pero también crítico, lector viejo y que esperaba más de autores prometedores o consagrados como Jon Juaristi y su Los árboles portátiles; de Juan Gómez Bárcena y su Kanada; de Enrique Vila-Matas y su Mac y su contratiempo; de Sergio del Molino y su La mirada de los peces; del galardonado con los cien mil dólares del premio García Márquez de relatos, Alejandro Morellón y su El estado natural de las cosas; de los Apegos feroces, de Vivian Gornick; de El muchacho silvestre, de Paolo Cognetti o de Un amor imposible, de Christine Angot. A varios de ellos les dediqué mi particular comentario, no siempre laudatorio, en la prensa escrita e impresa. Espero me perdonen si me pasé de crudeza y que el año que viene sigan al pie del cañón.

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