Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

Los niños no son niños, sino adultos en proceso

Se cumplen cuarenta años del estreno de ‘La piel dura’, de Truffaut’, película que aborda la educación infantil con un respeto hacia el niño que debería ser norma.

Fotograma de la película La Piel Dura
Fotograma de la película La Piel Dura

En las películas, pero también la vida real, los niños franceses se dirigen a los adultos con naturalidad y hasta con placer. Tienen un desparpajo en esas pequeñas comunicaciones que no se da en España, o que no se daba en mis tiempos, porque creo que las cosas están cambiando para bien. Pero no nos relajemos. En esos diálogos, como los que se muestran en ‘La piel dura’, de François Truffaut, estrenada en España el 14 de marzo de 1977, al niño se le escucha, se le tiene en consideración.

Se debate con él. El niño se sabe respetado y despliega su retórica en construcción sin miedo al zasca en toda la boca. Quizá hubo un antes y un después, no te sé decir, con Mayo del 68, y esa autoridad familiar, cuyos excesos paternokafkianos se denunciaban entonces, trocó en una cosa mucho más amigable.

Quizá nos faltó nuestro propio Mayo del 68, porque muchos de nosotros, los no millennials —odio esa palabra— al menos, crecimos aún bajo los vestigios del florido pensil más carnívoro. Nos faltó también aprender a convivir con los adultos, pues al niño se le trataba como a un niño, en el sentido más peyorativo del término, un crío, un mocoso, un loco bajito que deja ya de joder con la pelota, copón. No se le entendía como un adulto en proceso, sino como una especie aparte, una especie animal distinta, al que se le podía entretener como a una foca a la que se da una sardina si eso o una bronca del patín si lo otro.

El mundo de los adultos era un mundo hostil. Si pedías un vaso de agua en un bar, porque después de jugar tenías una sed de mil pares, te saltaban con cajas de destempladas, vete a la fuente, crío de los cojones. Los malos modos con aquellos que no pertenecían al privilegiado estamento del adulto eran una constante para el niño, y no sólo en la calle, el mundo, sino en ese ámbito que se supone que era para hacernos mejores personas que son los centros educativos.

Hubo buenos profesores preocupados por transmitirnos valores, para lograr que, en efecto, mutáramos en adultos de provecho, pero también otros que nos trataron como a humanos de categoría inferior a los que se podía despreciar como si tal cosa. Recuerdo expresiones como zopencos, burros, gamberros, irresponsables, maleducados y un largo etcétera cuando, allá por los estertores de la EGB, hacíamos lo que era propio de nuestra edad: el ganso. Recuerdo también la sensación de injusticia, en el pequeño Quijote que ya anidaba en mí, con las invectivas de una profesora que ni siquiera era la nuestra titular porque habíamos armado bulla. Ese tipo de actitudes convertían al profesorado en el enemigo y a nosotros en unos rebeldes con causa. Era la guerra.

VOTO INFANTIL

Observo en mis sobrinos que esa brecha se va rompiendo y que se empieza a considerar a los niños como potenciales adultos. Se nota en cómo se dirigen a los mayores, como esas palomas que han perdido el miedo a acercarse a los humanos tras una repetición sin trauma.

Pero en pocas casas encontrarás a los niños mezclados en los adultos en las reuniones familiares. Aún se les separa, se les condena a un dulce apartheid de menús infantiles de salchichas con patatas y kétchup. Acabemos con el Happy Meal, sentemos a los niños a nuestra mesa. Hablémosles de temas interesantes, que susciten su curiosidad, retemos a su inteligencia, su capacidad crítica; son niños, no Teletubbies sin pensamiento propio. Aprendamos de ellos. Conservan la magia y la pureza que la adultez mal entendida nos arrebató.

En la enésima polémica en redes, se discutía si es más correcto decir escuela infantil que guardería. Como suele pasar en estos casos, hubo quien se quedó en la forma y no en el fondo. No es tanto el término, una discusión lingüística, sino que al usar una palabra que no cosifica al chaval le estás dotando de una dignidad escamoteada durante siglos. Y de pequeños gestos están llenas las conquistas sociales y quizá esta sea otra en ciernes.

Me ha gustado hasta la lágrima ‘La piel dura’ (Argent de poche en francés) porque a los profesores, a los padres, les sale natural esa dignidad para con los niños. Casi tanto como, como sucede en el emotivo discurso final del profesor a sus alumnos, se llega a plantear cómo sería un mundo en que los niños pudieran votar. Los políticos, dice el profe, se preocuparían entonces por ese sector de la población del que hasta entonces habían pasado olímpicamente. Sólo para lograr su voto, claro, propondrían medidas como llegar al colegio una hora más tarde en invierno, ya con los primeros rayos de luz.

«No me gusta cómo se educaba a los niños, por lo que decidí ser profesor», dice al maestro ante la atenta mirada de sus jóvenes alumnos. El tiempo pasa rápido, continúa, y pronto seréis vosotros los que tengáis hijos. «Os querrán si vosotros los queréis. Si no, dirigirán su cariño y ternura a otras personas, a otras cosas». No dice que si no los queréis serán máquinas de odio. «La vida es así, necesitamos querer y que nos quieran».

Quien hubiera tenido un profe así.

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