Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) es periodista y escritor. Ha publicado 'Postales del náufrago digital', 'Luz de noviembre, por la tarde' y, en 2016, 'La tabla' (Demipage).

París, cul de sac

Mis visitas puntuales a París me reafirman en el distanciamiento de una idea de Europa basada en el bienestar equivocado.

Una vista de los alrededores de la place Vendôme en París.
Una vista de los alrededores de la place Vendôme en París.

Romain Gary tiene una novela titulada 'Proxima estación: final de trayecto'. Como tantos libros, acabó por aburrirme y lo dejé, pero me quedé con lo poético del título, referido por cierto a sus problemas de virilidad en la era preViagra. 

Hay en París, como lo hubo hace poco en el Occidente todo, una sensación de fin de fiesta, de ahora qué. Mi amigo S. me confiesa su crisis de los cuarenta y muchos con la ciudad, con su profesión (periodística). El periodismo activo, pienso a veces, se convierte en insano pasada la primera juventud. Hay que vivir menos. Vivir lo justo. S. me habla de montar un hotelito en Lisboa. De pronto, un inesperado orgullo de ser PIG(S).

¿A dónde va París? ¿A dónde va Francia? Porque las naciones deben estar en movimiento, de ahí, digo yo, el En Marche macroniano, más allá del juego con sus iniciales. En Budapest sentí ese estatismo de una sociedad encerrada entre países, lenguas, tan vecinas como extrañas. Sergi Bellver acaba de publicar 'Variaciones sobre Budapest' y me faltan horas para leer todo lo que uno quisiera. 

Necesitamos el movimiento aunque sea en la dirección equivocada, camino Montserrat. A veces la bronca, el encono, es el presagio de un periodo más luminoso. ¿Hacia dónde va Francia, hacia donde París? Recuperarse del azote del terrorismo puntual no parece un cometido suficiente. 

EL POSTODO

Me habla S. de unas reuniones nocturnas en la place de la République, recientes, al estilo Occupy Wall Street o las asambleas anejas a la Puerta del Sol. La izquierda, siempre tan derecha, acaba por burocratizar todo y ese vestigio de un Mayo del 68 fosilizado se diluye como un chorrito de Pastis en el agua. 

La última moda gastronómica parece ser la de los tacos mexicanos, una vez deglutido hasta la saciedad el sushi, la comida árabe, las tapas, paellas y por supuesto la pizza en todas las geometrías imaginables. En las librerías, nadie conoce al flamante Goncourt expuesto entre libros de Modiano, esa vida post Nobel, y recibo un halo a desidia editorial, lectora, generalizada. 

En el teatro Olympia ya no actúan Paco Ibáñez ni Jacques Brel sino que programan un musical para abrutís: 'Paddington 2'. ¿El fin de Europa tal y como la habíamos conocido? El postodo.

Alrededor, proliferan las casas de masaje con agridulce final como si la entrega al sopor opiaceo de unas manos ajenas fuera la única alternativa, la única rendición, apetecible. Porque las entradas para 'Paddington 2' cuestan, además, una pasta. París como elefante muerto aún en pie. La alcaldesa Anne Hidalgo ha declarado la guerra al automóvil: ¿la próxima revolución será la ecológica? La palabra «BIO» es la más escuchada en el París de 2017: Bajo los adoquines, un mercadillo vegano. De los 'bo-bos' a los 'bio-bo-bos'.

LA LETRA PEQUEÑA DEL BIENESTAR 

Como con mi primo Maxime cerca de la place Vendôme, lujo de anuncio de perfumes que acoge el Ministerio de Justicia contiguo al Ritz, en una horterada rutilante que hay que ser muy francés para atreverse a. 'Le petit Vendôme': directivos, turistas y parroquianos sin otra etiqueta que la de cliente fiel, como señala la placa que indica que esa es la esquina de Jean Jacques y en la que se sienta un canoso Jean Jacques que levanta su copa de Beaujolais a su acompañante, varias discos de Aznavour más joven que él. Cierto tipismo que se resiste a morir, como piezas disecadas aún en vida: sin duda nos seducen, pero no nos suficientes. Ni para pagar el alquiler ni para que el balance del alma salga a devolver. 

En otro punto de la ciudad, rue Montorgueil, la calle, depuis 1832, de los caracoles y demás esencias francomorfas, se organizan para la lucha numantina contra el invasor de la 'malbouffe', a saber, una impertinente sucursal de McDonald's.

En la fila para embarcar, recuerdo la confesión de mi amigo S. Llegó del sur de Holanda en 1999 con un solo deseo: vivir en París. Casi veinte años después solo tiene otro deseo (además de una mujer y dos risueños gemelos): largarse con la música a otra parte

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